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  • Noticias seleccionadas | Alfredo Calcedo

    NOTICIAS Falta de profesionales sanitarios Psiquiatría actual Psiquiatría legal Tecnología y sociedad En esta página incluyo enlaces a noticias que selecciono personalmente, y que creo que son de interés para los profesionales de la salud mental, y a quien les pueda interesar algunos de estos temas. Las noticias están clasificadas por bloques temáticos, se puede ver el titular de la noticia y una imagen si la tiene. Al pinchar en el titular se accede directamente a la noticia en el medio que la publicó. Falta de profesionales sanitarios : aquí aparecen noticias relacionadas con la falta de profesionales de la salud. Aunque pongo especial interés en la falta de psiquiatras, también recojo lo relativo a otros profesionales de salud mental, médicos en general y enfermeras. Psiquiatría actual : noticias que me parecen interesantes sobre investigaciones en Psiquiatría y Neurociencias. Psiquiatría legal : noticias relacionadas con los problemas éticos y legales de la práctica de la Psiquiatría. Tecnología y sociedad : noticias en las que se pone de manifiesto cómo los avances tecnológicos provocan cambios en el comportamiento humano y en la sociedad en general.

  • Objetivos docentes | Alfredo Calcedo

    Máster en Psiquiatría Legal Objetivos docentes A la finalización del curso se espera del alumno que esté capacitado para: Desarrollar un proceso argumentado de toma de decisiones en las situaciones conflictivas de la práctica clínica cotidiana Tomar decisiones en el ámbito clínico basadas en una correcta evaluación y gestión de riesgos. Realizar un informe pericial psiquiátrico en los diferentes ámbitos jurisdiccionales (civil, penal, laboral, canónico, militar, contencioso administrativo, etc.). Analizar los problemas de las práctica clínica cotidiana desde una perspectiva médico-legal. Manejar los conflictos legales que el clínico tiene que afrontar en su actividad cotidiana Tomar decisiones clínicas y argumentarlas basándose en el marco legal y los principios de la Bioética aplicada a la psiquiatría. Volver

  • Aula de Psiquiatría Legal | Alfredo Calcedo

    Aula de Psiquiatría Legal A lo largo de mi vida profesional he coincidido con un gran número de profesionales con los que he compartido proyectos, ideas, informes y de los que he aprendido muchas cosas. Entre estos profesionales están psiquiatras, psicólogos, jueces, abogados, fiscales, médicos inspectores, gestores, bioeticistas, etc. Con muchos de ellos suelo tener contacto con ellos en mis actividades docentes. También tengo mucho contacto con los antiguos alumnos del Máster en Psiquiatría Legal. Nuestro curso acaba de cumplir 30 años y lo han cursado más de 450 psiquiatras. Muchos de estos colegas son socios de la Sociedad Española de Psiquiatría Legal con la que, también, llevo colaborando desde su creación. En ocasiones realizo actividades de la que me gustaría mantener informados a este grupo de colegas y amigos. Para ello he creado en mi web un espacio que he llamado Aula de Psiquiatría Legal. Aquí se podrán realizar actividades por streaming o distribuir algún material interesante. El acceso a este espacio será restringido sólo a los profesionales que he mencionado anteriormente. Para poder hacerse miembro hay que registrarse en el formulario que aparece en el menú, quedando pendiente de aprobación. Una vez aprobado se comunicará por correo al solicitante. Serán admitidos automáticamente: Ex alumnos del Máster en Psiquiatría Legal de la UCM Socios de la Sociedad Española de Psiquiatría Legal Profesores del Máster en Psiquiatría Legal de la UCM Profesionales con los que he colaborado en el pasado Ser miembro del Aula no supone coste alguno, aunque hay que cumplir los criterios que he explicado antes. Cuando vayamos a realizar alguna actividad enviaremos a los miembros un correo para que estén informados por si quieren participar. Los miembros pueden acceder al Aula aquí (es preciso estar logueado)

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  • ¿Cómo saben lo que saben los peritos?: el modelo de Philip Candilis sobre epistemología forense

    George Washington University - School of Medicie and Health Sciences (Google) De qué va todo esto En agosto de 2026, Philip J. Candilis, profesor de psiquiatría forense en la George Washington University, publicó en el Journal of the American Academy of Psychiatry and the Law un texto titulado "An Epistemology for Forensic Psychiatry". No es un artículo de investigación al uso: es un discurso presidencial, el texto con el que el presidente de la AAPL (la Academia Americana de Psiquiatría y Derecho) se dirige a sus colegas. Ese formato importa, porque le permite hacer algo que un paper normal no haría: plantear una pregunta incómoda y muy de fondo sobre el oficio entero. La pregunta es esta: ¿por qué dos psiquiatras forenses igual de formados, igual de titulados y con acceso a la misma información pueden llegar a conclusiones opuestas en el mismo caso? Cualquiera que haya seguido un juicio con peritos conoce la escena. La defensa presenta a un psiquiatra que afirma que el acusado no comprendía la naturaleza de sus actos. La acusación presenta a otro psiquiatra, con un currículum igual de sólido, que afirma exactamente lo contrario. El jurado se queda mirando y piensa lo que piensa todo el mundo: aquí alguien está comprado. O peor: esto de la psiquiatría forense no es una ciencia, es una opinión que se vende al mejor postor. Candilis no quiere despachar eso con la explicación fácil. La explicación fácil existe y es parcialmente cierta: los peritos difieren por su formación teórica, por su afiliación institucional, por sesgos, por su apego a una metodología concreta. También difieren porque manejaron fuentes distintas, porque uno consiguió más cooperación del entrevistado que el otro, o porque simplemente uno entrevista mejor. Todo eso es verdad. Pero Candilis sostiene que todas esas diferencias se pueden clarificar si uno sube un nivel de abstracción y se pregunta por la epistemología: la disciplina que estudia cómo sabemos lo que sabemos. Su tesis, resumida en una frase: la psiquiatría forense necesita una epistemología explícita, y esa epistemología debe construirse sobre dos pilares que trabajan juntos, la lógica y la probabilidad. Primero, qué es una epistemología (y por qué a un perito debería importarle) Epistemología suena a asignatura de filosofía con poco que ver con un juzgado. Pero la idea central es muy práctica. La epistemología clásica define el conocimiento con una fórmula célebre: Verdad + Creencia Justificada = Conocimiento Desglosémosla. La verdad es el estado real de las cosas: lo que efectivamente ocurrió, lo que efectivamente le pasa por la cabeza a una persona. La creencia es tu grado de convicción sobre eso. Y la justificación es el conjunto de razones y evidencias que sostienen tu creencia. Los tres elementos tienen que estar. Si crees algo que resulta ser cierto pero lo crees por casualidad, sin buenas razones, eso no es conocimiento: es suerte. Si tienes razones excelentes para creer algo que resulta ser falso, tampoco es conocimiento. Y si algo es verdad pero tú no lo crees, evidentemente no lo sabes. Candilis señala que esta fórmula tiene su versión científica. La empiria de Isaac Newton —observar sistemáticamente y sacar leyes de esa observación— produjo conocimiento sobre la gravedad y el movimiento planetario que marcó a generaciones de investigadores. La falsabilidad de Karl Popper —una hipótesis solo es científica si puede ser refutada por la evidencia— es la que está detrás del diseño de estudios y de la redacción de proyectos de investigación tal como los conocemos hoy. Ambas son maneras de justificar creencias para convertirlas en conocimiento fiable. Para un perito, esto se traduce en algo muy concreto: decidir qué entra en el informe y qué se queda fuera. Cada vez que un forense descarta un parte policial por poco fiable, o le da más peso al testimonio de una hermana que al de un vecino, o decide que un test psicométrico es concluyente y otro no, está haciendo epistemología sin llamarla así. Candilis propone hacerlo consciente, sistemático y comunicable. Y aquí aparece un beneficio que no es evidente al principio: una epistemología explícita ofrece un vocabulario común. Si dos peritos discrepan y ambos pueden explicar en los mismos términos cómo llegaron a su conclusión, la discrepancia deja de ser un choque de autoridades y se convierte en algo examinable. Se puede señalar exactamente en qué paso se separaron los caminos. El problema de fondo: la incertidumbre viene de todas partes Antes de proponer soluciones, Candilis hace un inventario honesto de las fuentes de incertidumbre que una epistemología forense tendría que atravesar. Son más de las que uno esperaría. Las definiciones no son estables Uno pensaría que al menos los conceptos legales están fijados. No lo están. En Estados Unidos, la inimputabilidad (insanity) se define de forma distinta según la jurisdicción: algunos estados siguen el estándar del American Law Institute, otros la regla histórica derivada del caso M'Naughten, y algunos directamente no tienen criterios de inimputabilidad. El mismo acusado, con el mismo cuadro clínico, puede ser inimputable en un estado y plenamente responsable en el de al lado. Lo mismo pasa con la discapacidad, otra evaluación forense frecuentísima. La Administración de la Seguridad Social la define en función de la capacidad de trabajar. El CDC la enfoca como deterioro funcional. Y el gobierno federal, a través de la Americans with Disabilities Act, la define como una categoría de protección de derechos civiles. Tres definiciones, tres instituciones, un solo término. Esto no es un tecnicismo. Cambia cómo el perito estudia el tema, cómo lo conceptualiza y qué dice en el estrado. Ni siquiera hay acuerdo sobre qué es la justicia Candilis sube todavía un peldaño más. Los peritos trabajan dentro de un sistema de justicia, y tienen —lo sepan o no— una concepción de qué es la justicia. Y esas concepciones han variado enormemente: Platón entendía la justicia como una característica tanto de las instituciones armoniosas como de los individuos. Tomás de Aquino la describía como una virtud específica, un hábito. John Rawls, en 1971, la definió como equidad (justice as fairness): unas reglas de juego diseñadas de forma imparcial. Amartya Sen, en 2009, corrigió a Rawls: no basta con un estado ideal de reglas justas; la justicia es un asunto práctico y remediable, un problema que hay que corregir caso por caso. El pensamiento contemporáneo ha añadido la cuestión del trato desigual a grupos marginados, que sufren más violencia policial, fianzas más altas y condenas más largas. Esto tiene una consecuencia práctica preciosa que Candilis señala: un perito rawlsiano y un perito seniano evaluarían de forma distinta el éxito de un caso. El que sigue a Sen juzgaría el resultado: si el desenlace fue injusto, algo falló. El que sigue a Rawls podría aceptar un resultado desfavorable si el procedimiento fue el correcto, asumiendo que el sistema es imperfecto pero legítimo. Dos personas honestas, dos varas de medir distintas, y ninguna de las dos lo ha dicho en voz alta. A eso se suman las preguntas incómodas de siempre: ¿Cómo influye la visión de la justicia del perito cuando el acusado pertenece a una minoría? ¿Y en casos especialmente cargados, como delitos sexuales o custodia de menores? ¿Cómo pesa la relación con la parte que le contrata? ¿Cómo pondera fuentes primarias frente a fuentes de terceros, o datos cuantitativos frente a cualitativos? El problema nomotético/idiográfico: el más gordo de todos De todas las incertidumbres, Candilis identifica una como la mayor: aplicar información general a un caso concreto. En medicina forense y clínica esto se conoce como el problema nomotético versus idiográfico. Lo nomotético es lo que sabemos de grupos: estadísticas, estudios poblacionales, tasas. Lo idiográfico es este señor, aquí, ahora, con su biografía irrepetible. El salto de uno a otro nunca es automático. La persona que tienes delante puede no parecerse a la población del estudio en condición, conducta o demografía. Y sin embargo el tribunal quiere una respuesta sobre esta persona. El ejemplo que da Candilis es demoledor. En las evaluaciones de competencia para ser juzgado, uno de los escenarios más difíciles es predecir si la medicación va a funcionar en alguien diagnosticado de trastorno delirante. El trastorno delirante ya es difícil de tratar en un contexto clínico normal; especular sobre su respuesta al tratamiento en un contexto forense es todavía más arriesgado. Los estudios forenses relevantes son pocos, pequeños y de diseño pobre. Y sin embargo, en una audiencia Sell —el procedimiento por el que se decide si se puede medicar a alguien contra su voluntad para restaurar su competencia procesal—, la probabilidad de que el tratamiento restaure la competencia es un elemento central del testimonio. Hay que dar una respuesta sobre la base de una evidencia débil. El razonamiento que conecta lo general con lo particular tiene que estar muy bien construido, porque es casi lo único que sostiene la conclusión. La navaja de Occam como herramienta Aquí Candilis introduce la primera herramienta concreta: la navaja de Occam, en honor al filósofo y teólogo Guillermo de Occam (c. 1287-1347). El principio es conocido: no multiplicar las causas de un fenómeno más allá de lo necesario; entre teorías predictivas rivales, elegir la más simple. Candilis lo llama parsimonia, y la presenta como un valor forense: el razonamiento afilado que corta lo superfluo del informe pericial. Pero el uso que le da, que es más sutil que "lo simple es mejor". La navaja sirve como contraste frente al pensamiento excesivamente inclusivo: ese informe que acumula hipótesis, diagnósticos alternativos y factores concurrentes hasta que ya no dice nada. Y sirve además como indicador: cuando el razonamiento de un perito es apretado y parsimonioso, eso mismo revela que detrás hay una epistemología coherente. La forma del argumento delata la calidad del método. El sesgo: por qué creemos lo que creemos La segunda parte del artículo aborda el otro gran obstáculo: el sesgo. Y lo hace enlazando con un precedente dentro de la propia AAPL. En 2013, Charles Scott dio su propio discurso presidencial con un título que lo dice todo: "Believing doesn't make it so" (creerlo no lo hace cierto). Scott sostenía que la pericia forense depende de la confianza en información científicamente fiable y no sesgada, y se apoyaba en un modelo de Paul Appelbaum que distingue dos cosas: la verdad objetiva: la evidencia científica, lo que realmente es el caso; la verdad subjetiva: la creencia del perito en esa evidencia. El sesgo es exactamente lo que se mete entre las dos. Scott repasó los sospechosos habituales: sesgo de anclaje (quedarse pegado al primer dato que uno recibe), de atribución (explicar la conducta ajena por el carácter y la propia por las circunstancias), de confirmación (buscar solo lo que respalda la hipótesis que ya tenemos) y retrospectivo o hindsight (una vez conocido el desenlace, todo parecía predecible —especialmente venenoso en casos de mala praxis, donde el perito ya sabe que el paciente se suicidó cuando evalúa si el clínico debió preverlo). Candilis conecta esto con el trabajo de Daniel Kahneman y Amos Tversky, los psicólogos que fundaron el estudio moderno de los sesgos cognitivos. De sus décadas de investigación destaca especialmente el sesgo de disponibilidad: juzgamos la probabilidad de algo según la facilidad con la que nos vienen ejemplos a la cabeza, y lo reciente y emocionalmente cargado viene con mucha facilidad. Los ejemplos son inmediatos. La cobertura constante de crímenes en las noticias hace que la gente crea que hay mucho más crimen del que hay. Los accidentes de avión, que son noticia mundial cada vez que ocurren, parecen más frecuentes de lo que son. Y esto no afecta solo a los legos: se ha documentado en pacientes oncológicos y diabéticos, cuyas experiencias emocionales recientes condicionan sus decisiones médicas. De ahí el famoso marco de Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio: un sistema rápido, intuitivo y emocional, y otro lento, deliberado y cognitivo. El primero es indispensable para vivir y catastrófico para peritar. La conclusión de Candilis es que la investigación sobre sesgos respalda la intuición de Scott: las conclusiones forenses no las determina solo la evidencia, sino cómo los peritos la interpretan, la evalúan y reaccionan a ella. Y con eso queda cerrada la conexión epistemológica: la verdad y la creencia justificada, otra vez, produciendo conocimiento. La falacia del fiscal: el error que demuestra por qué la lógica importa Esta es, con diferencia, la sección más brillante del artículo, y la que más vale la pena entender bien aunque uno no tenga nada que ver con la psiquiatría forense. El error, explicado despacio La falacia del fiscal consiste en confundir dos probabilidades que suenan igual pero no lo son: La probabilidad de observar esta evidencia si la persona fuera inocente — en notación: P(E|I), que se lee "probabilidad de E dado I". La probabilidad de que la persona sea inocente dado que observamos esta evidencia — P(I|E). La falacia consiste en tratarlas como si fueran la misma: P(E|I) = P(I|E). No lo son. Nunca lo son, salvo por coincidencia numérica. Una analogía que ayuda: la probabilidad de que estés mojado si está lloviendo es altísima, cerca del 100%. La probabilidad de que esté lloviendo si estás mojado es mucho menor: podrías haber salido de la ducha, de la piscina, o haberte caído un vaso encima. Misma pareja de hechos, dos probabilidades completamente distintas según cuál sea la condición y cuál la consecuencia. Candilis señala que el error tiene dos caras. Una es direccional: se invierten las variables y se sigue tratando el número como si valiera igual. La otra es contextual: se ignora la tasa base, es decir, cuánta gente hay que podría producir esa misma evidencia. Por eso a la falacia del fiscal se la llama también negligencia de la tasa base (base rate neglect). People v. Collins: cómo unas matemáticas mal hechas condenan a alguien El caso que mejor ilustra esto en la jurisprudencia estadounidense es People v. Collins, resuelto por el Tribunal Supremo de California en 1968. Los hechos: en Los Ángeles, en 1964, el matrimonio Collins fue detenido por un robo tras coincidir con las características descritas por un testigo. La acusación llamó a declarar a un estadístico local, que trabajó con una serie de tasas suministradas por la propia fiscalía: la probabilidad de que una mujer sea rubia, la de una pareja interracial en un coche amarillo, la de un hombre negro con barba, la de un hombre con bigote. El estadístico multiplicó todas esas probabilidades y obtuvo una cifra espectacular: una probabilidad de 1 entre 12.000.000 de que la pareja no fuera culpable. El número es basura, y por al menos cuatro razones distintas: Las tasas eran inventadas. No procedían de ninguna medición empírica; eran cifras que la acusación proporcionó. Se multiplicaron variables que no son independientes. Multiplicar probabilidades solo es válido si los sucesos son independientes entre sí. Y aquí claramente no lo eran: un hombre con barba probablemente tiene también bigote, así que esas dos "características" son en gran medida la misma. Y un hombre negro cuya pareja es de otra raza es, por definición, parte de una pareja interracial: no son dos hechos independientes, es el mismo hecho contado dos veces. Cada vez que se multiplica una redundancia como si fuera información nueva, el número final se hincha artificialmente. Se usó una probabilidad de muestreo donde hacía falta una probabilidad inferencial. Esta distinción es clave. Una cosa es preguntar "¿qué probabilidad hay de que una pareja tomada al azar tenga estas características?" (probabilidad de muestreo, sobre una observación). Otra muy distinta es preguntar "¿qué probabilidad hay de que estos acusados sean culpables?" (probabilidad inferencial, sobre una hipótesis). Son ideas conceptualmente distintas, y equipararlas condiciona la probabilidad sobre supuestos diferentes. Se ignoró la tasa base. En el área de Los Ángeles había, según distintas estimaciones, entre cinco y seis millones de parejas. Cuando se toma eso en cuenta, la probabilidad de culpabilidad se desploma. El Tribunal Supremo de California anuló la condena y su razonamiento tiene dos partes preciosas. Primero, el tribunal observó que toda la teoría probabilística de la acusación descansaba en un supuesto no demostrado: que los testigos habían establecido de manera concluyente que la pareja culpable poseía exactamente esas características. Ninguna fórmula matemática, dijo el tribunal, puede establecer más allá de toda duda razonable que los testigos observaron correctamente y describieron con exactitud los rasgos que sirvieron para vincular a los acusados con el delito. Es decir: por muy elegante que sea el cálculo, si los datos de entrada son observaciones humanas frágiles, la conclusión hereda esa fragilidad. Segundo —y aquí está la parte matemáticamente demoledora— el tribunal aceptó hipotéticamente la cifra de 1 entre 12 millones y aun así demostró que no probaba nada. Aun aceptando el número como aritméticamente correcto, no se podía concluir que los Collins fueran probablemente la pareja culpable. Al contrario: las propias cifras de la acusación implicaban una probabilidad superior al 40% de que existiera al menos otra pareja con las mismas características. Piénselo un segundo, porque es contraintuitivo y por eso funciona tan bien ante un jurado. "Uno entre doce millones" suena a certeza absoluta. Pero si en la zona hay millones de parejas, es bastante probable que haya otra que también encaje. Y si hay dos parejas que encajan, la evidencia por sí sola no distingue entre ellas: la probabilidad de culpabilidad de estos acusados concretos no es 99,99…%, es como mucho un cara o cruz. La versión moderna: el ADN Candilis traslada el mismo esquema a un escenario mucho más actual, el de las pruebas de ADN, donde el problema sigue vivísimo. Supongamos que se encuentra ADN en la escena de un crimen y hay una coincidencia con alguien de la ciudad. La cifra que se presenta en el juicio suele ser la probabilidad de coincidencia aleatoria, y suele ser impresionante. Pero hay que contextualizarla con los falsos positivos que genera la tasa base. El ejemplo que usa: en una ciudad de un millón de habitantes, supongamos que el método produce nueve coincidencias falsas. Si además está el verdadero culpable, tenemos diez coincidencias en total, de las cuales nueve son falsas: una tasa de falsos descubrimientos de nueve sobre diez. Dicho de otro modo: dada la coincidencia, la proporción es de nueve a uno a favor de la inocencia, no de la culpabilidad. La lógica, corregida por las tasas base, apunta en dirección contraria a la que sugería el número deslumbrante. Por qué esto le importa a un psiquiatra forense Podría parecer que todo esto va de estadísticos y de ADN, no de salud mental. Candilis cierra el círculo: los peritos en salud mental viven exactamente en este problema todos los días. Las tasas base de violencia y de suicidio son bajas. Precisamente por eso el forense responsable testifica sobre factores de riesgo y no sobre cálculos de certeza. Decir "este hombre va a ser violento" es cometer la falacia del fiscal en versión clínica: ignorar que, aunque los violentos compartan ciertos rasgos, la inmensa mayoría de las personas con esos rasgos nunca serán violentas, simplemente porque la violencia es infrecuente. El razonamiento que salva al perito de ese error es el mismo que salvó a los Collins. La probabilidad como segundo pilar: Bayes entra en escena Si la lógica es el primer pilar, la probabilidad es el segundo. Y el nombre que lo articula todo es el de Thomas Bayes (1702-1761), ministro y matemático inglés del siglo XVIII. Qué dice el teorema, sin fórmulas asustadizas Bayes ofreció un marco para pensar la calidad del conocimiento a partir de tres ingredientes: La probabilidad previa (prior): cuán probable era la hipótesis antes de mirar los datos. Esto son, esencialmente, las tasas base. La probabilidad de la evidencia: cuán esperable era observar lo que hemos observado. La probabilidad relativa frente a explicaciones alternativas: no basta con que la evidencia encaje con nuestra hipótesis; hay que preguntarse si encajaría igual o mejor con otras. Formalmente, el teorema deriva P(A|B) —la probabilidad de la hipótesis A dada la evidencia B— a partir de P(B|A), P(A) y P(B). El resultado se llama probabilidad posterior (posterior): la probabilidad de la hipótesis a la luz de la evidencia, y se actualiza con cada nuevo dato que llega. En términos prácticos, y esto es lo que hay que retener: el razonamiento bayesiano actualiza conclusiones provisionales a medida que llega información nueva. Cuanto más fuerte y fiable es la evidencia, mayor es la confianza en el resultado. Candilis hace notar algo elegante: la probabilidad posterior está compuesta por las probabilidades previas más sus actualizaciones. Es decir, es una analogía estadística de la vieja fórmula epistemológica: Verdad + Creencia Justificada = Conocimiento. Los previos son el punto de partida, la evidencia es la justificación, el posterior es el conocimiento provisional. Hay un detalle que merece subrayarse: el razonamiento bayesiano es al mismo tiempo el estándar normativo contra el que Kahneman y Tversky midieron los sesgos —los sesgos se llaman sesgos precisamente porque desvían nuestro juicio respecto de lo que dictaría el cálculo bayesiano— y el antídoto contra ellos, si se aplica deliberadamente. Bayes ya estaba en la psiquiatría forense (aunque no siempre con ese nombre) Candilis muestra que este marco no es una importación exótica: encaja con dos tradiciones importantes dentro de su propia disciplina. Thomas Gutheil y su equipo del Massachusetts Mental Health Center desarrollaron a principios de los noventa un enfoque de toma de decisiones para casos de mala praxis y otros, que era esencialmente probabilístico. Reconocía abiertamente las incertidumbres de la observación, la medición y el análisis en el terreno forense: la ciencia es incierta, las conductas son inciertas y las motivaciones son inciertas. Este planteamiento era más subjetivo que los enfoques tradicionales que buscaban respuestas concretas a preguntas científicas, e incorporaba explícitamente valores además de probabilidades. Los ejemplos que da: las leyes de internamiento involuntario, que ponderan en un espectro la seguridad de la comunidad frente a la autonomía del paciente; los jueces y peritos, que equilibran factores sociales y científicos según su rol; y todos ellos, que combinan de distintas maneras lo objetivo y lo subjetivo. Conclusión de Gutheil: el razonamiento forense es, en última instancia, un juicio ponderado que trabaja con probabilidades e incertidumbre. Douglas Mossman, de la Universidad de Cincinnati, fue más lejos y conectó explícitamente el pensamiento probabilístico con el análisis bayesiano. Lo hizo en dos frentes: Primero, en la evaluación del riesgo de violencia. Mossman describió cómo, antes de la sentencia Tarasoff (1976, el caso que estableció el deber del terapeuta de proteger a terceros identificables), el campo funcionaba fundamentalmente con predicciones binarias: este paciente es peligroso o no lo es. Después de Tarasoff se produjo un cambio de fondo: aparecieron niveles graduales de confianza y las evaluaciones empezaron a tener en cuenta tasas base y falsos positivos. Mossman demostró que esa evolución podía describirse con precisión mediante el teorema de Bayes. Lo que había ocurrido, en el fondo, es que las evaluaciones de riesgo de violencia habían dejado de ser predicciones para convertirse en estimaciones de probabilidad. Segundo, en la simulación de síntomas (malingering). Aquí Mossman hizo algo más ambicioso: construyó ecuaciones bayesianas concretas para evaluar a un individuo. Tomaba las tasas base de simulación de una población equiparable a la del sujeto —y así, de paso, atacaba de frente el problema nomotético/idiográfico, porque el previo ya está ajustado a alguien como esta persona— y las combinaba con las puntuaciones del test del sujeto. El resultado era una probabilidad postest (es decir, posterior) para ese examinado concreto. El valor de esto es fácil de ver si uno piensa en cómo se testificaba antes. La formulación clásica era vaga: los resultados del sujeto son "característicos de personas que simulan". ¿Y eso qué significa exactamente ante un jurado? Con el enfoque de Mossman, la respuesta se convierte en una probabilidad concreta de simulación, dada una estimación previa y unos resultados de test específicos. Y Candilis añade un matiz importante para no espantar a nadie: para caracterizar una epistemología forense basta con demostrar hasta dónde puede aplicarse el pensamiento bayesiano; no hace falta que cada perito se ponga a derivar ecuaciones. Lo que se pide es la disciplina mental, no el álgebra. La paradoja del cuervo: cómo se acumula el conocimiento y cómo se desmonta una conspiración La última pieza teórica del artículo es la más rara y también la más divertida. La paradoja Carl Gustav Hempel, filósofo de la ciencia de la época de la Segunda Guerra Mundial, planteó lo que se conoce como la paradoja del cuervo o de la confirmación. Va así: Todos los cuervos son negros. Por lógica elemental, eso es equivalente a decir: todo lo que no es negro no es un cuervo. (Es la contraposición: si "A implica B", entonces "no B implica no A". Son la misma afirmación con otra cara.) Por tanto, cualquier cosa no negra que no sea un cuervo confirma que los cuervos son negros. Y ahí está el escándalo. Si esto es correcto, entonces un sofá rojo confirma que los cuervos son negros. Un atril marrón también. Y una manzana verde, y su camiseta si no es negra. Sin salir de casa, sin ver un solo cuervo, uno estaría acumulando evidencia sobre la ornitología. La lógica es impecable y la conclusión parece absurda. De ahí lo de paradoja. La lección que Candilis extrae Lo interesante no es el ejemplo, sino lo que revela. La paradoja muestra que incluso observaciones aparentemente irrelevantes aportan una cantidad pequeñísima de apoyo a una hipótesis. Y de ahí la idea central: La evidencia contribuye a una hipótesis de manera incremental y probabilística, no absoluta. Para un estudiante de ornitología, el sofá rojo vale muchísimo menos que un petirrojo rojo —que sí es un no-cuervo no-negro informativo, porque pertenece al dominio relevante—, pero aun así mueve la probabilidad un poquito en la dirección de la conclusión. El filósofo estadounidense Marc Lange plantea la cuestión en términos de la calidad y validez de los datos que hacen falta para confirmar una hipótesis, lo que devuelve la discusión al punto de partida: verdad más creencia justificada igual a conocimiento. Candilis señala que esto es familiarísimo para cualquier perito. Los forenses validan constantemente datos usando fuentes colaterales de valor incierto: declaraciones de testigos que se contradicen, grabaciones de cámara granulosas, historiales médicos llenos de jerga o clonados (esos informes donde el clínico copió y pegó la nota del día anterior). Ninguna de esas fuentes prueba nada por sí sola. Todas mueven la aguja un poco. La probabilidad cuantifica esa creencia que va creciendo. Anders Breivik y la teoría del gran reemplazo Y aquí Candilis aplica todo el aparato a un caso real y terrible. En 2011, Anders Breivik hizo estallar una bomba en el edificio de oficinas del primer ministro en Oslo y después asesinó a decenas de jóvenes en un campamento de las juventudes del Partido Laborista en la isla de Utøya. Aunque los peritos discreparon en el juicio, la teoría dominante fue que Breivik actuó movido por rumores difundidos por Internet sobre la teoría del gran reemplazo: la idea supremacista de que existe una conspiración de élites políticas y sociales para sustituir a los europeos blancos y cristianos por musulmanes y personas racializadas, creando lo que sus proponentes llaman "Eurabia" (Europa + Arabia). Los supremacistas europeos hacen un uso torticero de los datos demográficos para sostener este esquema. La tesis de Candilis es que Breivik no razonaba como un pensador crítico: no sopesaba evidencias, no reconocía la verdad, no construía conocimiento. En su cabeza no había ninguna consideración de tasas base ni de probabilidades. Y muestra cómo el análisis bayesiano desmonta la teoría paso a paso: El previo es bajísimo. ¿Cuál es la probabilidad a priori de que exista un complot multifacético coordinado entre múltiples gobiernos y funcionarios, mantenido en secreto durante décadas? Muy baja. Las conspiraciones grandes son, por naturaleza, muy improbables —exigen la coordinación malintencionada de muchísimos actores— y por tanto improbables. La navaja de Occam ya las está cortando antes de empezar. La explicación alternativa es mucho más verosímil. Los patrones migratorios observados son mucho más esperables bajo hipótesis caóticas y desordenadas —guerra y hambruna en África y Oriente Medio, migración global sin coordinación— que bajo la hipótesis del plan concertado. Y esto es crucial: la evidencia que los conspiracionistas citan como prueba encaja igual de bien, o mejor, con la explicación aburrida. Una evidencia que es compatible con ambas hipótesis no discrimina entre ellas y por tanto no aporta apoyo diferencial a ninguna. El posterior queda dominado por las alternativas realistas. Previo bajo más evidencia que no discrimina igual a conclusión desestimada. Nótese la elegancia del argumento: los dos pilares trabajando juntos. La lógica (parsimonia) rebaja el previo; la probabilidad (comparación con alternativas) impide que la evidencia lo levante. ¿Y esto funciona en la práctica? Candilis podría haberse quedado en el plano teórico, pero aporta evidencia empírica. Una revisión sistemática de 25 estudios sobre intervenciones para contrarrestar teorías conspirativas encontró que enseñar pensamiento crítico era la estrategia más eficaz. Funcionan también: La inoculación: avisar a la gente antes de que se exponga a la desinformación ("es posible que te encuentres con información que dice que…"), lo que genera resistencia igual que una vacuna. El priming: activar deliberadamente las habilidades de pensamiento crítico antes de la exposición. La educación en el método científico propiamente dicho (aquí resuenan otra vez Newton y Popper). Esto ya se probó a gran escala durante la pandemia de COVID, donde advertir a los pacientes sobre la información falsa demostró ser eficaz. Si funcionó ahí, argumenta Candilis, no es ningún salto atribuir a estas estrategias epistémicas la capacidad de combatir la ilógica y la falsa atribución conspirativa en general. Y añade un estudio que le parece especialmente esperanzador: investigadores estadounidenses usaron un chatbot de inteligencia artificial para generar contraargumentos hechos a medida de las creencias de cada participante. El resultado fue que los creyentes en conspiraciones redujeron de forma duradera sus creencias, en teorías tan diversas como el asesinato de Kennedy o los Illuminati. La hipótesis sobre por qué funcionó: el razonamiento del chatbot era personalizado y dinámico, es decir, respondía a los argumentos concretos de cada persona en lugar de soltar un desmentido genérico. Esto tiene un valor casi terapéutico para el gremio: los profesionales llevaban mucho tiempo asumiendo que el pensamiento conspirativo era resistente a los hechos y a la lógica. El estudio sugiere que no lo es tanto, siempre que el razonamiento crítico se aplique de forma dirigida. Dos rendimientos prácticos del enfoque Antes de la conclusión, Candilis señala dos beneficios concretos que se derivan de todo lo anterior. La "certeza médica razonable" podría por fin significar algo En los tribunales estadounidenses, los peritos deben expresar sus opiniones con un grado de "certeza médica razonable" (reasonable medical certainty). El problema, que se arrastra desde hace décadas, es que nadie se pone de acuerdo sobre qué significa. ¿Es un estándar legal, equivalente a la preponderancia de la prueba o a la evidencia clara y convincente? ¿O es un umbral clínico de calidad y credibilidad? La discusión sigue abierta. Candilis no la resuelve, pero apunta algo razonable: sea lo que sea, la certeza médica razonable exige un nivel de confianza en la propia información, y eso es justamente lo que una epistemología de lógica y probabilidad sabe articular. En lugar de una fórmula ritual vacía, el perito podría explicar qué previos manejaba, qué evidencia los actualizó y en qué punto quedó su confianza. La transparencia epistémica destapa el sesgo Este argumento es más sutil y me parece el más agudo del artículo. Cuando un perito identifica sistemáticamente los datos y el razonamiento que producen su conocimiento, inevitablemente acaba exponiendo también su visión de la justicia. ¿Por qué? Porque el proceso obliga a justificar cada elección. Y algunas elecciones no se pueden justificar sobre bases científicas. Si un perito da sistemáticamente más crédito a una parte que a otra, o a un tipo de dato sobre otro, y no puede explicar por qué en términos de calidad probatoria, entonces lo que ha quedado al descubierto no es un criterio científico sino un valor personal. La exigencia de justificar y confirmar hace visible lo que de otro modo permanecería implícito: las perspectivas idiosincrásicas sobre la justicia misma. En otras palabras: el método no solo mejora las conclusiones, sino que audita al que las emite. Un procedimiento transparente convierte el sesgo en algo detectable, porque el sesgo es precisamente aquello que no sobrevive a la petición de justificación. Lo que Candilis pide al final La conclusión del artículo es a la vez modesta y ambiciosa. Modesta porque no promete certezas. Candilis reconoce explícitamente que la incertidumbre habita en la ciencia y la conducta humanas y no se va a ir. Su propuesta no elimina la incertidumbre: le da forma manejable. Ambiciosa porque pide un cambio en la formación del gremio. Sus peticiones concretas: Durante la especialización forense y después de ella, entrenar tres cosas: la revisión crítica de la literatura, el método científico y el razonamiento probabilístico. No como adornos, sino como núcleo del oficio. Usar el lenguaje probabilístico en el estrado. Y aquí hay un argumento que puede sorprender: Candilis sostiene que el razonamiento probabilístico permite presentar la incertidumbre de forma realista y a la vez accesible para jueces y jurados legos. La intuición habitual es la contraria —que hablar de probabilidades confunde al jurado y que lo que quieren es un sí o un no—. Pero el caso Collins demuestra lo contrario: la falsa precisión ("uno entre doce millones") es lo que engaña; la probabilidad honesta ("dadas las tasas base, esta evidencia es compatible con varias parejas") es lo que informa. Combatir los sesgos con técnicas explícitas de confrontación. Y señala que esto no es nuevo para los buenos peritos: es exactamente lo que hacen los profesionales veteranos cuando preparan un testimonio. Igual que Kahneman y Tversky, confrontan sus supuestos, cuestionan sus datos y consideran perspectivas alternativas. La propuesta es convertir en método explícito y enseñable lo que hoy es sabiduría artesanal de los que llevan muchos años. Y el argumento final es de supervivencia profesional. En un contexto —el que Candilis describe desde la primera página— de escepticismo, desconfianza y desinformación, una disciplina que no puede explicar cómo llega a sus conclusiones no va a mantener su autoridad mucho tiempo. La transparencia metodológica no es un lujo académico: es lo que hace que la profesión siga siendo creíble y útil cuando se la llama a explicar algo tan complicado como la condición humana. Una lectura de conjunto Si hubiera que resumir el artículo en un movimiento, sería este: Candilis toma una queja gremial vieja —los peritos se contradicen y eso nos desprestigia— y en lugar de responderla con más credenciales o más protocolos, la responde cambiando el nivel de la conversación. La pregunta no es "¿quién tiene razón?" sino "¿cómo sabemos lo que sabemos, y podemos enseñarnos mutuamente ese cómo?". Sus dos herramientas son antiguas y sorprendentemente compatibles. La lógica —Occam, Hempel, la contraposición, la distinción entre P(E|I) y P(I|E)— aporta el rigor formal: qué inferencias están permitidas y cuáles no. La probabilidad —Bayes, las tasas base, la actualización, la comparación con alternativas— aporta el realismo: cuánta confianza merece cada paso. Juntas producen algo que ninguna de las dos da por separado: un modo de razonar que es riguroso sin ser falsamente preciso, y humilde sin ser inútil. Que puede decir "no lo sé con certeza" y a continuación decir algo informativo. Y hay una honestidad de fondo que vale la pena reconocer. Candilis podría haber escrito un texto tranquilizador sobre lo científica que es su disciplina. En lugar de eso admite que ni siquiera hay acuerdo sobre qué es la locura, qué es la discapacidad o qué es la justicia; que los estudios sobre restauración de la competencia son pequeños y de mal diseño; que sus colegas testifican sobre trastornos difíciles con evidencia insuficiente; y que las visiones personales sobre la justicia se cuelan en los informes sin que nadie las declare. Su apuesta es que una disciplina que reconoce abiertamente sus incertidumbres y explica con precisión cómo las gestiona es más creíble, no menos, que una que finge certezas. Es un argumento que se extiende bastante más allá de la psiquiatría forense.

  • El Efecto Werther: de la literatura a la validación científica

    Goethe en la campiña romana (1786) por Johann Heinrich Wilhelm Tischbein (Wikipedia) El efecto Werther designa el incremento de muertes por suicidio que sigue a determinadas coberturas informativas. Bautizado con el nombre del protagonista de la novela de Goethe y formulado científicamente por David Phillips en 1974, cuenta hoy con medio siglo de investigación acumulada y con una evidencia que, pese a sus limitaciones metodológicas, resulta consistente en contextos culturales muy diversos. Este ensayo reconstruye el origen del concepto, examina la evidencia disponible y sus objeciones, describe los mecanismos psicológicos que lo explican, identifica los factores concretos que modulan su intensidad y analiza los casos que la literatura considera paradigmáticos. Se argumenta que el efecto no es un fenómeno de todo o nada, sino un gradiente sobre el que se puede intervenir, y que su correcta comprensión exige delimitar con precisión lo que el concepto no significa. 1. Introducción Pocas ideas del ámbito de la comunicación han recorrido un trayecto tan singular como la del contagio suicida. Nació como sospecha literaria en el siglo XVIII, sobrevivió dos siglos como creencia sin comprobación, se convirtió en objeto de medición estadística en 1974 y hoy constituye uno de los fundamentos de las recomendaciones que organismos internacionales dirigen a los profesionales de los medios. El nombre con el que se la conoce —efecto Werther— procede de un personaje de ficción, lo cual es al mismo tiempo elocuente y engañoso: elocuente porque señala el papel del relato, y engañoso porque sugiere una certeza histórica que el caso original no respalda. Este ensayo se ocupa exclusivamente de ese efecto: de su historia, de la evidencia que lo sostiene, de los mecanismos psicológicos que lo explican, de las condiciones que lo intensifican o lo atenúan y de los malentendidos que lo acompañan. No aborda su contrapartida protectora, el efecto Papageno, que merece un tratamiento propio en otro post. La tesis que recorre el texto es que el contagio suicida a través de los medios no es una fatalidad ni una hipótesis dudosa, sino un fenómeno gradual, medible y, sobre todo, modificable: cada uno de los factores que lo intensifican corresponde a una decisión editorial concreta que puede tomarse de otro modo. 2. Origen literario: la novela y la fiebre En 1774, un joven abogado de veinticuatro años llamado Johann Wolfgang von Goethe publicó Las desventuras del joven Werther. La novela, escrita en forma de cartas y en pocas semanas, relata la historia de un muchacho sensible y culto que se enamora de Lotte, una mujer prometida a otro hombre, y que, incapaz de resolver esa situación ni de encontrar acomodo en la sociedad de su tiempo, termina quitándose la vida. El libro convirtió a su autor en una celebridad europea de la noche a la mañana y desencadenó un fenómeno cultural que los contemporáneos bautizaron como la fiebre de Werther: se imitaba la vestimenta del protagonista —la casaca azul y el chaleco amarillo—, se comercializaban estampas, porcelanas y perfumes con su nombre, y una generación entera adoptó su melancolía como actitud vital. Junto al entusiasmo llegó la alarma. Autoridades civiles y religiosas de varias ciudades europeas se convencieron de que la obra estaba induciendo muertes por imitación y ordenaron su prohibición: Leipzig la vetó en 1775, y siguieron su ejemplo Copenhague y Milán, entre otras. El propio Goethe no permaneció ajeno a la controversia. En la segunda edición añadió unos versos que interpelaban directamente al lector y le pedían que fuera un hombre y no siguiera el camino del protagonista. Décadas después, ya anciano, se refirió al asunto con una mezcla de incomodidad y desdén, y sostuvo que quien se quitaba la vida tras leer su libro habría encontrado cualquier otro pretexto. La honestidad intelectual obliga a matizar el relato. La evidencia histórica de aquella supuesta oleada de muertes es escasa y esencialmente anecdótica: no existían sistemas de registro que permitieran cuantificarla y buena parte de los casos citados procede de crónicas posteriores difíciles de verificar. Varios historiadores han sugerido que el episodio fue, en proporción considerable, un pánico moral: la alarma social ante una novela que trataba con simpatía a un suicida en una sociedad que lo condenaba sin matices. Que el nombre del fenómeno científico proceda de un caso históricamente discutible es una ironía que conviene reconocer sin dramatismo, porque no compromete la evidencia moderna, construida con métodos radicalmente distintos. El episodio conserva, en cambio, un valor analítico notable. Contiene ya, en estado embrionario, los tres ingredientes que la investigación identificaría dos siglos más tarde como determinantes del riesgo: un protagonista con el que un sector amplio del público podía identificarse, un problema socialmente reconocible y compartido —el amor no correspondido, la falta de encaje social— y una narración que presenta la muerte como desenlace coherente, casi como culminación estética de una biografía. No es la mención del suicidio lo que preocupaba entonces ni lo que preocupa ahora: es esa combinación concreta de elementos. 3. De la sospecha a la medición: Phillips y el efecto de sugestión El cambio llegó en 1974, cuando el sociólogo David P. Phillips publicó en American Sociological Review el artículo que dio nombre científico al fenómeno. Phillips recopiló las noticias sobre suicidio aparecidas en primera página de los principales diarios estadounidenses entre 1947 y 1968 y las contrastó con las estadísticas mensuales de mortalidad, comprobando que en la inmensa mayoría de los casos las muertes del mes posterior superaban lo esperable según la tendencia previa y los patrones estacionales. Lo decisivo del trabajo no fue la correlación en sí, sino dos hallazgos adicionales que hacen muy difícil atribuirla al azar o a una causa común. El primero es la relación de dosis-respuesta: cuanto mayor era la difusión de la noticia —medida por los días que permanecía en portada y por la tirada de los periódicos que la publicaban—, mayor era el exceso de muertes. El segundo es la circunscripción geográfica: el incremento se concentraba en las zonas donde la noticia había circulado y no aparecía allí donde no se había publicado. Phillips observó además que el exceso se concentraba en los primeros días y se disipaba en unas semanas, un patrón temporal compatible con un mecanismo de precipitación sobre personas ya vulnerables y difícilmente explicable por factores económicos o sociales de fondo. La línea de investigación se ramificó con rapidez: se estudiaron los informativos de televisión con resultados en la misma dirección, se aprovecharon como experimentos naturales las huelgas de prensa —durante las cuales algunos análisis detectaron descensos en el número de muertes—, se comprobó que el exceso tendía a producirse en el mismo grupo de edad y sexo que la persona sobre la que se había informado, y se replicó el diseño en países con culturas mediáticas muy distintas, de Austria y Alemania a Japón, Corea del Sur, Taiwán o Australia. También hubo objeciones serias, y merece la pena mencionarlas. Un reanálisis publicado en 1988 por Kessler y colaboradores reexaminó la asociación entre los informativos de televisión y las muertes de adolescentes ampliando el periodo estudiado y no encontró el efecto descrito inicialmente; es más, en los últimos años analizados la asociación se invertía. Otros autores cuestionaron la especificación de los modelos estadísticos y la elección de los periodos de comparación. Estas críticas no desmontaron el conjunto de la evidencia, pero forzaron una mejora metodológica sustancial: los estudios posteriores incorporaron series temporales interrumpidas, controles estacionales más finos, análisis de contenido sistemáticos y diseños experimentales. El efecto Werther sobrevivió a ese escrutinio, aunque con estimaciones de magnitud más prudentes que las iniciales. 4. Qué dice hoy la evidencia acumulada El metaanálisis publicado en el British Medical Journal en 2020 por Niederkrotenthaler y colaboradores constituye la síntesis de referencia. Sus conclusiones pueden resumirse en tres puntos. Primero, la información sobre la muerte por suicidio de una persona famosa se asocia con un incremento de las muertes en la población general durante las semanas siguientes, con estimaciones situadas en el entorno de un ocho a un dieciocho por ciento. Segundo, cuando la información especifica el método empleado se produce un aumento marcadamente superior de las muertes por ese mismo método concreto: es el hallazgo más robusto de toda la literatura y, no por casualidad, el que sustenta la recomendación más unánime. Tercero, el efecto no es homogéneo, sino que depende del tipo de personaje, del tipo de cobertura y de las características de la audiencia expuesta. La revisión cuantitativa de Steven Stack, que sistematizó centenares de resultados, aportó una jerarquía útil. Las noticias sobre personas famosas tienen una probabilidad varias veces mayor de producir efecto imitativo que las referidas a personas anónimas. Dentro de las celebridades, las del mundo del espectáculo generan efectos superiores a las políticas o económicas, presumiblemente por la intensidad del vínculo emocional que establecen con el público. Las historias reales pesan más que las ficticias. Y la prensa escrita, en los periodos estudiados, mostraba efectos más consistentes que la televisión, probablemente por la posibilidad de relectura y por la permanencia física del soporte. Un metaanálisis centrado en muertes de personas célebres estimó un incremento medio del orden de dos coma seis muertes adicionales por millón de habitantes en el mes posterior a la difusión; trasladada a un país como España, una cifra semejante equivaldría a varias decenas de muertes evitables asociadas a una única cobertura mal planteada. Conviene traducir estas cifras a términos correctos. Un incremento del diez por ciento durante unas semanas no significa que la noticia haya matado a nadie que no estuviera en riesgo. Significa que un número determinado de personas que ya atravesaban una crisis, y que estadísticamente habrían muerto más tarde o quizá no habrían muerto, lo hicieron en ese periodo. La diferencia es relevante desde el punto de vista causal y no lo es en absoluto desde el punto de vista práctico: se trata de muertes que una decisión editorial distinta podría haber evitado. 5. Los mecanismos psicológicos Que exista una asociación estadística no explica cómo se produce la influencia. La teoría del aprendizaje social de Albert Bandura ofrece el marco principal: las personas adquirimos conductas observando a otros, sin necesidad de experimentarlas, mediante un proceso que requiere atención, retención, capacidad de reproducción y motivación. Un relato mediático puede proporcionar los cuatro elementos: capta la atención por su prominencia, resulta memorable por su carga emocional, describe un procedimiento reproducible y muestra unas consecuencias —atención, reconocimiento, cese del sufrimiento— que operan como refuerzo vicario. El modelado es más potente cuando el modelo resulta atractivo o próximo, lo que enlaza con el papel de las celebridades y con el factor de identificación: el efecto se concentra en quienes perciben semejanza demográfica, situacional o identitaria con la persona fallecida. A ello se añaden dos mecanismos de naturaleza distinta. Uno es la activación cognitiva: la exposición a un contenido incrementa temporalmente la accesibilidad de las estructuras mentales asociadas, de modo que en una persona en crisis la información reiterada sobre el suicidio puede hacer más presente esa opción y desplazar alternativas. Ello explica por qué la repetición y la saturación son en sí mismas factores de riesgo. El otro es la reducción de barreras. Los modelos contemporáneos, y en particular la teoría interpersonal de Thomas Joiner, distinguen entre el deseo de morir y la capacidad de llevarlo a cabo: la mayoría de las personas con ideación no muere, entre otras razones porque operan frenos potentes —el miedo, el instinto de conservación, el desconocimiento práctico—. La información explícita sobre métodos actúa precisamente sobre esos frenos, reduciendo la incertidumbre y el temor asociado. Un principio transversal atraviesa todos estos mecanismos: los medios no crean el riesgo suicida, sino que interactúan con una vulnerabilidad preexistente. Ninguna noticia convierte en suicida a quien no atravesaba un proceso previo de sufrimiento. Lo que hace una cobertura inadecuada es actuar como precipitante, adelantando o desencadenando una conducta que quizá no se habría producido en ese momento. La precisión evita atribuir a los medios una causalidad exagerada y, al mismo tiempo, define con exactitud su responsabilidad: no se escribe para el conjunto de los lectores, sino sabiendo que entre ellos hay una minoría invisible para la que las palabras elegidas pueden tener consecuencias. 6. Los factores que modulan el riesgo El efecto Werther no funciona como un interruptor, sino como un gradiente. La investigación ha identificado con bastante precisión qué características de una cobertura incrementan su potencial dañino: La prominencia y la repetición: portada, gran despliegue gráfico, reiteración durante varios días o en múltiples soportes. La saturación es en sí misma un factor de riesgo. La explicitud sobre el método y el lugar, que aporta información operativa y reduce barreras psicológicas, además de generar puntos de atracción. La identificación: el efecto se intensifica cuando la persona fallecida comparte edad, sexo, situación vital o pertenencia grupal con el receptor. El estatus de celebridad, que multiplica la identificación y puede transmitir, sin que nadie lo pretenda, un mensaje de legitimación. La presentación del suicidio como solución: liberación, descanso o respuesta comprensible a un problema que muchos lectores comparten. La romantización y el homenaje excesivo, que asocian la muerte con el reconocimiento y la atención que la persona en crisis siente que le faltan en vida. La explicación monocausal, que simplifica un fenómeno multifactorial y genera una narrativa fácilmente extrapolable. La difusión de notas o mensajes de despedida, que potencia la identificación y puede reforzar la desesperanza. 7. Casos paradigmáticos El primero es la muerte de Marilyn Monroe, en agosto de 1962, seguida de una cobertura de intensidad extraordinaria en todo el mundo occidental durante semanas. Los análisis posteriores estimaron un incremento del orden del doce por ciento en las muertes por suicidio registradas en Estados Unidos aquel mes, con un patrón demográfico compatible con el modelo de imitación. Es el caso fundacional de la literatura sobre celebridades y sigue siendo el más citado, en parte porque reúne todos los factores de riesgo simultáneamente. Marilyn Monroe en Misfits (Vidas Rebeldes) una de sus últimas películas El segundo es una serie de televisión alemana emitida a comienzos de los años ochenta que dramatizaba la muerte de un estudiante de diecinueve años. Los estudios de Schmidtke y Häfner detectaron un incremento de las muertes concentrado precisamente en el grupo de edad y sexo del personaje y —el dato decisivo— observaron que el fenómeno se reprodujo cuando la serie volvió a emitirse tiempo después. Esa replicación involuntaria funciona casi como una comprobación experimental y constituye uno de los argumentos más sólidos a favor de la interpretación causal, además de la primera prueba de que la ficción no está exenta del fenómeno. El tercero es el metro de Viena. A comienzos de los años ochenta, las muertes en la red vienesa crecieron de forma sostenida en paralelo a una cobertura cada vez más detallada y espectacular. En 1987, la Asociación Austriaca de Prevención del Suicidio elaboró un conjunto de recomendaciones y las difundió entre los medios, que las adoptaron voluntariamente. La cobertura cambió de manera sustancial y el resultado fue una caída superior al setenta por ciento de las muertes en ese entorno, sostenida en el tiempo. El caso vienés tiene un valor especial porque no se limita a demostrar el daño: demuestra que intervenir sobre las prácticas informativas reduce la mortalidad de forma medible y duradera. Es, en la práctica, el primer ensayo natural de prevención del suicidio a través de los medios. El cuarto es la muerte del actor Robin Williams, en agosto de 2014. Un estudio publicado en PLOS ONE encontró un exceso significativo de muertes en los meses siguientes respecto a lo esperado según la tendencia previa, concentrado en hombres de mediana edad y, de manera particularmente elocuente, en el método que la prensa había descrito de forma explícita y reiterada. El caso resulta didáctico porque no hubo mala fe en ninguna redacción: hubo admiración sincera, homenaje y un volumen informativo enorme desplegado sin criterio preventivo. Ilustra que el daño no requiere intención, solo desconocimiento. Robin Williams en 1998 (Wikipedia) El quinto es la serie 13 Reasons Why, estrenada en 2017, cuya primera temporada culminaba con una representación explícita y prolongada de la muerte de la protagonista adolescente. Varios estudios detectaron un incremento de las muertes entre adolescentes estadounidenses en los meses posteriores, especialmente en el grupo de edad y sexo coincidente con el del personaje. Los hallazgos fueron objeto de una discusión metodológica que no se ha cerrado, pero la plataforma terminó retirando la secuencia dos años después. A estos casos cabe añadir un fenómeno todavía más inquietante: en varios países se ha documentado cómo la cobertura detallada de un método previamente poco conocido fue seguida, en pocos años, por su rápida adopción, sin que se produjera una sustitución equivalente respecto a otros métodos. La información no redistribuyó las muertes: añadió muertes que no se habrían producido. 8. Conglomerados y puntos de atracción El efecto se manifiesta también en dos fenómenos con perfil propio. El primero son los conglomerados puntuales: agrupaciones inusuales de muertes en un mismo espacio y en un periodo corto, características de comunidades cerradas o intensamente conectadas —centros educativos, cuarteles, instituciones penitenciarias, pequeñas localidades—. En estos entornos el contagio opera por vías interpersonales, pero la cobertura mediática local puede amplificarlo de manera decisiva; los protocolos de postvención escolar recomiendan por ello evitar actos conmemorativos que conviertan a la persona fallecida en figura central y trabajar con las redacciones locales antes de que publiquen. El segundo son los puntos de atracción: emplazamientos que, una vez asociados públicamente al suicidio, concentran un número desproporcionado de muertes. La implicación práctica es notable, porque las intervenciones físicas sobre esos lugares —barreras, restricciones de acceso, señalización con recursos de ayuda, presencia de personal— reducen la mortalidad de forma sustancial, y esa reducción no se compensa íntegramente con desplazamientos a otros emplazamientos o métodos. La conclusión es de gran alcance: cuando una crisis aguda encuentra una barrera, muchas veces no busca otra vía, sino que pasa. Y la primera barrera, o la primera puerta, la construye el nombre que un medio decide publicar. 9. Qué no es el efecto Werther La divulgación del concepto ha generado dos malentendidos con consecuencias prácticas indeseables. El primero consiste en confundirlo con la idea de que hablar del suicidio induce al suicidio. La investigación disponible apunta en dirección contraria: preguntar a una persona de forma directa por su ideación suicida no incrementa el riesgo, y existe evidencia de que puede reducir el malestar y facilitar la búsqueda de ayuda. Lo que la evidencia señala como peligroso no es la conversación sobre el fenómeno, sino la representación detallada, reiterada y estetizada de muertes concretas. Confundir ambas cosas conduce a un silencio que mantiene el estigma, impide el debate público sobre recursos y deja a los profesionales sin criterios cuando la excepción llega. El segundo malentendido consiste en emplear el concepto como coartada. Una lectura restrictiva puede llevar a que un medio decida no informar sobre las condiciones de un centro de internamiento, sobre los fallos de un protocolo antiacoso o sobre las listas de espera en salud mental, amparándose en unas pautas diseñadas para lo contrario. Las guías internacionales son explícitas al respecto: su objeto es el cómo, no el si. El efecto Werther describe el daño de ciertas formas de contar, no la inconveniencia de contar. 10. Límites de la evidencia e implicaciones Buena parte de la investigación se basa en estudios ecológicos que correlacionan series temporales de cobertura y de mortalidad, un diseño que no permite establecer causalidad individual: no sabemos si quienes murieron leyeron la noticia. Los argumentos ya expuestos —dosis-respuesta, circunscripción geográfica, especificidad del método, coincidencia demográfica, replicación internacional— hacen la inferencia razonable, pero sigue siendo indirecta, y los diseños experimentales chocan con un límite ético evidente. A ello se suman unos tamaños de efecto moderados en términos absolutos, un posible sesgo de publicación y un sesgo geográfico: la mayor parte de los estudios procede de países de renta alta. Estas limitaciones aconsejan prudencia en las afirmaciones, no inacción. La traducción práctica del efecto Werther es un conjunto reducido de decisiones de coste nulo: no describir el método ni el emplazamiento, moderar la prominencia y la repetición, evitar imágenes y notas de despedida, renunciar a la explicación monocausal y al lenguaje que presenta la muerte como salida. La experiencia vienesa demuestra que su adopción produce resultados medibles. Pocas intervenciones en salud pública ofrecen una relación semejante entre coste y beneficio. 11. Conclusiones La influencia de los medios sobre la conducta suicida está suficientemente documentada como para considerarse un hecho establecido, aunque su magnitud precisa siga discutiéndose. Medio siglo de investigación desde Phillips ha producido un cuerpo de evidencia convergente, replicado en contextos culturales muy distintos y con un patrón de resultados difícil de explicar por otras vías. El efecto no es, sin embargo, una fatalidad asociada a la existencia de información. Es un gradiente construido por decisiones concretas y separables: qué se destaca, cuánto se repite, qué se detalla, qué se muestra, con qué palabras se nombra. Cada uno de los factores identificados por la investigación corresponde a una elección editorial que puede tomarse de otro modo sin pérdida informativa apreciable. Conviene, por último, resistir dos tentaciones opuestas. La primera es la de exagerar la capacidad causal de los medios hasta convertirlos en responsables únicos de un fenómeno cuya etiología es multifactorial. La segunda es la de refugiarse en las limitaciones metodológicas para justificar la inacción. Entre ambas queda un espacio razonable y exigente: asumir que una minoría invisible de la audiencia se encuentra en riesgo, que las palabras elegidas les llegan y que existe una forma de escribir que no las empuja. Referencias bibliográficas Bandura, A. (1977). Social Learning Theory. Englewood Cliffs: Prentice Hall. Bridge, J. A., Greenhouse, J. B., Ruch, D. et al. 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  • El efecto Papageno: de la literatura a la validación científica

    Personajes de Papageno y Papagena en una representación de La Flauta Mágica (Mozart) en la Universidad de Texas (Wikipedia) El efecto Papageno designa la reducción de muertes por suicidio asociada a determinadas coberturas informativas: aquellas que relatan cómo una persona atravesó una crisis suicida y la superó. Formulado en 2010 por Thomas Niederkrotenthaler y su equipo, invierte el planteamiento clásico sobre la relación entre medios y suicidio: la cuestión deja de ser únicamente cómo evitar que la información dañe y pasa a ser cómo lograr que prevenga. Este ensayo reconstruye el origen del concepto en una escena de La flauta mágica, examina el estudio fundacional y la evidencia experimental posterior, describe los mecanismos psicológicos que explican el efecto protector, propone una anatomía de la narración que lo produce y analiza sus límites y sus riesgos de aplicación. Se sostiene que el efecto Papageno no equivale a la ausencia de daño, sino que exige una decisión editorial afirmativa. 1. Introducción Durante casi cuarenta años, la investigación sobre medios de comunicación y suicidio se ocupó de una sola pregunta: cómo evitar que la información mate. El marco era el de la reducción de daños, y su consecuencia práctica, un catálogo de prohibiciones. La pregunta complementaria —si existirán formas de informar que reduzcan la mortalidad en lugar de aumentarla— apenas se planteó, quizá porque parecía demasiado optimista para un campo construido sobre el hallazgo del contagio. En 2010, un equipo austriaco la formuló y la respondió afirmativamente. El efecto que describieron recibió el nombre de Papageno, en simetría con el efecto Werther y en homenaje a un personaje de Mozart que estuvo a punto de quitarse la vida y no lo hizo. Este ensayo se ocupa exclusivamente de ese efecto protector: de su origen, de la evidencia que lo sostiene, de los mecanismos que lo explican, de cómo se construye una narración capaz de producirlo y de las cautelas que su aplicación exige. La tesis es que el efecto Papageno no consiste en la ausencia de elementos dañinos, sino en la presencia activa de contenidos específicos, y que esa diferencia separa el mero cumplimiento de unas recomendaciones del ejercicio de un periodismo preventivo. 2. Origen: una escena de La flauta mágica En La flauta mágica, la ópera que Wolfgang Amadeus Mozart estrenó en 1791 con libreto de Emanuel Schikaneder, Papageno es el pajarero, el contrapunto cómico y terrenal del príncipe Tamino: no aspira a la sabiduría ni a las pruebas iniciáticas, solo quiere comer, beber y encontrar una compañera. Cerca del final de la obra, convencido de haber perdido para siempre a Papagena, atraviesa una crisis de desesperación y decide poner fin a su vida. La escena contiene un detalle de una precisión psicológica asombrosa para su época. Papageno no actúa de inmediato: cuenta hasta tres en voz alta y, mientras cuenta, pregunta si nadie va a detenerlo. Es la formulación exacta de lo que la clínica contemporánea denomina ambivalencia: el deseo de morir convive con el deseo de que alguien intervenga, y la conducta suicida rara vez expresa una voluntad unívoca. Y alguien interviene. Aparecen tres muchachos que no le sermonean ni le reprochan nada: le recuerdan que su situación no es definitiva, que la información en la que basa su desesperación es incompleta y que dispone de un recurso —las campanillas mágicas que lleva consigo— que todavía no ha utilizado. Papageno los escucha, prueba el recurso y recupera a Papagena. La escena condensa, con una economía notable, casi todo lo que la prevención del suicidio ha aprendido en dos siglos: la crisis es aguda y transitoria, la ambivalencia es la norma y no la excepción, la intervención de un tercero resulta eficaz aunque sea sencilla, y el acceso a un recurso disponible marca la diferencia. Que ese recurso estuviera en su poder desde el principio y hubiera olvidado que existía es, quizá, el detalle más exacto de todos, porque describe con fidelidad el estrechamiento cognitivo característico de la crisis suicida: la percepción de que no queda ninguna opción cuando las opciones siguen ahí. El nombre fue propuesto por Thomas Niederkrotenthaler y su equipo para designar, por simetría con el efecto Werther, el efecto protector de determinadas coberturas informativas. La elección no es meramente estética ni erudita: subraya que la alternativa al relato de una muerte no es el silencio, sino el relato de una intervención. 3. El estudio fundacional: del daño a la ganancia El trabajo publicado en el British Journal of Psychiatry en 2010 partió de una intuición sencilla. Si determinadas características del contenido informativo incrementan la mortalidad, cabía preguntarse si otras características, distintas, podían reducirla. Para averiguarlo, el equipo analizó cerca de quinientas piezas periodísticas aparecidas en los principales diarios austriacos a lo largo de un periodo de dos años, las codificó según un amplio conjunto de rasgos de contenido —el tipo de protagonista, el desenlace, la presencia de detalles del método, el enfoque adoptado, la aparición de información sobre ayuda— y relacionó estadísticamente esos rasgos con la evolución semanal de las muertes por suicidio. Los resultados confirmaron, por un lado, lo esperable: las informaciones centradas en la muerte de un individuo, con detalles y con presentación destacada, se asociaban a incrementos de la mortalidad. Pero aportaron, por otro, el hallazgo que dio nombre al efecto. Las piezas que relataban cómo personas con ideación suicida habían superado la crisis mediante estrategias de afrontamiento —sin morir— se asociaban a un descenso de las muertes en el periodo posterior. No se trataba de piezas neutras ni de ausencia de información: eran informaciones sobre el suicidio, con protagonistas concretos y con relato, cuya diferencia estaba en el desenlace y en el foco narrativo. La implicación conceptual es de largo alcance. Hasta ese momento, el debate se había planteado casi exclusivamente en clave de reducción de daños. A partir de 2010 puede plantearse también en clave de ganancia: cómo lograr que la información salve. El periodismo deja de ser un factor de riesgo que hay que contener y pasa a ser un agente preventivo potencial, con capacidad de intervención sobre una población a la que los servicios sanitarios difícilmente alcanzan, porque una parte sustancial de las personas en riesgo nunca acude a consulta. Vista así, la prensa no es un actor secundario de la prevención: es, probablemente, el único que llega a quien no ha pedido ayuda. 4. La evidencia posterior La línea abierta por aquel estudio se ha desarrollado en tres direcciones complementarias. La primera son los diseños experimentales, que permiten superar la principal limitación de los estudios ecológicos. Diversos ensayos aleatorizados han expuesto a participantes a distintos tipos de material —relatos centrados en la muerte, relatos centrados en la superación, materiales educativos de prevención, sitios web con contenidos mixtos— y han medido variables como la ideación suicida, el estado de ánimo, la desesperanza o la intención de buscar ayuda. Los resultados muestran de forma consistente que los relatos de afrontamiento producen efectos favorables y, sobre todo, que ese beneficio es mayor precisamente entre quienes presentan mayor vulnerabilidad previa. El mismo grupo que resulta más dañado por el material de riesgo es el que más se beneficia del material protector. La segunda dirección son las revisiones sistemáticas. Una publicada en The Lancet Public Health en 2022 concluyó que la exposición a historias mediáticas de esperanza y recuperación se asocia con una reducción de la ideación suicida y con un aumento de la búsqueda de ayuda, si bien los tamaños de efecto son modestos y la calidad de los estudios, heterogénea. La tercera es el estudio de un indicador especialmente tangible: la actividad de las líneas de atención. Distintos trabajos han documentado que la inclusión de un teléfono o de un recurso de ayuda en las piezas informativas se traduce en incrementos medibles del número de contactos atendidos en los días posteriores. Es uno de los pocos casos en que un cambio editorial mínimo —una línea de texto al pie— produce un efecto observable, inmediato y contable. También se han documentado incrementos de llamadas tras coberturas de muertes de figuras públicas realizadas conforme a las recomendaciones, lo que sugiere que una cobertura bien planteada puede convertir un acontecimiento de máximo riesgo en una ventana de oportunidad preventiva. La actualización de 2023 del manual de la Organización Mundial de la Salud para profesionales de los medios incorporó explícitamente esta línea: por primera vez, el documento no se limita a enumerar lo que conviene evitar, sino que anima de forma proactiva a difundir historias de superación y mensajes de esperanza y recuperación. El cambio de tono resume dos décadas de investigación. 5. Los mecanismos del efecto protector El efecto Papageno se explica, en buena medida, por la inversión de los mecanismos que producen el efecto Werther. Si el aprendizaje vicario descrito por Bandura puede transmitir la conducta suicida, también puede transmitir la conducta de afrontamiento: observar a alguien que pidió ayuda y salió adelante enseña que esa vía existe, que es practicable y que funciona. Y si la identificación amplifica el daño cuando el modelo es alguien que murió, la amplifica igualmente en sentido protector cuando el modelo es alguien que sobrevivió a una crisis semejante. A ello se añaden cuatro elementos específicos. El primero es la instilación de esperanza: la desesperanza es uno de los predictores más consistentes de la conducta suicida, y la percepción de que existe un futuro alcanzable opera como factor protector. El segundo es la autoeficacia: creer que uno dispone de recursos para afrontar la situación modifica efectivamente la conducta, y un relato que describe estrategias concretas y practicables transmite esa creencia mejor que cualquier exhortación. El tercero es la reducción del estigma, que actúa sobre la principal barrera documentada para la búsqueda de ayuda: la percepción de que pedirla constituye un signo de debilidad o de fracaso. El cuarto es el reconocimiento de la ambivalencia: un relato que muestra que el deseo de morir convivía con el deseo de seguir permite a quien lo lee reconocerse sin sentirse juzgado, algo que los mensajes puramente disuasorios no consiguen. Estos mecanismos comparten una característica que conviene subrayar: todos operan sobre la interpretación que la persona hace de su propia situación, no sobre la situación misma. El relato no resuelve el problema que originó la crisis. Lo que modifica es el marco desde el que se percibe: de definitivo a transitorio, de vergonzoso a compartido, de irresoluble a tratable. En una conducta cuya característica más peligrosa es el estrechamiento del campo de opciones, ampliar ese campo es una intervención de primer orden. 6. Anatomía de una narración Papageno No cualquier historia de tono positivo produce el efecto protector. La literatura ha identificado los elementos que parecen resultar determinantes: El protagonista es una persona que atravesó una crisis suicida y no murió. El foco narrativo está en el proceso de afrontamiento, no en el desenlace fatal. Se describen estrategias concretas y reproducibles: pedir ayuda, acudir a un profesional, hablar con alguien del entorno, atravesar el momento agudo, recibir tratamiento y sostenerlo. Se transmite que la crisis fue transitoria y que la ambivalencia formó parte de la experiencia. Se normaliza la búsqueda de ayuda y se reduce la percepción de que pedirla constituye un signo de debilidad. Se ofrece información práctica y accesible sobre recursos disponibles, dentro de la propia pieza y no en un enlace secundario. Se evita el relato edificante simplista: la credibilidad del testimonio es una condición del efecto, y una narración que minimice la dureza de la experiencia resulta inverosímil para quien la atraviesa. Merece la pena subrayar un matiz que suele pasarse por alto. El efecto Papageno no es simplemente la ausencia del efecto Werther. No basta con retirar los elementos dañinos de una noticia: el efecto protector requiere la presencia activa de contenidos específicos. Una nota breve, aséptica y sin recursos de ayuda no daña, pero tampoco previene. La prevención exige una decisión editorial afirmativa, y esa es probablemente la diferencia más importante entre cumplir unas recomendaciones y hacer periodismo preventivo. 7. El testimonio en primera persona: garantías y riesgos La materia prima del efecto Papageno es, casi siempre, el relato de alguien que estuvo en riesgo y sobrevivió. Ese material exige garantías particulares, porque su protagonista no es una fuente cualquiera. La persona debe encontrarse en una situación suficientemente estable, comprender el alcance real de la publicación —incluida su permanencia indefinida en Internet y su circulación en redes—, conservar control sobre lo que se difunde y disponer de apoyo después. La exposición pública del sufrimiento propio no es inocua para quien la protagoniza, y una entrevista puede reactivar contenidos dolorosos con efectos que el periodista no verá. Un relato de superación mal construido puede además incorporar, sin advertirlo, los mismos elementos que se pretendía evitar: la descripción detallada de la crisis, la mención del método considerado, la reconstrucción minuciosa del momento agudo. Que el desenlace sea favorable no neutraliza el riesgo de esos contenidos. La regla práctica es sencilla: en un testimonio de superación, la parte del relato que corresponde a la crisis se trata con las mismas cautelas que una noticia de riesgo, y el peso narrativo se desplaza hacia lo que vino después. Un tercer riesgo es el del optimismo forzado. Un relato que presente la recuperación como un proceso lineal, rápido o dependiente en exclusiva de la voluntad individual puede producir el efecto contrario al buscado en quien lleva años atravesando dificultades: la sensación de fracaso comparativo. Las guías más recientes insisten en que el relato debe reconocer la dificultad, incluir las recaídas y evitar convertir a los protagonistas en ejemplos morales. La eficacia preventiva del testimonio depende de que resulte creíble, y nada resulta menos creíble para quien sufre que una historia sin costes. 8. Límites y cautelas La evidencia sobre el efecto Papageno es considerablemente menor que la acumulada sobre el efecto Werther, tanto en número de estudios como en años de recorrido, y sus tamaños de efecto son más modestos. Conviene por tanto evitar el entusiasmo que a veces acompaña a su divulgación, según el cual bastaría con publicar historias inspiradoras para reducir la mortalidad. La prudencia recomienda presentarlo como una vía prometedora y razonablemente fundamentada, no como una certeza consolidada. Hay además una asimetría metodológica que explica parte de esa diferencia. Medir un incremento de muertes tras una cobertura es comparativamente sencillo, porque el resultado es un dato registrado. Medir las muertes que no se han producido exige inferencias más frágiles y variables intermedias —ideación, desesperanza, intención de pedir ayuda— cuya relación con la mortalidad, aunque bien establecida, es indirecta. Que la evidencia sea menor no significa necesariamente que el efecto sea menor: significa, en parte, que es más difícil de observar. Por último, el efecto no puede sostenerse sobre piezas aisladas. Un reportaje de superación publicado una vez al año, en la jornada dedicada a la prevención, difícilmente contrarresta la exposición cotidiana a coberturas de riesgo. Lo que la evidencia sugiere que funciona es un cambio en la línea editorial sostenido en el tiempo, del mismo modo que el descenso documentado en el metro de Viena no siguió a una noticia bien hecha, sino a una transformación estable en la forma de informar. 9. Dos caras del mismo mecanismo La aportación conceptual más valiosa de esta línea de investigación no es haber identificado un segundo efecto, sino haber mostrado que se trata del mismo proceso operando sobre contenidos distintos. La misma audiencia, expuesta al mismo tema y a través del mismo canal, responde de forma opuesta según lo que el relato muestre. El cuadro siguiente sintetiza el contraste. Dimensión Efecto Werther Efecto Papageno Modelo narrativo Una persona que muere por suicidio Una persona que atraviesa una crisis suicida y sobrevive Foco del relato El hecho, el método, el lugar, el desenlace El proceso de afrontamiento y los recursos empleados Mensaje implícito El suicidio es una salida comprensible al sufrimiento El sufrimiento es transitorio y existen vías de salida Mecanismo principal Modelado de la conducta suicida; disponibilidad cognitiva; reducción de barreras Modelado del afrontamiento; esperanza; autoeficacia; reducción del estigma Población más afectada Personas con vulnerabilidad previa e identificación con el modelo Personas con vulnerabilidad previa e identificación con el modelo Resultado documentado Incremento de muertes en las semanas siguientes Reducción de la ideación y aumento de la búsqueda de ayuda La coincidencia de la penúltima fila no es un error: es el hallazgo central. El grupo de personas sobre el que una cobertura inadecuada ejerce su efecto más dañino es exactamente el mismo sobre el que una cobertura bien construida ejerce su efecto más protector. Quien está leyendo con más atención es quien más tiene en juego. 10. Conclusiones El efecto Papageno modificó el marco desde el que se piensa la relación entre medios y suicidio. Durante décadas, la responsabilidad periodística en este ámbito se formuló en negativo: no dañar. Desde 2010 puede formularse también en positivo: prevenir. La diferencia no es retórica, porque exige acciones distintas. Retirar los elementos de riesgo de una noticia produce una pieza inocua; construir una narración de afrontamiento, con recursos y con esperanza, produce una pieza preventiva. La evidencia disponible es más limitada que la del efecto Werther y aconseja afirmaciones prudentes, pero apunta con consistencia en la misma dirección y se apoya en mecanismos psicológicos bien establecidos. Sus exigencias prácticas son, además, moderadas: incluir recursos de ayuda, desplazar el foco del desenlace al proceso, dar espacio a testimonios de superación construidos con las cautelas debidas y sostener ese enfoque en el tiempo. Papageno no se salva porque nadie le hable de su desesperación. Se salva porque alguien se detiene, le habla de ella y le recuerda que dispone de un recurso que aún no ha probado. Esa es, con exactitud, la tarea que la evidencia científica propone hoy a los medios de comunicación: no callar, sino contar de tal modo que quien esté contando hasta tres encuentre, en el texto, a los tres muchachos. Referencias bibliográficas Bandura, A. (1977). Social Learning Theory. Englewood Cliffs: Prentice Hall. Etzersdorfer, E. y Sonneck, G. (1998). Preventing suicide by influencing mass-media reporting. The Viennese experience 1980-1996. Archives of Suicide Research, 4(1), 67-74. Ministerio de Sanidad (2020). Recomendaciones para el tratamiento del suicidio por los medios de comunicación. Manual de apoyo para sus profesionales. Madrid: Ministerio de Sanidad. Niederkrotenthaler, T., Voracek, M., Herberth, A., Till, B., Strauss, M., Etzersdorfer, E., Eisenwort, B. y Sonneck, G. (2010). Role of media reports in completed and prevented suicide: Werther v. Papageno effects. British Journal of Psychiatry, 197(3), 234-243. Niederkrotenthaler, T., Braun, M., Pirkis, J. et al. (2020). Association between suicide reporting in the media and suicide: systematic review and meta-analysis. British Medical Journal, 368, m575. Niederkrotenthaler, T., Till, B., Kirchner, S., Sinyor, M., Braun, M., Pirkis, J. et al. (2022). Effects of media stories of hope and recovery on suicidal ideation and help-seeking attitudes and intentions: systematic review and meta-analysis. The Lancet Public Health, 7(2), e156-e168. Organización Mundial de la Salud (2023). Preventing suicide: a resource for media professionals, update 2023. Ginebra: OMS. ISBN 978-92-4-007684-6. Sisask, M. y Värnik, A. (2012). Media roles in suicide prevention: a systematic review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 9(1), 123-138. Till, B., Tran, U. S., Voracek, M. y Niederkrotenthaler, T. (2017). Beneficial and harmful effects of educative suicide prevention websites: randomised controlled trial exploring Papageno v. Werther effects. British Journal of Psychiatry, 211(2), 109-115. Anexo: recursos de ayuda Línea 024 de atención a la conducta suicida (Ministerio de Sanidad). Gratuita, confidencial y disponible las veinticuatro horas, con canal de chat. 112. Teléfono de emergencias, para situaciones de riesgo vital inmediato. Teléfono de la Esperanza: 717 003 717. Fundación ANAR: 900 20 20 10, para niños, niñas y adolescentes.

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