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  • Psiquiatría narrativa: un enfoque complementario

    Dall-E Introducción y Reseña Histórica del Campo La psiquiatría narrativa  es un enfoque emergente que integra las historias personales de los pacientes en la comprensión y tratamiento de los trastornos mentales. Su surgimiento responde en gran medida a una reacción contra la excesiva tecnificación y despersonalización de la psiquiatría en las últimas décadas del siglo XX. Durante gran parte del siglo XX, especialmente a partir de la publicación del DSM-III en 1980, la psiquiatría se orientó hacia un modelo médico-biologicista estrictamente “científico” , privilegiando la clasificación diagnóstica y el tratamiento farmacológico por encima de la narrativa personal del paciente. Este giro, si bien aportó rigor diagnóstico, conllevó una pérdida del relato individual: los conflictos emocionales y las experiencias subjetivas pasaron a un segundo plano frente a diagnósticos categoriales y desequilibrios neuroquímicos. Hacia fines del siglo XX y comienzos del XXI, la disciplina enfrentó crecientes críticas internas y externas  – desde pacientes y sus familias, hasta filósofos, antropólogos y profesionales de la salud mental – quienes cuestionaban la reduccionista “visión única” biomédica de la enfermedad mental. Muchos acusaban a la psiquiatría de haber abandonado la historia de vida del paciente y de haberse vuelto casi exclusivamente farmacológica, en detrimento de factores psicosociales y culturales del sufrimiento psíquico. En este contexto de insatisfacción y “crisis de la psiquiatría moderna” comenzó a gestarse el movimiento de la medicina narrativa  en la década de 1990. Casi simultáneamente en Estados Unidos y Europa, clínicos y académicos abogaron por recuperar la voz narrativa del paciente  en la asistencia sanitaria. Autores pioneros como Rita Charon  en la Universidad de Columbia y los británicos Trisha Greenhalgh  y Brian Hurwitz  sentaron las bases de la medicina narrativa, término introducido por Charon en 2001. La medicina narrativa se define, en palabras de Charon, como “la capacidad de absorber, interpretar y actuar sobre las narrativas de los pacientes” , mientras que para Hurwitz supone “tender un puente entre la biomedicina moderna y la experiencia vivida del paciente” . Estas ideas buscaban humanizar la atención sanitaria, entendiendo que “los pacientes siguen acudiendo a contar su historia”  y que el médico debe entrenarse en la escucha activa y empática  para captar el significado de la enfermedad en la vida del individuo. Paralelamente, en el campo de la salud mental, surgió a fines de los años 1980 la terapia narrativa  desarrollada por Michael White y David Epston. Este enfoque psicoterapéutico postula que nuestras identidades se construyen a través de las historias que nos contamos, y que re-escribir esas narraciones puede promover cambios positivos. White y Epston introdujeron técnicas como la externalización del problema , resumida en la célebre frase “la persona no es el problema, el problema es el problema” , enfatizando que los pacientes no “son”  sus trastornos, sino que estos son circunstancias separables de su identidad. La terapia narrativa demostró éxito en casos complejos (por ejemplo, trastornos alimentarios como la anorexia, psicosis esquizofrénica o adicciones) al ayudar a pacientes previamente considerados “intratables” a reconstruir un sentido de agencia y recuperar su vida mediante la creación de nuevos significados. Estos avances en el terreno psicoterapéutico evidenciaron el poder terapéutico de la narración en salud mental. Fruto de la confluencia de estos movimientos nació en la década de 2000 la psiquiatría narrativa  como subdisciplina formal, consolidada por obras clave como Narrative Psychiatry: How Stories Can Shape Clinical Practice  de Bradley Lewis (2011) y The Art of Narrative Psychiatry  de SuEllen Hamkins (2013). La psiquiatría narrativa retoma la tradición de los grandes clínicos humanistas (por ejemplo, la fenomenología de Karl Jaspers o la psiquiatría cultural) y la combina con los aportes contemporáneos de la medicina narrativa y la terapia narrativa. El resultado es un enfoque integral que coloca la historia personal del paciente en el centro de la práctica psiquiátrica , sin por ello desechar los avances neurobiológicos ni las intervenciones médicas disponibles. A continuación, se describen sus conceptos fundamentales y su relación con la medicina narrativa general, para luego profundizar en distintas facetas: la perspectiva epistemológica, las aplicaciones clínicas, la formación de profesionales, casos ilustrativos y finalmente las críticas y desafíos que enfrenta este enfoque. Conceptos Básicos de la Psiquiatría Narrativa y Relación con la Medicina Narrativa La psiquiatría narrativa puede definirse como el estudio y la práctica de la psiquiatría a través de la narrativa , entendiendo que tanto los pacientes como los profesionales construyen significado mediante historias. Se apoya en la premisa de que las personas “dan sentido a sus vidas a través de la narración”  y que, en contextos de enfermedad mental, las narrativas personales resultan cruciales para comprender el sufrimiento y orientar la curación. En otras palabras, la narrativa proporciona un lenguaje para articular la experiencia interna del paciente (sus síntomas, emociones, creencias y vivencias) de un modo que la psiquiatría tradicionalmente biológica no logra captar. A diferencia del modelo biomédico puro que objetiviza la enfermedad mental como desequilibrios o disfunciones cerebrales, la psiquiatría narrativa la concibe en el contexto de una historia de vida : cada diagnóstico psiquiátrico representa un capítulo en la biografía del paciente, interconectado con factores familiares, culturales y existenciales únicos. Este enfoque está estrechamente vinculado con la medicina narrativa en general, compartiendo sus objetivos de mejorar la empatía, la comunicación y la comprensión integral  en la relación clínico-paciente. Al igual que la medicina narrativa, la psiquiatría narrativa enfatiza la importancia de “recuperar la historia clínica como relato” , incorporando aspectos psicosociales y culturales junto con los datos biomédicos. La habilidad central que promueve es la competencia narrativa  del profesional: la capacidad de escuchar activamente las historias que traen los pacientes, reconocer sus elementos clave (tramas, metáforas, giros vitales), situarlas en un contexto y responder de forma reflexiva y humana. De este modo, el psiquiatra narrativo actúa no solo como experto técnico, sino también como un intérprete y co-autor  de la historia del paciente, ayudándole a encontrar sentido y agencia en medio del trastorno. Un concepto fundamental es la “formulación narrativa” , que contrasta con el diagnóstico tradicional. En vez de reducir al paciente a una etiqueta diagnóstica fija (por ej., “trastorno depresivo mayor” ), la formulación narrativa construye junto al paciente un relato personalizado de su problema. Este relato integra los síntomas en una historia coherente que incluye la voz del paciente sobre qué  le sucede, por qué  cree que le sucede y cómo  impacta en su vida. Se reconoce que no existe una única versión “correcta” de los hechos , sino múltiples narrativas posibles acerca de un mismo problema, cuyo valor radica en que sean significativas y útiles para el propio paciente. Así, por ejemplo, un paciente con esquizofrenia puede comprender sus voces internas ya sea mediante la narrativa biomédica de un desequilibrio neuroquímico, la narrativa psicológica de un trauma pasado, o incluso a través de una explicación cultural/espiritual. La psiquiatría narrativa sostiene que todas  estas versiones pueden tener validez y utilidad, siempre que resuenen con la experiencia del paciente y le ayuden a afrontar su sufrimiento , en lugar de imponer dogmáticamente solo la interpretación del profesional. Lejos de oponerse a la psiquiatría científica, este enfoque busca complementarla. Como señala Bradley Lewis, “la psiquiatría narrativa no niega ni reemplaza otros conocimientos en psiquiatría, sino que puede ayudar a entender cómo las personas usan el conocimiento psiquiátrico, entre otros recursos culturales, para dar sentido a sus dificultades psíquicas” . Es decir, reconoce el valor de los modelos biomédicos, psicodinámicos, cognitivos, etc., pero los ve a todos como metáforas o marcos narrativos  que personas y médicos emplean para explicar la enfermedad mental. Desde esta perspectiva, el diagnóstico psiquiátrico en sí mismo es una narrativa , una manera de contar qué le ocurre a alguien (por ejemplo, decir “usted tiene depresión mayor” construye una cierta historia sobre su sufrimiento). La psiquiatría narrativa invita al clínico a ser consciente de esos metarrelatos  profesionales y a adoptar una actitud reflexiva y colaborativa  con el paciente al emplearlos. En la práctica, esto implica que el psiquiatra ofrece su conocimiento (p. ej., un diagnóstico y tratamiento) pero a la vez se esfuerza por comprender la propia explicación y expectativa  que trae el paciente sobre su trastorno, integrando ambas en un plan compartido. La alianza terapéutica  se fortalece al alinear el “modelo del médico”  con el “modelo del paciente” , llegando a una narrativa conjunta de la enfermedad que guíe la intervención. En resumen, los conceptos básicos de la psiquiatría narrativa giran en torno a la humanización y personalización  de la práctica psiquiátrica. Se fundamenta en principios de la medicina narrativa – como la escucha activa, la contextualización de la enfermedad y la respuesta empática – aplicados específicamente al ámbito de la salud mental, donde las historias individuales (de trauma, pérdida, estigma, resiliencia) son particularmente determinantes. A continuación, examinaremos con más detalle la perspectiva epistemológica  de este enfoque (cómo concibe el conocimiento y la verdad en psiquiatría) y luego sus aplicaciones prácticas en la clínica y la formación. Perspectiva Epistemológica: Narrativa vs. Biomédica en Psiquiatría La adopción de la narrativa conlleva un cambio epistemológico profundo en psiquiatría, es decir, en la forma de entender qué es real  y verdadero  acerca de la enfermedad mental. La psiquiatría tradicional, heredera del positivismo científico, ha tendido a concebir los trastornos mentales como entidades nosológicas objetivas , comparables a las enfermedades médicas, y por tanto definibles con criterios universales y medibles con escalas estandarizadas. Este enfoque, consolidado con el DSM y la medicina basada en evidencia, otorga a su discurso un gran valor de “verdad” científica  y promulga un lenguaje clínico supuestamente neutral y universal para describir la patología mental. Desde esa óptica realista, la depresión mayor o la esquizofrenia serían realidades naturales que existen por sí mismas, independientemente del contexto, y el objetivo epistemológico del psiquiatra es detectarlas correctamente  en el paciente, al modo de un diagnóstico de laboratorio. La psiquiatría narrativa, influida por corrientes filosóficas hermenéuticas y constructivistas, desafía en parte esa visión. Propone que la enfermedad mental no puede separarse de las historias y significados  en las que está inserta. En lugar de buscar una verdad única  acerca del trastorno, admite múltiples verdades parciales  o perspectivas narrativas. Cada enfoque teórico (biológico, psicodinámico, cognitivo, cultural) genera un relato distinto sobre la causa y la naturaleza del sufrimiento psíquico; ninguno de ellos agota por completo la complejidad de la experiencia humana. Como señala Ortiz Lobo (2017) desde la postpsiquiatría, “se han desarrollado narrativas excluyentes que pretenden ofrecer una cosmovisión completa del individuo y sus problemas mentales, pero ninguna ha triunfado definitivamente sobre las otras” . Cada una valida sus propios criterios, sin que exista un árbitro absoluto  para decidir entre ellas. En las últimas décadas, ciertamente la narrativa biomédica ha adquirido hegemonía  apoyada en el método científico y la evidencia, pero la psiquiatría narrativa advierte que esa supremacía no se debe a una neutralidad incuestionable, sino también a factores históricos, culturales y de poder (por ejemplo, la influencia de la industria farmacéutica y el prestigio social de la tecnología). Un punto central de esta perspectiva es reconocer que la ciencia misma es una narrativa o metanarrativa  dentro de la psiquiatría. El discurso científico, con su aparente objetividad, filtra la realidad de cierta manera: aísla variables, cuantifica síntomas y busca regularidades, pero en ese proceso “elimina precisamente lo humano de los sujetos, su intencionalidad” . Las personas quedan cosificadas como objetos de estudio, y factores contextuales o valores subjetivos se minimizan para ajustarse al modelo experimental. La psiquiatría narrativa no rechaza la ciencia – de hecho valora la neurobiología y la psicofarmacología como herramientas valiosas – pero insiste en que el método científico no es neutral ni infalible  en este campo. Los profesionales que producen la ciencia tienen sesgos, intereses y puntos ciegos; las definiciones diagnósticas cambian con el tiempo; y muchos aspectos del sufrimiento psíquico (como la desesperanza, la culpa, la identidad fracturada) no se capturan adecuadamente en un análisis puramente cuantitativo. En palabras de Ortiz Lobo, la ciencia positivista aplicada rígidamente a la psiquiatría “funciona como una metanarrativa hermenéutica circular”  que se autojustifica, y ha tendido a ignorar dimensiones cruciales como la pobreza, la discriminación, el trauma social o el significado personal del dolor. Frente a ello, la psiquiatría narrativa propone una epistemología pluralista y dialogante . No busca “una verdad sustantiva”  única, sino relatos útiles y humanamente significativos . La validez de una formulación clínica se mide no solo por su exactitud técnica, sino por su capacidad para ayudar al paciente a comprenderse y sobrellevar su situación. Este criterio pragmático recuerda a la filosofía de William James: verdadero es aquello que resulta beneficioso en la experiencia. Así, si para un paciente determinado interpretar sus síntomas bajo la narrativa de una “crisis espiritual”  resulta más sanador que encuadrarlos como “desequilibrio neuroquímico” , la psiquiatría narrativa estaría dispuesta a acompañar ese marco, siempre que no vulnere la seguridad del paciente. Esto conlleva flexibilidad clínica  y humildad por parte del profesional, quien debe ceder el monopolio de la interpretación y permitir que la voz del paciente tenga un peso equivalente en la construcción de la verdad terapéutica. Bakhtin, teórico dialogista citado en este contexto, distingue entre tratar al paciente como un personaje  (fijo, definido solo por el profesional) versus como una persona  (abierta, indeterminada, co-constructora de significado). La perspectiva narrativa opta decididamente por lo segundo: ver al paciente como sujeto activo de su historia, no solo como objeto pasivo de diagnóstico. En suma, en la epistemología de la psiquiatría narrativa coexisten múltiples miradas . Todas las teorías – desde el psicoanálisis hasta la genética – son entendidas como historias posibles  sobre la mente. Lejos de promover el relativismo absoluto, se trata de emplearlas de forma consciente y colaborativa: “un giro narrativo no significa abandonar el modelo biológico ni ningún otro, sino usarlos de manera autorreflexiva en diálogo con el paciente y al servicio de la recuperación” . El criterio último es la mejoría del paciente en sus propios términos. Esta postura epistemológica implica también un enfoque ético: la lealtad del psiquiatra debe ser hacia el paciente y su proceso de recuperación, más que hacia un modelo teórico determinado . A continuación, pasaremos de lo teórico a lo práctico, explorando cómo estos principios se traducen en aplicaciones clínicas y terapéuticas  concretas. Aplicaciones Clínicas y Terapéuticas de la Narrativa en Psiquiatría En la práctica clínica, la psiquiatría narrativa se manifiesta en diversas estrategias terapéuticas  centradas en la construcción y reconstrucción de relatos por parte del paciente, con la guía del terapeuta. Una de las aplicaciones más directas es la adopción de técnicas provenientes de la terapia narrativa  dentro del quehacer psiquiátrico. Por ejemplo, un psiquiatra formado en este enfoque puede utilizar la técnica de externalización  de White y Epston: ayudar al paciente a separar su identidad del problema que lo aqueja, dándole un nombre o entidad externa. Imaginemos un caso de depresión: en terapia narrativa, al episodio depresivo podría metafóricamente llamársele “la Niebla” que invade la vida del paciente. El paciente es animado a narrar cómo “la Niebla”  afecta sus días y decisiones, y conjuntamente se elaboran formas de responder a esa Niebla (en lugar de decir “soy un depresivo”, dice “estoy combatiendo a la Niebla”). Esta reformulación lingüística empodera al paciente , disminuye la autoidentificación con la patología y abre posibilidades de cambio. Clínicamente, muchos pacientes reportan que este tipo de intervenciones narrativas les permite ver sus problemas con nueva perspectiva y recuperar un sentido de control sobre sus vidas. Otra aplicación importante es en el tratamiento de experiencias psicóticas  o trauma severo. Tradicionalmente, la psiquiatría ha centrado el manejo de la psicosis en medicación antipsicótica para eliminar síntomas como delirios o alucinaciones. Si bien la medicación suele ser necesaria, la psiquiatría narrativa agrega un segundo nivel: ayudar al paciente a integrar esas experiencias inusuales en su narrativa personal  de modo menos destructivo. Por ejemplo, un paciente esquizofrénico con voces acusatorias puede ser alentado, una vez estabilizado, a contar la historia de su psicosis: ¿qué representaban esas voces en su contexto de vida? ¿cómo encajan en su historia personal de sufrimientos o miedos? Al narrar su experiencia, el paciente a menudo encuentra significados (las voces quizá simbolizaban su sentimiento de culpa, o la figura de un padre crítico interiorizado) que le permiten resignificar lo vivido en lugar de verlo solo como “síntomas sin sentido”. Este proceso narrativo puede darse en terapias individuales, pero también en grupos de recuperación  donde ex-pacientes comparten sus relatos de enfermedad y recuperación. De hecho, en el movimiento de Recovery  en salud mental, las narrativas de recuperación  ocupan un lugar central: contar y escuchar historias de superación de la enfermedad mental refuerza la esperanza y el sentido de identidad más allá del rol de “enfermo mental”. Un estudio cualitativo en personas con esquizofrenia encontró que las narrativas personales son un “componente integral del proceso de recuperación” , actuando como eje para reconstruir el sentido de sí mismo  y la pertenencia al mundo tras la experiencia psicótica. En la práctica, esto puede traducirse en talleres de escritura autobiográfica, uso terapéutico del journaling  (diarios personales) o incluso intervenciones creativas (arte, teatro) donde los pacientes reelaboran su historia de vida incorporando la enfermedad como una capítulo más, y no como una sentencia definitiva. La narrativa también se aplica en contextos de psicoterapia más tradicionales  (psicodinámica, cognitivo-conductual, etc.), complementándolas. Por ejemplo, en la terapia cognitivo-conductual (TCC) moderna se ha incorporado el enfoque narrativo al trabajar con “historias dominantes”  que perpetúan emociones negativas. Un paciente con trastorno de estrés postraumático puede tener una narrativa interna de indefensión (“ soy una víctima que nunca podrá estar segura ”). Un terapeuta con sensibilidad narrativa, además de las técnicas de reestructuración cognitiva, le ayudará a recontar  la historia del trauma enfatizando sus actos de resiliencia o supervivencia, transformando el relato de víctima pasiva a superviviente activo . De igual forma, en terapias familiares, la comprensión de la “narrativa familiar”  (los mitos, secretos y significados compartidos) se ha vuelto esencial para abordar problemas sistémicos: la psiquiatría narrativa anima a explorar cómo la familia cuenta la “historia” de la enfermedad del miembro afectado (¿lo ven como un “débil de carácter”, como “el loco de la familia”, como “la víctima de la sociedad”?) y a reencuadrarla de manera más constructiva. En el ámbito de las intervenciones comunitarias y psicosociales , la narrativa ha demostrado ser una herramienta poderosa. Programas de rehabilitación psicosocial  incorporan actividades narrativas como la biblioterapia  (lectura de novelas o poesía relacionada con la experiencia del paciente), cine-foros donde se discuten películas con temática de salud mental, o grupos de storytelling  donde pacientes cuentan anécdotas de su vida. Estas actividades tienen múltiples beneficios terapéuticos: fomentan la autoexpresión , validan las experiencias subjetivas, reducen el estigma (al escuchar historias de otros se normaliza la vivencia) y fortalecen la identidad positiva del paciente más allá del diagnóstico. Por ejemplo, se ha descrito la aplicación de viñetas cinematográficas en la docencia de salud mental para ilustrar narrativas del trastorno mental y humanizar la visión de los futuros profesionales. De igual modo, organizaciones de usuarios y peer support  (apoyo entre iguales) suelen basarse en el intercambio de historias de vida para facilitar la empatía y la construcción de significado en grupo. Cabe destacar que la psiquiatría narrativa no excluye el uso de medicamentos u otras terapias somáticas . Más bien, las contextualiza dentro de un marco narrativo más amplio. Un ejemplo práctico es el siguiente: ante un paciente con trastorno bipolar que debe tomar estabilizadores del ánimo, el psiquiatra narrativo explora cuál es la narrativa del paciente respecto al fármaco. ¿Lo vive como “una muleta necesaria para caminar” o como “una camisa de fuerza química que me quita creatividad”? Según la historia que el paciente se cuente sobre la medicación, variará su adherencia y su vivencia del tratamiento. El clínico puede intervenir re-narrando el papel del medicamento (por ejemplo, como “un aliado que le permite tomar el control para que usted  escriba su vida, en vez de que el trastorno la escriba por usted”). Así, incluso en la prescripción de fármacos, la dimensión narrativa importa. Como señala Lewis, incorporar la narrativa “no significa negar las virtudes de los remedios farmacológicos” , sino sumar “los inmensos beneficios de ayudar a los pacientes a construir relatos sobre sus vidas” , combinando ambas cosas en la práctica. En síntesis, las aplicaciones clínicas de la psiquiatría narrativa son variadas pero comparten un hilo conductor: utilizar la historia personal  como vehículo terapéutico. Sea mediante la conversación clínica, la escritura, la lectura o expresiones artísticas, el objetivo es que el paciente pueda narrar, entender y revisar  su propia historia de enfermedad, de modo tal que recupere un sentido de continuidad y esperanza. Los resultados reportados incluyen mejoras en la insight  (comprensión de su situación), mayor colaboración con el tratamiento, reducción del autoestigma y, sobre todo, el aumento de la sensación de sentido y propósito  en la vida del paciente pese a sus síntomas. En la siguiente sección, veremos cómo este enfoque también ha permeado la formación y educación de nuevos psiquiatras y profesionales de salud mental , transformando la manera en que se enseña la psiquiatría. Formación y Educación Médica Centrada en la Narrativa Un aspecto clave para la consolidación de la psiquiatría narrativa es la educación de los profesionales  en competencias narrativas. Tradicionalmente, la formación médica (y psiquiátrica) ha privilegiado la enseñanza de conocimientos biomédicos y habilidades técnicas, dejando de lado la dimensión humanística. Sin embargo, en años recientes se ha reconocido que para ser un buen psiquiatra no basta con dominar la neurociencia; es igualmente crucial saber escuchar, comunicarse con empatía y reflexionar sobre la propia práctica. Por ello, varias facultades y programas de residencia han incorporado la medicina narrativa como parte del currículo . Un ejemplo es la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), que en 2023 anunció el diseño de una asignatura transversal llamada “Narrativa como herramienta docente” para sus estudiantes de Medicina. Los impulsores de esta iniciativa señalan que en un mundo sanitario tecnificado y orientado al rendimiento, es fácil olvidar “el alma del porqué y para qué estamos en esta profesión” . Formar en narrativa busca justamente que los futuros médicos desarrollen la capacidad de reflexión  y escucha empática , evitando que se conviertan en técnicos brillantes pero incapaces de conectar con la humanidad del paciente. La narrativa se presenta como un antídoto contra el burnout  y la deshumanización: enseñar a los alumnos a apreciar las historias de los pacientes y también a expresar las suyas propias puede ayudarles a encontrar sentido y satisfacción en su trabajo, previniendo el desgaste profesional. Una revisión sistemática publicada en BMJ Open  en 2020 (Remein et al.) sobre programas de medicina narrativa en la educación de ciencias de la salud, concluyó que efectivamente estas intervenciones mejoran la comunicación y la empatía de los participantes, fomentan la reflexión sobre la identidad profesional y ayudan a detectar y mitigar el agotamiento profesional (burnout) en los clínicos jóvenes. En otras palabras, existe ya evidencia de que enseñar narrativa  produce beneficios concretos en la formación médica. En el ámbito específico de la residencia en psiquiatría , algunas iniciativas formativas se han centrado en la narrativa. Por ejemplo, en Montefiore Medical Center (Nueva York), dentro del programa de residentes de Medicina Familiar (y extensivo a residentes de Psiquiatría) se realizan sesiones periódicas de Narrative Medicine  donde los residentes escriben y comparten historias sobre sus experiencias clínicas difíciles. Se les anima a relatar casos que les impactaron emocionalmente – la muerte de un paciente, un error cometido, un dilema ético – y posteriormente discuten en grupo esos textos. Este ejercicio de escritura reflexiva  cumple varios propósitos: les permite procesar el estrés y las pérdidas inherentes al trabajo clínico, les ayuda a “mantener el contacto consigo mismos”  (es decir, a no volverse insensibles o cínicos ante el sufrimiento) y mejora sus habilidades para narrar y escuchar. Muchos residentes reportan que a través de estas sesiones desarrollan una mayor comprensión de sus propias reacciones emocionales y aprenden a empatizar mejor  con los pacientes, al reconocerse también vulnerables y humanos. Otra faceta de la formación narrativa es el uso de la literatura y las artes  en la enseñanza. Se ha vuelto relativamente común en algunas facultades la asignación de novelas, cuentos o películas relacionadas con enfermedades mentales para debate en clase. Por ejemplo, la lectura de “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”  de Oliver Sacks, o de memorias de pacientes psiquiátricos (como “El centro no puede sostenerse”  de Elyn Saks, sobre la vivencia de la esquizofrenia), brinda a los estudiantes una ventana privilegiada a la experiencia en primera persona de la enfermedad mental. Discutir estas narrativas literarias en un seminario permite analizar aspectos como la perspectiva del paciente, el estigma, la relación médico-paciente, etc., complementando la enseñanza teórica. Del mismo modo, la escritura narrativa por parte de los propios alumnos – por ejemplo, redactar la historia clínica  de un paciente enfatizando no solo síntomas sino su biografía y contexto – es una herramienta pedagógica valiosa. Ejercicios de este tipo han demostrado mejorar la capacidad de interpretar y organizar la información clínica en forma de historia coherente  más que como lista de problemas, lo cual redunda en mejores habilidades diagnósticas y de entrevista. La educación narrativa  también implica un componente de ética y profesionalismo . En la medida en que los estudiantes reflexionan sobre las historias individuales, se enfrentan a dilemas y matices que no aparecen en los protocolos estándar. Esto promueve un pensamiento crítico sobre la aplicación rígida de normas. De hecho, ha surgido el concepto de ética narrativa  en psiquiatría, que complementa la ética principialista tradicional. La ética narrativa enseña a abordar las decisiones clínicas no solo con reglas universales, sino atendiendo a la historia particular  de cada paciente – sus valores, sus relaciones, su cultura – para encontrar la solución más humana en cada caso. Formar a los psiquiatras en esta sensibilidad ética narrativa significa inculcarles que detrás de cada diagnóstico hay una persona con una trayectoria única, y que las decisiones (por ejemplo, hospitalizar o no a un paciente involuntariamente) deben considerar esa singularidad más allá de lo que dicten los manuales. Finalmente, es importante mencionar que la promoción de la narrativa en la formación no es incompatible con la enseñanza científica, sino complementaria. El mensaje que se transmite a los nuevos psiquiatras es: deben ser igualmente competentes en leer un electroencefalograma que en “leer” la historia que un paciente les cuenta . Ambos tipos de lectura – la biomédica y la narrativa – aportan información valiosa. Un profesional completo sabrá integrar la evidencia científica  con la evidencia narrativa  (el testimonio vital del paciente) para tomar mejores decisiones. En palabras de un docente de medicina narrativa, se busca formar médicos que puedan “saber qué hacer con las historias que los pacientes cuentan” , y no solo con sus análisis clínicos. En resumen, la narrativa se ha ido incorporando en la educación psiquiátrica a través de cursos, talleres y prácticas reflexivas que persiguen formar clínicos más humanos, empáticos y autorreflexivos. Los beneficios reportados incluyen mejoras en la comunicación médico-paciente, reducción de actitudes despersonalizadoras, mayor capacidad de soportar la incertidumbre clínica y un reforzamiento del sentido vocacional del psiquiatra como acompañante en el sufrimiento humano. Críticas y Desafíos de la Psiquiatría Narrativa Aunque la psiquiatría narrativa ofrece una propuesta atractiva y humanizadora, no está exenta de críticas y desafíos , tanto teóricos como prácticos, señalados desde otras corrientes e incluso desde dentro de las humanidades médicas. A continuación, se abordan algunos de los cuestionamientos principales: 1. Universalidad de la Narrativa:  Filósofos como Galen Strawson  han cuestionado la idea de que todos los seres humanos naturalmente  se cuentan sus vidas como una narrativa coherente. En su influyente ensayo “Against Narrativity”  (2004), Strawson argumenta que existen personas “episódicas”  que no perciben su vida como un relato continuo ni sienten necesidad de hacerlo. Para ellos, insistir en narrativizar podría ser artificial o incluso perjudicial. Esta crítica alerta contra una posible visión totalizante de la medicina narrativa: no todas las experiencias se pueden o deben forzar a encajar en una historia con inicio, nudo y desenlace . Por ejemplo, ciertas vivencias de psicosis extrema o de trauma fragmentario pueden resistirse a una narración lineal; pretender imponerles coherencia narrativa quizá distorsione su realidad en lugar de ayudar. En la misma línea, la académica Angela Woods  ha señalado los límites de la narrativa , cuestionando si la competencia narrativa da realmente un acceso privilegiado a la perspectiva del paciente en primera persona como a veces se supone. Woods sugiere que en el entusiasmo por la narratividad se puede subestimar la opacidad y el carácter inexpresable  de parte del sufrimiento psíquico. Dicho de otro modo, no todo puede ser narrado o captado en palabras , y el riesgo es creer que escuchar una historia equivale a comprender completamente al paciente, lo cual sería una simplificación. 2. Evidencia de eficacia y rigor científico:  Algunos críticos, en particular desde corrientes más biomédicas, cuestionan la falta de evidencia cuantitativa sólida de que la psiquiatría narrativa mejore los outcomes  clínicos de manera significativa. Si bien hay estudios que demuestran mejoras en comunicación y empatía, es difícil demostrar reducciones objetivas en tasas de recaídas, días de hospitalización o síntomas usando intervenciones narrativas. Se argumenta que muchas afirmaciones de la medicina narrativa se basan en testimonios o estudios cualitativos, pero carecen de ensayos controlados o datos duros  que convenzan a la comunidad científica. Por ejemplo, se señala que no hay pruebas concluyentes de que un paciente esquizofrénico vaya a tener mejor evolución clínica solo por participar en terapias narrativas, más allá de la satisfacción subjetiva. Los defensores responden que las métricas tradicionales quizás no capturan los beneficios (¿cómo se mide objetivamente la “ganancia de sentido” o la “dignidad restaurada”?), pero la crítica de fondo persiste: la psiquiatría narrativa debe seguir investigando rigurosamente  su impacto para no quedar relegada a una moda sin base. Esta tensión con el paradigma de la evidencia es un desafío, pues para ganar terreno institucional la narrativa debe dialogar en términos que la psiquiatría académica reconozca. 3. Integración con el modelo biomédico y riesgo de trivialización:  Desde sectores más conservadores se teme que poner excesivo énfasis en las historias pueda restarle importancia a aspectos biológicos cruciales del tratamiento. Por ejemplo, un psiquiatra podría, en el afán de ser comprensivo, demorar o infrautilizar un antipsicótico necesario mientras explora la narrativa del paciente, con riesgo para este. Los críticos advierten contra caer en un falso dilema : no se debe romantizar la narrativa al punto de ignorar que trastornos mentales graves tienen componentes neurobiológicos que requieren intervenciones concretas. La postpsiquiatría ha sido acusada de minimizar la faceta médica de la psiquiatría, y aunque la psiquiatría narrativa insiste en no abandonar la biología, el equilibrio no es siempre fácil. Existe el desafío práctico de integrar eficazmente  ambos enfoques en contextos reales: cómo asegurar que en una unidad hospitalaria aguda, por ejemplo, haya tiempo para largas conversaciones narrativas sin comprometer la estabilidad clínica inmediata del paciente. Algunos profesionales señalan que la narrativa funciona mejor en conjunción con la farmacoterapia, no en sustitución, y que saber cuándo priorizar una intervención sobre la otra requiere criterio y experiencia. 4. Demandas de tiempo y sistema:  En la realidad asistencial, muchos psiquiatras manejan altas cargas de pacientes con poco tiempo por consulta (a veces apenas 15-20 minutos en seguimiento). Implementar un enfoque narrativo – que demanda tiempo para escuchar y co-construir historias  – choca con las limitaciones estructurales de los sistemas sanitarios. Esta es una crítica pragmática: la medicina narrativa puede parecer un ideal poco realista en entornos de atención masificada. Además, a diferencia de un protocolo farmacológico estandarizado, trabajar con narrativas es altamente individualizado, lo que dificulta su aplicación a gran escala de manera uniforme. Los defensores argumentan que incluso en consultas breves se pueden aplicar microhabilidades narrativas (por ejemplo, preguntando al paciente “¿qué es lo que más le preocupa de su situación?” en lugar de solo “¿cuáles son sus síntomas?”) para obtener narrativas significativas. No obstante, la falta de recursos y tiempo  sigue siendo un escollo real para difundir ampliamente este modelo. Requeriría cambios en las políticas de salud (p. ej., valorar la calidad narrativa de la atención en los indicadores de desempeño, o proveer más tiempo por paciente en salud mental) que no siempre son fáciles de lograr. 5. Formación insuficiente y resistencia cultural:  Aunque hemos descrito avances en la inclusión de la narrativa en la formación, todavía muchos profesionales en ejercicio no han recibido entrenamiento en estas competencias. Puede haber resistencia cultural  en algunos psiquiatras formados en la tradición biomédica a adoptar lo que perciben como “demasiado subjetivo” o “poco científico”. Algunos podrían ver la psiquiatría narrativa con escepticismo, considerándola una suerte de “literatura” ajena a la medicina real, o confundiéndola con enfoques ya existentes (por ejemplo, “¿acaso esto no es lo mismo que la psicoterapia de siempre?”). Vencer estos prejuicios implica demostrar que la narrativa añade valor y no es una moda pasajera. Asimismo, dentro de la propia psiquiatría narrativa hay reflexiones en curso para definir sus límites : por ejemplo, cómo documentar narrativamente en la historia clínica sin perder información relevante, cómo manejar situaciones donde la narrativa del paciente colisiona con la necesidad de intervención (v.g., un paciente maníaco cuyo relato grandioso podría justificar, según él, no recibir tratamiento). Encontrar respuestas a estas situaciones críticas es parte del desarrollo del campo. 6. Posible sesgo cultural y de género:  Otra crítica que se ha formulado es que la preferencia por la narración puede tener sesgos culturales. En sociedades occidentales letradas se valora contar y analizar historias de vida, pero en otras culturas la expresión narrativa puede tomar formas distintas (mitos colectivos, rituales, silencios significativos). Incluso dentro de una cultura, hay individuos más verbales y otros menos. Insistir en la narrativa tradicional podría inadvertidamente privilegiar a quienes se expresan bien con palabras y dejar de lado otras formas de comunicación. Autores feministas también han señalado que el modelo narrativo debe cuidar de no imponer estructuras patriarcales  de relato; es decir, permitir narrativas no lineales  o alternativas, como las que a veces usan grupos marginados, sin descartarlas como “malas narrativas”. La psiquiatría narrativa, al ser todavía joven, debe nutrirse de la antropología y otras disciplinas para asegurarse de incluir la diversidad de voces  y no crear un nuevo canon normativo de “la buena historia” que todos deban encajar. En conclusión, las críticas a la psiquiatría narrativa nos recuerdan que este enfoque, por muy prometedor que sea, debe mantener un sano equilibrio y autocrítica. Es esencial evitar caer en extremos : ni desechar la objetividad científica en nombre de las historias, ni aferrarse a la ciencia dura ignorando las voces humanas. La narrativa debe verse como un complemento integrador, no como la nueva panacea exclusiva. Abordar las preocupaciones sobre evidencia implica seguir investigando con rigor cómo las intervenciones narrativas impactan la evolución clínica. Atender las objeciones filosóficas significa refinar nuestras teorías sobre la identidad narrativa, aceptando que no todos querrán o podrán narrar del mismo modo su vida. Y resolver los desafíos prácticos requerirá abogar por modelos asistenciales más humanizados que den espacio a la escucha, además de capacitar a los profesionales para usar eficientemente las herramientas narrativas incluso en entornos complejos. Conclusiones La psiquiatría narrativa representa un retorno a las raíces humanísticas  de la salud mental, al revalorar la historia personal del paciente como núcleo del diagnóstico, el tratamiento y la relación terapéutica. A través de este ensayo hemos explorado su origen histórico – forjado al calor de la medicina narrativa, la terapia narrativa y los movimientos de reforma psiquiátrica – y sus conceptos esenciales que realzan la importancia del relato frente a la mera lista de síntomas. Hemos visto cómo ofrece una perspectiva epistemológica plural : considera múltiples modelos (biológico, psicológico, social, cultural) no como verdades excluyentes en competencia, sino como distintos relatos que pueden ayudar a comprender la complejidad de la mente humana. En la práctica clínica, la narrativa abre caminos terapéuticos creativos, desde resignificar un delirio hasta reconstruir la identidad tras una depresión severa, complementando las intervenciones tradicionales con el poder sanador de la palabra y el significado compartido. En la formación de nuevos psiquiatras, incorpora las artes y la reflexión como antídotos contra la deshumanización, formando profesionales más empáticos y resistentes al burnout. No obstante, también reconocemos que la psiquiatría narrativa no es una solución mágica ni carece de dificultades. Debe enfrentarse a críticas legítimas: demostrar su eficacia con evidencia, delimitar su aplicabilidad sin forzar narrativas donde no las hay, e integrarse de manera equilibrada con la biomedicina para no perder los avances objetivos logrados en el campo de la psiquiatría. En última instancia, la fortaleza de este enfoque radica en que no pretende abolir nada de lo previo , sino añadir  una capa de profundidad a la comprensión del paciente. Como expresó un autor, “este giro narrativo no significa abandonar nuestros modelos, sino recordar que nuestra lealtad es al paciente, no al modelo”. La psiquiatría narrativa nos invita a ser clínicos-científicos sin dejar de ser historiadores  de la vida de nuestros pacientes. Para los psiquiatras clínicos e investigadores, abrazar la narrativa implica un doble compromiso: por un lado, seguir perfeccionando nuestras habilidades narrativas – escuchar mejor, escribir mejor las historias clínicas, reflexionar sobre los dilemas éticos con cada persona – y por otro, contribuir al desarrollo académico del campo, investigando sistemáticamente el impacto de las historias en la salud mental. En la intersección de la neurociencia con la literatura, de la estadística con la biografía, la psiquiatría narrativa encontrará su madurez, siempre con la mira en el objetivo final: aliviar el sufrimiento  de quienes nos consultan, devolviéndoles la voz y el protagonismo en sus propias historias de recuperación. Referencias Blanco Ramos, M. T., & Blanco Alfonso, A. (2023). Medicina narrativa: la narrativa como herramienta docente . Universidad Autónoma de Madrid. Charon, R. (2001). Narrative medicine: a model for empathy, reflection, profession, and trust.   JAMA, 286 (15), 1897-1902. Dahl, C. M., de Souza, F. M., Lovisi, G. M., Susser, E., & Cavalcanti, M. T. (2018). Narrativas corporizadas de superación: ¿un camino para la recuperación?  Vertex Revista Argentina de Psiquiatría, 28(136), 450–455. Hamkins, S. (2013). The Art of Narrative Psychiatry: Stories of Strength and Meaning . Oxford University Press. Lewis, B. (2011). Narrative and psychiatry.   Current Opinion in Psychiatry, 24 (6), 489–494. Ortiz Lobo, A. (2017). Relación terapéutica y tratamientos en postpsiquiatría.   Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 37 (132), 553–573. Remein, C. D., Childs, E., Pasco, J. C., et al. (2020). Content and outcomes of narrative medicine programmes: a systematic review of the literature through 2019.   BMJ Open, 10 (e031568). Strawson, G. (2004). Against narrativity.   Ratio, 17 (4), 428–452. Woods, A. (2011). 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  • Enfoques filosóficos sobre el delirio (2 de 3)

    Grok El delirio no es solo un tema clínico, sino también un enigma filosófico: desafía nuestros conceptos de realidad, razón y experiencia. Varias corrientes filosóficas han abordado el delirio para iluminar su naturaleza: 1. Fenomenología psiquiátrica (Karl Jaspers y seguidores):  Como se mencionó, Karl Jaspers  inauguró una aproximación fenomenológica al delirio. En lugar de reducirlo a un mero síntoma orgánico, Jaspers propuso describir el fenómeno tal como se vive subjetivamente . Identificó al delirio verdadero como “fenómeno primario”  inexplicable en términos psicológicos ordinarios – una suerte de salto cualitativo  en la vivencia de realidad. Resaltó el temple delirante  (Wahnstimmung) como ese momento pre-delirante de sentimiento difuso de significado diferente : el paciente experimenta que el mundo adquiere un aire extraño, con significaciones ocultas, a menudo acompañado de ansiedad o temor misterioso. Sobre esa base emocional-cognitiva novedosa se asientan luego los juicios delirantes  explícitos, que Jaspers definió por su convicción, incorregibilidad e imposibilidad lógica. La fenomenología jaspersiana insiste en que debemos suspender nuestros prejuicios explicativos  (epojé) y atender a “lo que realmente aparece en la conciencia del enfermo”. Este enfoque abrió la puerta a comprender el delirio desde adentro , valorizando descripciones en primera persona. Así, por ejemplo, una persona con delirio de referencia  no simplemente “comete un error” al pensar que la televisión le envía mensajes, sino que vive una transformación radical: de pronto todo  lo que oye o ve parece tener un significado especial dirigido a ella. Fenomenológicamente, es como si la trama misma de la realidad cotidiana se retejiera con nuevos hilos significativos. Autores posteriores ampliaron esta aproximación: Kurt Schneider  incluyó los delirios entre los “síntomas de primer rango” de la esquizofrenia cuando implican pasividad o influencias (e.g. delirios de control), subrayando su carácter de experiencia vivida de pérdida de la autonomía del yo . Otros, como Klaus Conrad , analizaron los estadios del proceso delirante  (Conrad describió en 1958 etapas como trema  –fase de presentimiento confuso–, apofanía  –iluminación delirante súbita donde se revela  un significado oculto–, etc., en la génesis del delirio esquizofrénico). La fenomenología categorial  exploró cómo categorías fundamentales de la experiencia –tiempo, espacio, causalidad, corporalidad– se alteran en los estados delirantes. Por ejemplo, en esquizofrenia delirante puede cambiar la vivencia del tiempo (sensación de eternidad o detención del tiempo), del espacio (entorno extraño, despersonalizado) o del propio cuerpo. De hecho, algunos fenomenólogos vieron el delirio como una forma de reorganización patológica del mundo vivido : la conciencia delirante constituye un mundo  alternativo con su propia lógica interna. Este análisis se nutrió de la filosofía de Husserl y Heidegger: Ludwig Binswanger, pionero de la Daseinsanalyse  (análisis existencial), interpretó los delirios no solo como síntomas sino como manifestaciones de un modo de ser-en-el-mundo  alterado. Inspirado por Heidegger, Binswanger estudió casos clínicos (como el de Ilse, con delirios de amor cósmico) mostrando que el delirio expresaba una forma distinta de posibilitar un mundo  por parte del sujeto. En esta línea, se habla del delirio como “posibilidad humana”  llevada al extremo – una forma trágica de constituir sentido cuando las vías normales fracasan. Otra figura, Eugène Minkowski , influido por Bergson, postuló que en la esquizofrenia hay una pérdida del contacto vital con la realidad  y una ausencia de “impulso hacia el futuro”, lo que deja al paciente en un presente estancado donde surgen ideas delirantes para llenar ese vacío temporal/vital. En suma, el enfoque fenomenológico-existencial ve el delirio no como un contenido descabellado sin más, sino como una experiencia global  con estructura propia, inseparable de la vivencia del yo y del mundo del paciente. 2. Enfoques existencialistas y hermenéuticos:  Filósofos existencialistas y psicólogos humanistas han interpretado los delirios en relación con la búsqueda de significado y la experiencia de la otredad . Por ejemplo, R.D. Laing  (1927-1989), psiquiatra existencial británico, sugirió que las psicosis pueden ser intentos del individuo de comunicar o de sobrevivir en medio de situaciones vitales incoherentes . En El yo dividido  (1960), Laing propone que algunos delirios esquizofrénicos, lejos de ser “irracionalidades sin sentido”, son expresiones simbólicas  de un serio conflicto existencial o familiar; la sociedad etiqueta de “locas” a esas expresiones porque no las comprende. Para Laing, entrar en el mundo delirante del paciente –escuchar su “historia”– revelaba que el delirio podía ser una respuesta a un contexto  (por ejemplo, alguien que siente que el mundo es impostado –delirio de Capgras, creer que familiares son dobles falsos– quizá esté metafóricamente expresando una vivencia de pérdida de autenticidad en sus relaciones). De modo semejante, Viktor Frankl (existencialista austriaco) mencionó que en ausencia de significado vital, las personas pueden refugiarse en “mundos ficticios” auto-creados (lo cual se podría ver reflejado en ciertos delirios encapsulados). En la filosofía española, María Zambrano  (1904-1991) ofrece una perspectiva fascinante: en El hombre y lo divino  (1955) reflexiona que la relación primigenia del ser humano con lo sagrado no ocurre mediante la razón, sino mediante el delirio . Para Zambrano, el delirio  (entendido como esa imaginación desbordada, visionaria) es una forma de inteligencia poética  capaz de alcanzar verdades veladas. Plantea que “el delirio es una manera de conocer el mundo” , una vía de la mente que rebasa los límites de lo racionalmente estructurable. En su análisis del Quijote (que discutiremos en la sección siguiente), Zambrano ve al hidalgo como portador de una “inteligencia delirante” creativa, distinta pero válida en su ámbito. Esta reivindicación existencial del delirio sugiere que, al romper las amarras de la lógica ordinaria, el sujeto delirante se abre a significados que la cordura común quizás ignora (lo divino, lo absoluto, lo metafórico de la realidad). Por otro lado, filósofos hermenéuticos (Paul Ricœur, Hans-Georg Gadamer) han insistido en la importancia de interpretar  el contenido del delirio como texto de la subjetividad: así como un sueño o una obra de arte, el delirio podría ser “leído” para entrever verdades sobre la persona o sobre la condición humana. No lo consideran revelación mística como Zambrano, sino símbolo  que requiere traducción (por ejemplo, un delirio mesiánico podría interpretarse como una respuesta a la desesperanza mediante la asunción imaginaria de un rol heroico). Desde luego, estas lecturas simbólicas son controversiales en psiquiatría, ya que un riesgo es caer en el sobre-interpretacionismo  (atribuir significado coherente donde quizá hay procesos cerebrales desorganizados). No obstante, enriquecen la discusión sobre si el delirio es puro caos o tiene una lógica interna  aprehensible. 3. Epistemología y filosofía de la mente:  En tiempos recientes, el problema del delirio ha captado el interés de epistemólogos y filósofos cognitivos. Un delirio plantea preguntas como: ¿Qué diferencia una creencia delirante de una creencia errónea “normal”? ¿Dónde trazamos la línea entre convicción subjetiva válida y patología? Algunos filósofos (ej. Lisa Bortolotti, 2010) argumentan que los delirios pueden entenderse como creencias extremas pero en continuidad con el pensamiento humano : serían creencias que fallan en criterios epistemológicos (no están justificadas, son inflexibles, van contra la evidencia), pero comparten mecanismos con creencias no delirantes (sesgos de confirmación, necesidad de coherencia interna). Desde esta óptica, un delirio es interesante porque es una creencia “desenmascarada” en su irracionalidad , que nos muestra en qué condiciones la mente se aferra a ideas insostenibles. Hay debates sobre si los delirios son ”beliefs”  propiamente dichas o algún otro estado (quizá imaginaciones mal etiquetadas, o errores metacognitivos). También se discute la racionalidad del delirante: ¿es totalmente irracional o está tratando de dar sentido a lo anómalo  de la mejor manera que puede? De hecho, modelos cognitivos (como veremos en la próxima sección) sugieren que la persona delirante a veces razona lógicamente  a partir de premisas incorrectas (por ejemplo, si estoy convencido  de que un chip alienígena fue implantado en mi cabeza, entonces es lógico que cualquier dolor de cabeza lo atribuya a ese chip). Así, la lógica interna  puede ser coherente aun si la premisa inicial es delirante. Este punto resonó con Jaspers, quien ya había notado que muchos delirios muestran una estructura racional en lo particular , encajando hechos dentro de la teoría delirante (por eso algunos paranoicos tienen sistemas elaborados, casi “filosóficos”, de explicación del mundo). Los filósofos de la mente también utilizan los delirios para cuestionar teorías de la percepción y la creencia: el clásico “argumento de la alucinación” en filosofía (podemos percibir cosas que no están allí) se complementa con el “argumento del delirio” – podemos creer cosas rotundamente falsas  sin darnos cuenta, entonces ¿cómo distinguimos verdad de falsedad?, ¿qué nos asegura que nuestro propio marco de realidad no es un gran delirio compartido? Este tipo de reflexiones enlaza con problemas escépticos (el cerebro en una cuba, la Matrix , etc.). Por supuesto, la mayoría de filósofos concluyen que las creencias delirantes se diferencian porque implican una desconexión con consensos intersubjetivos y con la receptividad a evidencias, pero el continuo  con formas leves de creencias infundadas (teorías conspirativas, creencias sobrenaturales) siempre genera discusión sobre la difusa frontera entre lo “normal” y lo “patológico” en el creer. 4. Visiones éticas y antropológicas:  Finalmente, cabe mencionar corrientes como la antipsiquiatría (Thomas Szasz) que criticaron la noción misma de “delirio” como un rótulo medicalizador de disidencias culturales. Szasz (1961) argumentaba que etiquetar la creencia de alguien como delirio es a veces una forma de invalidar su punto de vista cuando se aparta de las normas sociales, y cuestionaba si existe un criterio objetivo de verdad mental . Sin llegar a extremos, antropólogos culturales han documentado que creencias que en una cultura serían consideradas delirantes (p. ej. comunicarse con espíritus) pueden ser plenamente aceptadas e incluso funcionales en otra. Esto resalta la importancia del contexto: el delirio es también un constructo sociocultural  – depende en parte de lo que cada sociedad define como realidad consensual. Así, la filosofía social explora el delirio como fenómeno liminal entre la subjetividad y la colectividad: un delirio individual puede verse como una hipótesis personal de sentido  que la colectividad no comparte. Algunos filósofos, como Ian Hacking, han estudiado cómo determinadas formas de delirio (por ejemplo, el delirio de ser observado por cámaras ocultas) emergen o se moldean en cierto momento histórico (sociedades de vigilancia, tecnologías existentes), lo cual sugiere un componente histórico-dinámico  en los contenidos delirantes. En síntesis, los enfoques filosóficos – desde la fenomenología descriptiva hasta la epistemología y la ética – han enriquecido la comprensión del delirio más allá de la definición clínica. Han planteado que en el delirio se juegan temas profundos: la naturaleza de la realidad , la búsqueda de significado , la soledad ontológica  del individuo cuya realidad ya no coincide con la de los demás. Si bien la psiquiatría busca tratar y ojalá remediar los delirios por el sufrimiento que conllevan, la filosofía nos invita a reconocer en ellos un fenómeno humano significativo , que desafía nuestras certezas sobre qué es conocer y vivir en “lo real”.

  • El concepto de delirio a lo largo de la historia (1 de 3)

    Grok Definición clínica del delirio En el campo de la psiquiatría , el término delirio  (a veces referido como idea delirante  o creencia delirante ) designa una creencia falsa y fija  que el individuo sostiene con gran convicción, incorregible  frente a evidencias objetivas en contra. En psicopatología se define clásicamente como “una creencia vivida con profunda convicción a pesar de que la evidencia demuestra lo contrario”. Esta definición implica tres criterios principales para identificar un delirio: La idea se sostiene con convicción extraordinaria  o certeza subjetiva inamovible, usualmente con fundamentos lógicos insuficientes o inadecuados. Es incorregible por la experiencia  o por argumentos racionales; el sujeto no la abandona aunque disponga de pruebas contundentes de su falsedad. Su contenido es inverosímil o imposible  (o al menos notoriamente improbable) y, crucialmente, no es compartido por el contexto sociocultural  del individuo. En otras palabras, no se considera delirante una creencia extraña pero ampliamente compartida en una cultura (por ejemplo, creencias religiosas o políticas) mientras el proceso para sostenerla sea comprensible dentro de ese contexto. El delirio, en sentido clínico, es un síntoma cardinal de la psicosis  – aparece en trastornos como la esquizofrenia, el trastorno delirante crónico, episodios maníacos o depresivos con características psicóticas, etc., pero no constituye por sí mismo una enfermedad independiente. Por ejemplo, en el trastorno delirante  (paranoia), la persona puede tener una vida bastante funcional excepto por la presencia de una idea fija falsa (como creer que es víctima de una conspiración) que persiste al menos un mes. La diferencia fundamental entre un delirio y una idea simplemente equivocada o basada en información incorrecta es que el delirante sigue creyendo en su idea pese a la contradicción absoluta de la realidad  y no puede reconocer su error o engaño. Además, la idea suele absorber al paciente, dominando su pensamiento y emociones (p. ej., un delirio paranoide conlleva una preocupación intensa y ansiedad por la idea de persecución). Por otro lado, en neurología  y medicina general el término delirio  a menudo se refiere al delirium  (o síndrome confusional agudo ). El delirium  es un síndrome clínico diferente  del delirio psicótico: se trata de un estado de confusión mental aguda y fluctuante , con alteración de la atención, la conciencia y las funciones cognitivas, generalmente debido a causas orgánicas (por ejemplo, infecciones, intoxicaciones o trastornos metabólicos). El delirium aparece súbitamente (en horas o días) y suele ser reversible si se trata la causa subyacente. Entre sus características típicas están la desorientación, pensamiento confuso, alteraciones perceptivas (pudiendo haber alucinaciones o ilusiones), ciclo de sueño-vigilia alterado y fluctuaciones marcadas durante el día. Históricamente, en idioma español ha habido confusión terminológica entre delirio  (delusion) y delírium  (delirium); sin embargo, son entidades distintas. No debe confundirse el delirio psicótico con el delirium neuropsiquiátrico : en el delirium hay un compromiso global de la conciencia y la lucidez (un “nublamiento mental”), mientras que en el delirio psicótico la conciencia suele estar clara y la alteración se restringe al juicio de realidad en un tema específico. En resumen, en psiquiatría delirio  alude a una idea patológica , y en neurología delirium  alude a un estado confusional agudo . Aun así, ambos comparten etimología – del latín de-lirare , “salirse del surco (al arar)” – sugiriendo el sentido de desviación de la senda de la razón . Ejemplos clínicos:  Un ejemplo de delirio en psiquiatría es la creencia paranoide de ser perseguido: el paciente está convencido de que es vigilado o acosado por una organización, pese a tener pruebas en contra, e interpreta hechos casuales como parte de esa conspiración. En cambio, un delirium típico en medicina sería el de un paciente anciano con infección sistémica que presenta confusión fluctuante, no reconoce dónde está, habla de cosas incoherentes y puede experimentar visiones (alucinaciones visuales), pero cuya condición tiende a revertir al tratar la causa orgánica. Historia del concepto de delirio en la medicina y en la filosofía El concepto de delirio  ha evolucionado a lo largo de los siglos en la intersección entre la medicina (especialmente la psiquiatría) y la filosofía. Históricamente, el fenómeno de los delirios –entendido en sentido amplio como locura  o desvarío de la razón – fue considerado central para comprender la insania . De hecho, ya en el siglo XIX se afirmaba que estudiar los delirios equivalía a estudiar la locura misma . A continuación se recorre la evolución histórica principal: Antigüedad grecorromana:  Los médicos de la Antigüedad ya distinguían diferentes formas de locura delirante . Sorano de Éfeso (ca. 100 d.C.) diferenciaba entre la alienación mental crónica  y los estados agudos febriles con confusión. Describió el frenesí  como un delirio agudo con fiebre , de curso breve y potencialmente mortal o curable, diferenciándolo de la locura prolongada sin fiebre. Celso (siglo I a.C.) distinguió a su vez tres categorías: manía , melancolía  y delirio crónico . En este último observó que “el paciente dice extravagancias continuamente, o se llena la cabeza de ideas vanas, aunque conserva la razón ”. Esto indica que ya se notaba que una persona podía tener un delirio específico (una idea falsa fija) manteniendo por lo demás un pensamiento lógico en otros aspectos – una observación temprana de lo que después se llamaría monomanía  o delirio parcial. Autores antiguos como Galeno también usaron delirio  para referirse a confusión mental asociada a fiebre (lo que hoy consideraríamos delirium). En general, la locura solía atribuirse a desequilibrios humores corporales o a causas sobrenaturales, pero ya se apuntaba la distinción entre formas agudas-orgánicas  de desvarío y formas crónicas-intelectuales  de locura. Edad Media:  El concepto de delirio (o locura) en la Edad Media estuvo dominado por explicaciones religiosas y morales. La irracionalidad extrema se interpretaba a menudo como posesión demoníaca o castigo divino, más que como un trastorno mental natural. No hubo un desarrollo nosológico significativo, aunque textos médicos árabes y medievales retomaron las categorías clásicas (frenitis, manía, melancolía). El delirio  en textos medievales solía referir a confusión febril (delirium) o a ideas heréticas en contextos teológicos. Filosóficamente, la locura era vista como una privación de la razón (negación de la racionalidad que definía al ser humano, según la tradición escolástica tomista). Renacimiento y Barroco:  Con el Renacimiento se revaloriza la observación de la naturaleza y aparece un interés por la locura  en la literatura y el arte (por ejemplo, El elogio de la locura  de Erasmo, 1511). Médicamente, se continuó usando delirium  para estados confusionales agudos (por ejemplo, en tratados de Thomas Sydenham en el siglo XVII) y delirio  para ideas insensatas. Sin embargo, no existía todavía una psiquiatría científica. Filósofos como Descartes (Meditaciones, 1641) reflexionaron sobre la posibilidad del error sensorial y la confusión de la mente (Descartes distinguió la duda razonable de la locura franca, descartando “los extravagantes cuyo cerebro está tan trastornado que… insisten en que son reyes cuando son pobres”, sugiriendo que el loco delirante está fuera del método de duda filosófica). La palabra alucinación  y la distinción con ilusión  y delirio  comenzó también a precisarse en esta época; el filósofo John Locke, por ejemplo, diferenciaba las falsas percepciones de los juicios erróneos. Ilustración (s. XVIII):  En la Ilustración se observa un interés por catalogar sistemáticamente las enfermedades mentales. La Encyclopédie  francesa (1754) definió délire  como un “error del juicio… durante la vigilia”, usando la misma palabra para referir tanto al delirio crónico (delusion) como al delirium  agudo, y sugiriendo causas orgánicas para todos los casos. Según ese texto ilustrado, todas las formas de delirio serían de origen corporal (se hablaba de alteración de los órganos o de los “nervios” como base del error de juicio). No obstante, ya se proponía estudiar separadamente las variantes por etiología, curso, intensidad y presencia o ausencia de fiebre, anticipando la separación actual entre delirios crónicos (psicóticos) y delirium agudo orgánico. La medicina ilustrada (Cullen, Pinel inicial) empezó a ver la locura como enfermedad del cerebro, pero también se abrían debates filosóficos: ¿es la locura una pérdida de la razón o un exceso de imaginación?  Autores como Diderot y Voltaire discutieron la delgada línea entre genio y locura, y la sociedad ilustrada a la vez temía y fascinaba con la figura del “loco” (ejemplificado en obras de arte que mostraban manicomios y escenas de delirio). Fundación de la psiquiatría (finales s. XVIII – siglo XIX):  Philippe Pinel (1745-1826), a menudo llamado padre de la psiquiatría, liberó a los “alienados” de sus cadenas y propuso una primera clasificación clínica. Pinel observó que algunos pacientes presentaban locura razonante  – es decir, delirios circunscritos con conservación del intelecto en otros ámbitos. Pinel denominó “manía sin delirio”  (o locura razonante , folie raisonnante ) a aquellos casos en que el desequilibrio afectivo conducía a conducta anormal sin compromiso global del juicio. Su alumno Jean-Étienne Esquirol (1772-1840) profundizó esta idea: definió el delirio como una alteración en las conexiones entre sensaciones, ideas, juicio y voluntad . Esquirol describió la monomanía  (delirio parcial) frente a la manía  general: “La monomanía intelectual se concentra en objetos circunscritos. Partiendo de principios falsos, los enfermos deducen lógicamente razonamientos... Fuera de este delirio parcial, sienten y se comportan como todo el mundo”. Así, Esquirol mostraba que un sujeto podía ser racional excepto en su sistema delirante específico – por ejemplo, podía creer firmemente que es el Rey (delirio megalomaníaco) pero por lo demás razonar con coherencia en otros temas. Esta noción de delirio circunscrito y sistemático fue muy influyente. J.P. Falret (1794-1870) introdujo en 1854 el término folie circulaire  y discutió con Esquirol sobre la unidad o pluralidad de la locura: Falret negaba que hubiera una “unidad de delirio” en toda enfermedad mental , argumentando que había múltiples especies de enfermedades mentales con síntomas delirantes variados. También destacó la falta de insight del delirante: “el delirante no puede jamás recobrar la conciencia de la morbosidad de su estado mientras está delirando; no sabe que delira, cree en su delirio” , idea que resalta la convicción irrompible del paciente en su propia creencia. Por su parte, Émile Kraepelin  (1856-1926) hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX desarrolló la primera gran sistematización psiquiátrica basada en curso y pronóstico. Kraepelin distinguió entre dementia praecox  (esquizofrenia) y paranoia  verdaderas: en la paranoia clásica habría un delirio sistematizado y crónico sin el deterioro cognitivo severo de la esquizofrenia. Esta distinción consolidó la idea del trastorno delirante crónico  como entidad aparte (paranoia) caracterizada por un sistema de creencias delirantes fijas pero con personalidad y razonamiento preservados en lo demás. En la misma época, Sigmund Freud  y la naciente psicología dinámica ofrecieron otra perspectiva: Freud interpretó ciertos delirios (especialmente paranoides) como mecanismos de defensa psicológicos (proyección de conflictos internos). Por ejemplo, en su estudio del caso Schreber, propuso que el delirio de persecución tenía raíces en conflictos internos inconscientes. Así, la psiquiatría del siglo XIX  osciló entre enfoques organicistas (que veían el delirio como producto de lesión o disfunción cerebral) y enfoques psicológico-filosóficos (que exploraban el contenido del delirio como expresión de la personalidad o la biografía del individuo). Siglo XX (perspectivas fenomenológicas y modernas):  Un hito conceptual lo marca Karl Jaspers , psiquiatra y filósofo, quien en 1913 publica Psicopatología General . Jaspers enfatizó una aproximación fenomenológica  para describir y comprender los estados subjetivos  del paciente psiquiátrico. Respecto al delirio, Jaspers lo declaró un fenómeno “básico” o fundamental de la locura , remarcando que históricamente “delirante y demente eran la misma cosa” . Sus aportes fueron cruciales: definió los criterios clásicos de los delirios (convicción incomparable, incorregibilidad y contenido imposible) y, más importante, distinguió entre delirios “verdaderos” primarios  – aquellos que surgen de forma incomprensible para la psicología habitual, sin causa psicológica evidente – y “ideas deliroides”  – creencias falsas que sí  pueden entenderse psicológicamente como derivadas de estados afectivos o de personalidad. Para Jaspers, los auténticos delirios primarios  representan una “transformación en la conciencia de realidad” , una experiencia subjetiva indescriptible que precede a la formulación del juicio delirante (lo que llamó Wahnstimmung  o estado de ánimo delirante ). Ese “temple delirante” es una sensación inicial de que todo ha cambiado de significado , un presentimiento angustioso de que hay un “algo” oculto tras la realidad normal. Solo después, el paciente formula una explicación (el juicio delirante) que cristaliza esa nueva significación. Jaspers subrayó que tales delirios primarios son incomprensibles empáticamente  (no se les puede seguir el hilo causal desde la psique previa) y por tanto constituyen un límite de la comprensión psicológica – uno debe describirlos fenomenológicamente más que explicarlos. Sus ideas marcaron a la psiquiatría europea (por ejemplo, a Kurt Schneider y others) e impregnan incluso los criterios diagnósticos actuales (la noción de creencia fija, incorregible y extraña proviene de Jaspers). En paralelo, el siglo XX vio otras aportaciones: Eugene Bleuler (1911) destacó la escisión de la realidad  en la esquizofrenia (los pacientes podían mantener una doble vida mental, con delirios coexistiendo junto a pensamiento normal por períodos). Los psiquiatras fenomenólogos posteriores (Minkowski, Binswanger) y existencialistas exploraron cómo el delirio refleja alteraciones en la vivencia del tiempo, del espacio y de la relación con el mundo (se verá en la siguiente sección). Por otro lado, la psicología experimental y cognitiva desde fines del siglo XX comenzó a estudiar los mecanismos cognitivos  de los delirios: sesgos de razonamiento, errores en la atribución de significado, déficits neuropsicológicos, etc. (por ejemplo, teorías de “dos factores” donde una percepción anómala más un sesgo cognitivo explican la formación del delirio). A finales del siglo XX e inicios del XXI, el concepto de delirio se incorpora a las clasificaciones internacionales (DSM y CIE) con definiciones operativas similares a las jasperianas, y se investiga con neuroimagen, neurociencia cognitiva y enfoques interdisciplinarios. Perspectivas filosóficas e históricas contemporáneas:  Filósofos e historiadores de la medicina también reexaminaron el delirio. Michel Foucault, en Historia de la locura  (1961), analizó cómo la noción de locura (y por ende de los delirios) es históricamente construida : en la Edad Clásica se “silenció” al loco internándolo, y la separación entre razón y sinrazón se definió culturalmente. Foucault también dedicó atención literaria a Don Quijote  como símbolo de la transición epistémica – el hidalgo delirante que confunde los signos del mundo es, para Foucault, un espejo de la tensión entre el saber renacentista y la racionalidad clásica. En filosofía de la mente actual, se discute el estatus epistemológico del delirio: ¿son creencias genuinas o otro tipo de estado mental?; ¿qué nos enseñan sobre la naturaleza de la creencia y la realidad? (Algunos filósofos cognitivos como Lisa Bortolotti, por ejemplo, analizan los delirios como creencias irracionales pero comprensibles bajo ciertas desviaciones de los estándares epistémicos). También desde la ética se debate cómo tratar las creencias delirantes respetando a la persona, dado que para el paciente son su realidad . En síntesis, el concepto de delirio ha recorrido un largo camino: de las primeras distinciones médicas entre frenesí agudo y locura crónica en la antigüedad, pasando por la caracterización de delirios parciales en el siglo XIX, hasta las interpretaciones fenomenológicas y cognitivas modernas. Tanto la medicina como la filosofía han contribuido a desentrañar este “error de la razón” que, a decir de Jaspers, constituye uno de los problemas básicos de la comprensión de la mente humana.

  • Mindfulness: Perspectivas Psicológica, Neurocientífica, Clínica, Educativa y Filosófica

    Dall-E Introducción El término mindfulness  (traducido habitualmente como atención plena  o conciencia plena ) se refiere a un estado de conciencia caracterizado por prestar atención deliberada al momento presente con una actitud de apertura y aceptación, sin juicios de valor. Si bien sus raíces históricas se encuentran en la meditación budista desarrollada hace más de 2500 años, particularmente en la práctica denominada sati  en lengua pali (que significa “memoria del presente”), la noción moderna de mindfulness ha sido adaptada e interpretada en contextos contemporáneos. En la tradición budista original, sati  constituye un factor esencial en el camino hacia la iluminación y la cesación del sufrimiento, enfatizando la observación directa de la mente y los fenómenos tal como son, con ecuanimidad. Esta práctica, enseñada por el Buda, tenía como fin último eliminar el sufrimiento y las emociones destructivas, bajo el entendimiento de que tanto el sufrimiento como la felicidad dependen fundamentalmente del estado de la mente más que de las circunstancias externas. En la era moderna, el concepto fue introducido en la medicina y psicología occidentales principalmente a través del trabajo de Jon Kabat-Zinn en la década de 1970. Kabat-Zinn adoptó la palabra mindfulness  —un antiguo sinónimo inglés de attention  recuperado en 1881 por el erudito T. W. Rhys Davids como traducción de sati — para nombrar su programa de reducción del estrés, buscando presentar estas técnicas contemplativas de origen oriental en términos laicos y científicos. Kabat-Zinn definió mindfulness como “la conciencia que surge de prestar atención de forma intencional al momento presente, sin juzgar”, formulando así una definición ampliamente citada que destaca sus elementos centrales: intencionalidad, presencia y ausencia de juicios. Otras definiciones convergen en ideas similares. Por ejemplo, Kabat-Zinn (1990) lo describió como llevar la atención a la experiencia presente aceptándola sin juzgar, y autores como Bishop et al. (2004) añadieron que implica una atención no elaborativa y sin juicios, en la que cada pensamiento, emoción o sensación que surge es reconocido y aceptado tal cual es. En suma, mindfulness  alude tanto a un constructo psicológico  (un estado o rasgo de conciencia), como a una práctica  meditativa concreta y a un proceso psicológico  subyacente. Como constructo, se le vincula con conceptos como la metacognición, la autorreflexión y la aceptación incondicional de la experiencia. Como práctica, se entrena la capacidad de observar cada pensamiento o emoción que surge sin dejarse llevar por los automatismos del juicio, “sacando a la mente del piloto automático” y desarrollando respuestas más conscientes. Desde la aparición de las primeras publicaciones científicas sobre mindfulness en los años 1970, el interés investigativo ha crecido exponencialmente, especialmente a partir de los años 2000. Inicialmente estudiado en contextos clínicos para la reducción del estrés y el dolor crónico, mindfulness ha ido extendiendo su influencia a diversos campos: la psicología  y la salud mental, las neurociencias , la práctica clínica  psicoterapéutica, el ámbito educativo  y la reflexión filosófica  sobre la mente y la conciencia. En las siguientes secciones se explorarán cada uno de estos enfoques de manera integral. Se revisarán los aportes teóricos y empíricos recientes de la psicología y la neurociencia en la comprensión de mindfulness, sus aplicaciones prácticas en la clínica, la educación y otros contextos, así como sus fundamentos filosóficos. Asimismo, se discutirán críticamente las evidencias, límites y controversias actuales en torno al mindfulness, con el fin de ofrecer una visión equilibrada y multidisciplinar de este fenómeno. Enfoque psicológico del mindfulness Desde la perspectiva psicológica , el mindfulness se concibe como un proceso mental asociado a la autorregulación de la atención, la conciencia plena de la experiencia y una actitud de apertura hacia uno mismo y el entorno. En términos operativos, muchos psicólogos definen mindfulness como la capacidad de dirigir la atención al momento presente  de forma intencional y mantenerla allí, observando los fenómenos internos (pensamientos, emociones, sensaciones) y externos sin reaccionar automáticamente ni emitir juicios de valor. Esta habilidad implica desarrollar metacognición , es decir, darse cuenta de los propios procesos mentales a medida que ocurren, lo que permite desacoplarse de patrones habituales de pensamiento y emoción. Por ejemplo, Bishop et al. (2004) propusieron que mindfulness incluye dos componentes: (1) la autorregulación de la atención  para mantenerse en la experiencia inmediata, y (2) una orientación hacia la experiencia  caracterizada por curiosidad, apertura y aceptación. En la misma línea, otros autores resaltan la conciencia reflexiva  y la aceptación como núcleos de la atención plena, subrayando que es una capacidad humana básica que puede ser cultivada. La psicología contemporánea ha incorporado el mindfulness tanto como objeto de estudio en sí (por ejemplo, investigando sus correlatos con bienestar subjetivo, regulación emocional o rasgos de personalidad), como herramienta terapéutica en diversas intervenciones psicológicas. De hecho, se considera uno de los pilares de las llamadas terapias de tercera generación  dentro de la psicología clínica. Varias corrientes psicoterapéuticas integran ejercicios de mindfulness para facilitar procesos de cambio cognitivo y emocional. Por ejemplo, la Terapia Dialéctico-Conductual (DBT)  de Linehan incorpora mindfulness como uno de sus módulos de entrenamiento en habilidades, para ayudar a pacientes con trastorno límite de la personalidad a mejorar la autorregulación emocional. La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)  de Hayes emplea prácticas de atención plena para abordar la fusión cognitiva , es decir, la tendencia a quedar atrapado en pensamientos y lenguaje, promoviendo en cambio la flexibilidad psicológica y la aceptación de eventos privados. En ACT, mindfulness contribuye a que los pacientes observen sus pensamientos como eventos transitorios más que como verdades absolutas, fomentando un distanciamiento saludable de patrones mentales rígidos. Por su parte, la Terapia Cognitiva Basada en Mindfulness (MBCT) , desarrollada por Segal, Williams y Teasdale, combina técnicas de meditación mindfulness con estrategias cognitivas para prevenir recaídas en depresión; su premisa es que enseñando a los pacientes a relacionarse de otro modo con sus pensamientos negativos (observándolos sin identificarse con ellos), se rompe el ciclo de rumiación que suele desencadenar nuevos episodios depresivos. Desde el enfoque psicológico se han propuesto además diversos componentes y mecanismos  mediante los cuales la práctica de mindfulness produce sus efectos beneficiosos. Entre los componentes más citados están: (1) la atención al momento presente , que implica anclar la mente en el “aquí y ahora” en vez de perderse en rumiaciones sobre el pasado o expectativas del futuro; (2) la actitud de apertura y aceptación , es decir, permitir que cualquier experiencia interna surja sin evitarla ni aferrarse, contemplándola con curiosidad y ecuanimidad; (3) la suspensión del juicio automático , que conlleva adoptar una postura neutral ante lo que se observa (sensaciones agradables o desagradables, pensamientos positivos o negativos) para no reaccionar impulsivamente; y (4) el retorno intencional de la atención , dado que la mente tiende a divagar, el practicante de mindfulness aprende a reconocer cuando la atención se desvía y amablemente llevarla de nuevo al foco presente una y otra vez. Estas habilidades entrenadas se traducen, psicológicamente, en una mejor autorregulación emocional  (pues al aceptar las emociones sin sobre-reaccionar se reduce la impulsividad y la intensidad del malestar) y en un aumento de la flexibilidad cognitiva  (al no quedar enganchado en interpretaciones o narrativas habituales, surgen perspectivas nuevas). De este modo, mindfulness actúa potenciando procesos adaptativos: mejora la concentración y la memoria de trabajo, favorece la tolerancia a emociones difíciles, y cultiva una actitud de auto-compasión y empatía hacia uno mismo y los demás. La investigación empírica en psicología ha documentado una variedad de beneficios asociados a la práctica de mindfulness . Por ejemplo, numerosos estudios correlacionales y experimentales indican que mayores niveles de atención plena disposicional se asocian con menor estrés percibido, menor sintomatología ansiosa y depresiva, y mayor bienestar subjetivo. Las intervenciones basadas en mindfulness (MBIs), aplicadas en distintos grupos, han mostrado efectos positivos en la salud mental. Un metaanálisis amplio (Khoury et al., 2013) que abarcó 209 estudios concluyó que, en conjunto, las terapias basadas en mindfulness son efectivas para una variedad de problemas psicológicos , con especial eficacia para reducir el estrés. Otro metaanálisis específico sobre el programa de Reducción de Estrés Basada en Mindfulness (MBSR) en poblaciones no clínicas encontró que esta intervención logra reducciones moderadas del nivel de estrés  en comparación con controles, evidenciando su utilidad para el manejo del distrés en personas sometidas a presión cotidiana. En cuanto a trastornos del estado de ánimo, una revisión de 39 estudios (Klainin-Yobas et al., 2012) observó que las intervenciones basadas en mindfulness producen alivio significativo de los síntomas depresivos , recomendando su uso complementario a los tratamientos convencionales en pacientes con patologías mentales. De hecho, en el caso de la depresión recurrente, las evidencias indican que la MBCT puede prevenir recaídas depresivas . Teasdale et al. (2000) hallaron que quienes han sufrido tres o más episodios depresivos tienden a recaer por reactivación de pensamientos negativos ante mínimos estados de ánimo disfórico, pero la formación en mindfulness ayuda a interrumpir ese patrón rumiativo interno, reduciendo el riesgo de nuevas recaídas. Un metaanálisis de Piet y Hougaard (2011) confirmó que la MBCT disminuye significativamente las tasas de recaída en depresión mayor recurrente, especialmente en pacientes con historial de múltiples episodios. En suma, desde la psicología se reconoce al mindfulness como un proceso psicológico entrenable que contribuye a un mejor manejo del estrés, una mayor resiliencia emocional y cambios cognitivos adaptativos, hallazgos que respaldan su incorporación tanto en programas psicoeducativos de bienestar como en protocolos psicoterapéuticos específicos. Enfoque neurocientífico del mindfulness La popularización de mindfulness en Occidente coincidió con un creciente interés de las neurociencias  por estudiar los efectos de las prácticas contemplativas en el cerebro. En las últimas dos décadas, numerosos estudios de neuroimagen (resonancia magnética funcional, tomografía PET) y electrofisiología han examinado cómo el entrenamiento en meditación mindfulness puede modificar la actividad cerebral y su estructura . Estos trabajos han involucrado tanto a meditadores principiantes como avanzados, en poblaciones sanas y clínicas, revelando cambios en múltiples aspectos del funcionamiento mental tras periodos de práctica sostenida. Si bien el campo aún afronta desafíos metodológicos, los hallazgos convergen en identificar ciertos circuitos cerebrales clave  modulados por la atención plena. En particular, la evidencia apunta a modificaciones en redes neurales involucradas en la regulación de la atención, la interocepción (percepción corporal) y la autorreferencialidad (procesamiento del “yo”). A nivel estructural , se han observado diferencias en la morfología cerebral asociadas a la meditación. Estudios con imágenes de alta resolución reportan que quienes practican mindfulness regularmente tienden a mostrar un mayor grosor cortical o densidad de materia gris  en regiones relacionadas con la atención y la integración emocional, en comparación con individuos sin entrenamiento. Por ejemplo, regiones prefrontales dorsolaterales (vinculadas al control ejecutivo y la atención) y la corteza cingulada anterior  (relacionada con la autorregulación de la atención y el monitoreo de conflictos) suelen aparecer fortalecidas en meditadores experimentados. De igual manera, áreas como la ínsula , que participa en la conciencia de las sensaciones corporales y las emociones, presentan cambios asociados a la meditación, lo cual concuerda con el énfasis de mindfulness en el registro atento de las sensaciones físicas momento a momento. Otra estructura profundamente investigada es el hipocampo , crucial en la memoria y la regulación del estrés: programas de mindfulness de ocho semanas (MBSR) han mostrado aumentar la densidad de materia gris en el hipocampo, lo que podría relacionarse con la reducción de reactividad al estrés observada en los participantes. Asimismo, se han documentado cambios en el giro cingulado  (implicado en procesos emocionales y atencionales) y en regiones del estriado  y la corteza somatosensorial  primaria y secundaria. Estos hallazgos sugieren que la práctica regular de la atención plena induce una forma de neuroplasticidad : el cerebro se reorganiza funcional y anatómicamente para sustentar las capacidades de atención sostenida, regulación emocional y percepción corporal refinada que se entrenan durante la meditación. En cuanto a los cambios funcionales , uno de los descubrimientos más consistentes es que la meditación mindfulness modula la actividad de la red neuronal por defecto  ( default mode network , DMN). La DMN es un conjunto de regiones (incluyendo la corteza prefrontal medial y el precúneo/corteza cingulada posterior) que se activa típicamente cuando la mente divaga, revive el pasado o fantasea con el futuro, es decir, durante el procesamiento autorreferencial y la “mente errante”. Se ha observado que durante la meditación de atención plena, la actividad en esta red se disminuye , lo cual concuerda con el objetivo de la práctica: salir del piloto automático narrativo y anclar la atención en la experiencia presente. Meditadores expertos muestran menores niveles de activación en la DMN incluso en reposo, y una conectividad funcional alterada que sugiere un menor engagement  en pensamientos autorreferenciales. Al mismo tiempo, se potencia la activación de redes atencionales ejecutivas  (por ejemplo, circuitos fronto-parietales dorsales) encargadas de dirigir y sostener la atención en objetivos inmediatos. También aumenta la actividad en regiones encargadas de la interocepción  y la consciencia corporal, como la ínsula anterior y la corteza somatosensorial, consistente con la consigna de llevar atención plena a las sensaciones físicas en muchas meditaciones (por ejemplo, el body scan  o escaneo corporal). Otro efecto documentado es la reducción de la reactividad de la amígdala , centro neural central en la respuesta de miedo y estrés. Investigaciones longitudinales señalan que tras un curso de mindfulness, la amígdala presenta menor activación ante estímulos estresantes, y su volumen puede incluso reducirse ligeramente, lo que se ha interpretado como un correlato de la mayor calma y ecuanimidad emocional logradas con la práctica regular. Concomitantemente, aumenta la conectividad entre la amígdala y la corteza prefrontal, reflejando un mejor control cortical de las respuestas emocionales automáticas. En suma, a nivel neurofuncional mindfulness parece fortalecer los circuitos de regulación emocional y atencional , y debilitar aquellos asociados con la distracción mental y la reactividad emocional exagerada. Estos resultados neurocientíficos aportan respaldo biológico a los efectos psicológicos reportados: por ejemplo, la mejora en atención sostenida y flexibilidad cognitiva con mindfulness coincide con la mayor actividad prefrontal y menor actividad de la red por defecto; la mayor conciencia interoceptiva concuerda con cambios en ínsula; la reducción de ansiedad y estrés se relaciona con modulaciones en la amígdala y el eje hipotalámico. No obstante, investigadores advierten contra una visión neurocentrista  exagerada. Si bien es tentador equiparar mindfulness únicamente con activaciones o estructuras cerebrales, se corre el riesgo de simplificar en exceso un fenómeno que también involucra experiencias subjetivas, contextos sociales y cambios conductuales integrales. De hecho, autores como Wallace o Varela han señalado que reducir la mente al cerebro perpetúa cierto dualismo mente-cuerpo propio de la cultura occidental, cuando precisamente mindfulness enfatiza la integración de ambos aspectos. Por ello, los neurocientíficos abogan por enfoques integradores que combinen los hallazgos cerebrales con medidas psicológicas y contextuales, para comprender plenamente cómo la práctica de mindfulness influye en el organismo en su conjunto. En cualquier caso, el enfoque neurocientífico ha legitimado ante la comunidad científica la idea de que entrenar la mente mediante mindfulness literalmente cambia el cerebro , apoyando la noción de que los estados mentales cultivados (atención plena, compasión, etc.) pueden tener trazos neuronales  identificables. Este campo, a veces denominado neurociencia contemplativa , continúa creciendo con investigaciones que exploran desde la actividad de ondas cerebrales alfa durante la meditación, hasta estudios sobre biomarcadores endocrinos e inflamatorios ligados al estrés, buscando mapear con mayor precisión las múltiples facetas neurobiológicas de la atención plena. Enfoque clínico y aplicaciones terapéuticas El enfoque clínico  del mindfulness se centra en su utilización como intervención terapéutica para promover la salud y aliviar el sufrimiento en diferentes poblaciones de pacientes. Aquí mindfulness pasa de ser solo un concepto o estado mental, para convertirse en un conjunto de técnicas  estructuradas integradas en programas de tratamiento o en enfoques psicoterapéuticos. Históricamente, el pionero fue Jon Kabat-Zinn, quien en 1979 desarrolló el programa de Reducción del Estrés Basada en Mindfulness (MBSR)  en el Centro Médico de la Universidad de Massachusetts. El MBSR surgió inicialmente como un curso grupal de 8 semanas orientado a pacientes con dolor crónico y estrés, combinando prácticas de meditación derivadas del budismo (meditación sentada, escáner corporal, yoga consciente) con educación sobre el estrés y ejercicios para integrar la atención plena en la vida diaria. Los resultados preliminares de Kabat-Zinn fueron prometedores, mostrando reducciones significativas en síntomas de dolor, ansiedad y estrés en pacientes que habían agotado otros tratamientos médicos convencionales. A partir de allí, el MBSR se difundió ampliamente por hospitales y clínicas, utilizándose como terapia complementaria  para condiciones tan diversas como psoriasis, fibromialgia, cáncer, hipertensión o trastornos de ansiedad, con la idea de que entrenar a los pacientes en mindfulness les ayuda a afrontar mejor el malestar físico y emocional asociado a sus enfermedades. El éxito del MBSR abrió camino a otras intervenciones basadas en mindfulness, conocidas colectivamente como Mindfulness-Based Interventions (MBIs) . Una de las más influyentes es la ya mencionada Terapia Cognitiva Basada en Mindfulness (MBCT) , desarrollada por Teasdale, Segal y Williams a finales de los 1990s e inicios de 2000, específicamente dirigida a prevenir recaídas en depresión mayor recurrente. La MBCT combina el entrenamiento en meditación mindfulness (tomado del MBSR) con técnicas de terapia cognitiva tradicionales, en un formato de terapia grupal de 8 semanas. Los ensayos clínicos controlados han mostrado que MBCT reduce a la mitad el riesgo de recaída en pacientes con depresión recurrente, un efecto especialmente fuerte en aquellos con tres o más episodios previos. Con base en esta evidencia, las guías clínicas en varios países (por ejemplo, NICE en Reino Unido) recomiendan MBCT como tratamiento de mantenimiento para prevenir la depresión recurrente. Otras aplicaciones clínicas notables incluyen su incorporación en la Terapia Dialéctica Conductual (DBT)  para el trastorno límite de la personalidad, donde los módulos de mindfulness ayudan a los pacientes a tolerar el malestar emocional sin reaccionar impulsivamente. También se utiliza en programas de rehabilitación de adicciones, en tratamientos de trastornos de la conducta alimentaria (mindful eating para la alimentación consciente) y en intervenciones para trastorno de estrés postraumático (por ejemplo, en veteranos de guerra). Incluso, las Fuerzas Armadas de EE.UU. han implementado entrenamientos basados en mindfulness (Mindfulness-Based Mind Fitness Training, conocido como M-Fit ) para preparar a soldados antes del combate y reducir la incidencia de trastornos psicológicos como el estrés postraumático, la ansiedad o la depresión tras misiones de alto riesgo. En cuanto a la evidencia clínica , múltiples ensayos controlados y revisiones sistemáticas respaldan la eficacia de las intervenciones basadas en mindfulness en diversos ámbitos, aunque con matices importantes. Por ejemplo, un metaanálisis extenso (Goyal et al., 2014) publicado en JAMA Internal Medicine  revisó 47 ensayos controlados aleatorizados sobre meditación (la mayoría basados en mindfulness) y encontró efectos moderados  de las intervenciones mindfulness en la reducción de síntomas de ansiedad, depresión y dolor  en poblaciones clínicas. Los tamaños del efecto fueron del orden de d  ≈ 0.3–0.5, indicando mejoras significativas aunque de magnitud modesta a los 2 meses de seguimiento. También se observó alguna mejoría en el estrés percibido y la calidad de vida relacionada con la salud, si bien la evidencia era más limitada en esas áreas. Un punto crucial de ese análisis fue que no se halló evidencia de que las intervenciones mindfulness fueran superiores a otros tratamientos activos  (por ejemplo, ejercicio físico, psicoterapia estándar o farmacoterapia) para aliviar esos síntomas. Es decir, mindfulness funciona mejor que ningún tratamiento o mejor que placebos activos como la relajación o la psicoeducación, pero tiende a ser equivalente en eficacia a terapias ya establecidas (como la terapia cognitivo-conductual). Este hallazgo matiza cierto triunfalismo en torno al mindfulness, indicando que no es una panacea universal ni necesariamente “más efectivo” que tratamientos tradicionales, aunque sí constituye una alternativa válida y basada en evidencia  para pacientes que prefieren enfoques no farmacológicos o complementarios. Adicionalmente, los estudios clínicos sugieren que la adherencia y la dosis de práctica importan: los pacientes que practican con mayor regularidad sus ejercicios de mindfulness tienden a obtener mayores reducciones sintomáticas. Algunos análisis han encontrado correlaciones significativas entre el tiempo invertido en meditación semanal y la magnitud de la disminución en síntomas de estrés o ansiedad al final de la intervención. En poblaciones con trastornos específicos, los resultados también son alentadores. Por ejemplo, en trastornos de ansiedad  generalizados (TAG), un estudio clínico de referencia (Hoge et al., 2013) comparó MBSR frente a un grupo control en pacientes con TAG, hallando que tras 8 semanas el grupo de mindfulness mostró reducciones significativamente mayores en síntomas ansiosos, así como una menor reactividad al estrés, en comparación con el control. En trastorno de estrés postraumático (TEPT) , se han adaptado programas de mindfulness con resultados preliminares positivos en la reducción de flashbacks, hiperactivación y síntomas evitativos. De forma similar, en dolor crónico , meta-análisis (incluyendo Grossman et al., 2004) han concluido que MBSR produce mejoras pequeñas pero significativas en la intensidad percibida del dolor y, especialmente, en la capacidad de los pacientes para llevar una vida activa pese al dolor (es decir, mejora el afrontamiento del dolor). Es importante destacar que mindfulness en clínica no se limita a trastornos mentales; también se ha aplicado en cuidados paliativos, rehabilitación cardíaca, manejo de cáncer y otras áreas médicas, con evidencias de mejora en la adaptación psicológica  a la enfermedad. Por ejemplo, pacientes oncológicos que practican mindfulness reportan menos angustia emocional, mejor calidad del sueño y menor fatiga relacionada con tratamientos, en comparación con controles. No obstante, una revisión sistemática de 2017 sobre mindfulness y biomarcadores en pacientes de cáncer no encontró cambios consistentes en marcadores inmunológicos o inflamatorios atribuibles a estas intervenciones, lo cual sugiere que los beneficios se manifiestan principalmente en la experiencia subjetiva y en síntomas autoinformados, más que en cambios fisiológicos fácilmente medibles (al menos con el conocimiento actual). Finalmente, es relevante mencionar que la integración de mindfulness en contextos clínicos ha llevado a reflexiones éticas y formativas. Dado su origen en tradiciones contemplativas, se insiste en que los terapeutas o instructores que imparten mindfulness tengan una formación personal suficiente en meditación . Se considera que enseñar estas técnicas requiere no solo conocimiento teórico sino experiencia vivencial, para poder guiar adecuadamente a los pacientes y manejar dificultades que surjan durante la práctica. Asimismo, se subraya la necesidad de adaptar las intervenciones a las características de cada población (edad, cultura, tipo de trastorno) y combinarlas con otros tratamientos cuando sea necesario, en un enfoque integral de la persona. En conclusión, el enfoque clínico valida a mindfulness como una herramienta efectiva y versátil en el arsenal terapéutico, especialmente útil para fomentar habilidades de afrontamiento, reducir el estrés y prevenir recaídas, siempre dentro de un marco de tratamiento holístico centrado en el paciente. Enfoque educativo del mindfulness En años recientes, el mindfulness ha encontrado un campo fértil de aplicación en el ámbito educativo , abarcando tanto programas para estudiantes como para docentes y personal escolar. El enfoque educativo explora cómo la práctica de la atención plena puede mejorar procesos de enseñanza-aprendizaje, el clima en las aulas, y el bienestar socioemocional de niños y jóvenes. Diversos factores han motivado esta tendencia: por un lado, la preocupación por los niveles de estrés, ansiedad y falta de concentración observados en alumnado de distintas edades; por otro, los hallazgos de la psicología del desarrollo que indican que habilidades como la autorregulación emocional y la atención sostenida influyen significativamente en el desempeño académico y el ajuste escolar. En este contexto, se han diseñado programas escolares basados en mindfulness  adaptados a distintas etapas educativas, desde preescolar hasta educación secundaria. Estos programas suelen consistir en sesiones breves (10-15 minutos) de ejercicios de atención plena adecuados a la edad: pueden incluir prácticas de respiración consciente, juegos atencionales, escaneos corporales guiados de corta duración, ejercicios de consciencia sensorial (por ejemplo, saborear una pasa con atención plena, escuchar sonidos con plena atención), entre otros. Además, frecuentemente incorporan dinámicas para cultivar cualidades asociadas al mindfulness como la paciencia, la amabilidad o la curiosidad. Un ejemplo es el curriculum .b (dot-be)  del Mindfulness in Schools Project en el Reino Unido, dirigido a adolescentes, o el programa MindUp  (desarrollado por la Fundación Hawn) que integra neuroeducación y atención plena para estudiantes de primaria. La investigación educativa  sobre mindfulness ha crecido sustancialmente, evaluando su impacto en múltiples dimensiones. Numerosos estudios piloto y algunos ensayos controlados en colegios reportan que los alumnos que participan en programas de mindfulness muestran mejoras en su capacidad de atención y concentración , lo cual se refleja en mayor tiempo “en tarea” y menor distracción en clase. Igualmente, se han observado avances en funciones ejecutivas, como la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva, fundamentales para el aprendizaje académico. En el plano socioemocional, los docentes informan que los estudiantes entrenados en mindfulness tienden a manejar mejor sus emociones, presentando menos reacciones impulsivas y mayor autocontrol  en situaciones conflictivas. También incrementan su empatía y comportamientos prosociales ; por ejemplo, algunos estudios registran una reducción en conductas agresivas o de bullying , y una mayor disposición a ayudar a los compañeros. Como consecuencia, mejora el clima del aula  y disminuyen los problemas disciplinarios, facilitando un entorno más propicio para el aprendizaje. Estos efectos han sido sintetizados en revisiones sistemáticas y meta-análisis recientes. Un meta-análisis multinivel de intervenciones escolares basadas en mindfulness (Arenilla et al., 2022), que abarcó 18 estudios controlados con un total de 1471 estudiantes en España, encontró un efecto positivo global significativo (tamaño de efecto g = 0.62) a favor de los programas de mindfulness escolares. Se reportaron mejoras estadísticamente significativas en varias dimensiones evaluadas: desarrollo personal y social  (incluyendo habilidades de convivencia y autoimagen; g ~0.84, efecto grande), estados de ánimo  (reducción de síntomas de estrés, ansiedad, etc.; g ~0.44, efecto pequeño-moderado), funciones cognitivas  (atención, memoria; g ~0.67, moderado), inteligencia emocional  (g ~0.61) y ajuste emocional y conductual  (por ejemplo, menos problemas de conducta; g ~0.54). Interesantemente, la única dimensión con efecto no significativo en ese estudio fue la de “habilidades de mindfulness” en sí mismas (g ~0.51), posiblemente porque son más difíciles de medir directamente en niños. Además, se identificaron moderadores importantes: los efectos tendían a ser mayores en estudiantes de mayor edad (adolescentes más que niños pequeños) y cuando los programas incluían práctica guiada en casa y sesiones de mayor duración (más minutos semanales). Estos datos sugieren que la efectividad de mindfulness en contextos educativos depende en parte de la intensidad del entrenamiento y de la madurez de los participantes para aprovecharlo. Además de los estudiantes, se ha reconocido el valor de mindfulness para el profesorado y el personal educativo . La enseñanza es una profesión sometida a altos niveles de estrés, riesgo de burnout  y exigencias emocionales constantes. Programas de mindfulness para docentes (como CARE: Cultivating Awareness and Resilience in Education ) han mostrado reducir significativamente el estrés percibido de los maestros, disminuir síntomas de depresión y ansiedad, y mejorar su eficacia auto-reportada en la gestión del aula. Docentes que practican mindfulness tienden a reaccionar con mayor calma ante comportamientos desafiantes de los alumnos, comunicarse de manera más consciente y menos reactiva, y reportan mayor satisfacción laboral. En consecuencia, el bienestar de los docentes repercute en interacciones más positivas con los estudiantes y en entornos de aprendizaje emocionalmente seguros. A pesar de estos hallazgos alentadores, es importante abordar el enfoque educativo con un rigor crítico. Algunas revisiones señalan que, si bien los cambios en atención y regulación emocional son consistentes, la evidencia de impacto directo en rendimiento académico objetivo  (por ejemplo, mejoras en calificaciones o puntuaciones en pruebas estandarizadas) es todavía incipiente o mixta. Hay quienes advierten que el entusiasmo por introducir mindfulness en las aulas ha superado en ocasiones la solidez de la evidencia, con estudios que presentan limitaciones metodológicas (muestras pequeñas, falta de controles activos, sesgo de publicación de resultados positivos, etc.). No obstante, el campo está evolucionando hacia investigaciones más robustas. Por ejemplo, se están realizando ensayos aleatorizados a gran escala en escuelas públicas de diferentes países, cuyos resultados en los próximos años aclararán mejor qué beneficios específicos aporta mindfulness en educación y bajo qué condiciones es más eficaz. También se investigan los posibles límites o contraindicaciones : aunque en general la atención plena es bien aceptada por niños y adolescentes, puede no ser adecuada para todos (por ejemplo, un alumno con trauma psicológico puede requerir adaptaciones en la práctica). En síntesis, el enfoque educativo posiciona a mindfulness como una valiosa herramienta pedagógica y de bienestar en contextos escolares. Bien implementada, puede ayudar a formar estudiantes más atentos, emocionalmente equilibrados y compasivos , lo que no solo favorece su aprendizaje sino también su desarrollo integral como personas. Asimismo, brinda a los educadores recursos para gestionar el estrés profesional y fomentar aulas más conscientes. Como recomienda la literatura, para asegurar su efectividad es clave contar con instructores capacitados, integrar los programas al currículo de manera coherente (no como una actividad aislada), involucrar a la comunidad escolar y respetar el carácter laico y voluntario de la participación, evitando cualquier connotación doctrinal. De este modo, mindfulness puede convertirse en un componente innovador de la educación del siglo XXI, centrada no solo en conocimientos académicos sino en el cultivo de la atención, la resiliencia y la salud mental de la comunidad educativa. Enfoque filosófico del mindfulness El mindfulness no solo invita al análisis científico, sino también a la reflexión desde una perspectiva filosófica , dada su profunda conexión con cuestiones sobre la mente, la conciencia, la ética y el modo de vivir. En este enfoque se examinan los fundamentos conceptuales  y las implicaciones filosóficas de la atención plena, tanto en su contexto originario budista como en su reinterpretación contemporánea secular. Desde el punto de vista de la filosofía budista , mindfulness (sati en pali, smṛti  en sánscrito) ocupa un lugar central. Es uno de los siete factores del despertar  en el budismo temprano y forma parte del Óctuple Sendero  (concretamente, es el séptimo factor: Sammā Sati  o Atención Correcta) que conduce a la liberación del sufrimiento. En los textos canónicos budistas, como el Satipaṭṭhāna Sutta  (Discurso de los fundamentos de la atención plena), se describe la práctica de mindfulness como la aplicación diligente de la atención en cuatro ámbitos: el cuerpo, las sensaciones, la mente y los objetos mentales. A través de la observación continua y ecuánime de estos fenómenos, el practicante desarrolla insight  (visión profunda) en las características fundamentales de la existencia: la impermanencia (anicca), la insatisfacción del apego (dukkha) y la ausencia de un yo fijo (anattā). Así, filosóficamente, el mindfulness budista es inseparable de una metafísica experiencial : se trata de darse cuenta directamente de la naturaleza transitoria y condicionada de la realidad y de la propia identidad, lo cual conlleva un cambio radical en la comprensión del yo y del mundo. La finalidad última de este cultivo de la atención es ética y liberadora: al ver la realidad tal cual es, sin las distorsiones habituales, se desactivan la ignorancia y las reacciones de apego/aversión que causan sufrimiento, emergiendo en su lugar la sabiduría ( prajñā ) y la compasión genuina hacia todos los seres. En otras palabras, en la filosofía budista mindfulness es un medio para la transformación espiritual , no un fin en sí mismo. Ello implica que originalmente está integrado con otros elementos filosófico-éticos, como la conducta ética (sīla) y el esfuerzo correcto, que aseguran que la atención plena se practique en un marco de no-daño, honestidad y benevolencia. El mindfulness secular contemporáneo  ha sido frecuentemente criticado por algunos pensadores por aislar la técnica de su entramado ético-filosófico original. Por ejemplo, el concepto de “McMindfulness”  acuñado por Purser y Loy se refiere precisamente a la “desfilosofización” y comercialización del mindfulness en Occidente, reduciéndolo a una herramienta de autoayuda desvinculada de sus raíces morales. Estos críticos señalan que al extraer la atención plena de su contexto budista, se corre el riesgo de convertirla en un método instrumental al servicio de cualquier objetivo (incluso objetivos cuestionables), perdiendo su sentido profundo de cultivar la compasión, la sabiduría y la disminución del egoísmo. Un mindfulness practicado solo para “sentirse bien” o “ser más productivo”, argumentan, podría volverse una práctica superficial que no cuestiona las causas profundas del malestar ni promueve un cambio ético o social. Por ejemplo, David Forbes (2019)  observa que la versión secular de mindfulness, al carecer explícitamente de un fundamento moral, ha sido adoptada por corporaciones para reducir el estrés individual sin abordar las causas organizacionales de ese estrés, o incluso por militares para mejorar la efectividad en combate, usos que tradicionalmente chocarían con el propósito compasivo del budismo. Asimismo, se ha señalado la apropiación cultural : algunos líderes budistas ven con preocupación cómo símbolos o técnicas sagradas (como la imagen del Buda o la meditación misma) son trivializados en contextos comerciales, ilustrado por casos como imágenes publicitarias de Ronald McDonald meditando. No obstante, otros filósofos y practicantes defienden la legitimidad y valor de un mindfulness secular adaptado a la realidad contemporánea. Argumentan que es posible preservar la esencia transformadora  de la atención plena sin adherir a todo el sistema de creencias budista. De hecho, desde una postura de budismo secular , se sugiere que lo importante es que la práctica beneficie a las personas en su contexto actual, y que exigir la adopción completa de la cosmovisión budista podría ser una barrera innecesaria para muchos. Por ejemplo, el divulgador Stephen Batchelor aboga por un budismo laico donde mindfulness y otras técnicas se desprenden de elementos sobrenaturales o religiosos, enfocándose en aliviar el sufrimiento aquí y ahora. En una entrevista con Ted Meissner, se planteó que “si una persona con trasfondo religioso distinto no va a hacerse budista, ¿acaso no podría beneficiarse de un programa de mindfulness que le enseñe a ser más consciente y compasivo, aunque no incluya toda la filosofía budista?” . Desde esta perspectiva, llevar mindfulness a ámbitos como la psicoterapia, la educación o la medicina, sin el ropaje doctrinal, es visto como una forma de universalizar una herramienta útil  manteniendo su intención básica de reducir el sufrimiento y aumentar la conciencia. Claro está, ello no exime de reflexionar sobre la ética: muchos programas laicos de mindfulness han comenzado a reincorporar un énfasis en valores como la compasión, la gratitud y la interconexión, reconociendo que la atención plena óptimamente florece junto a un desarrollo ético. De hecho, algunos expertos señalan que mindfulness genuino conlleva intrínsecamente una actitud de no violencia y empatía , aunque no se presenten en términos religiosos. Otra línea filosófica interesante es el diálogo entre mindfulness y la filosofía occidental . Se han trazado paralelos con corrientes como el estoicismo (que también enseñaba ejercicios de atención al presente y manejo de juicios internos) o con la fenomenología de Husserl y Heidegger (por ejemplo, la noción de epoché  o suspensión del juicio de Husserl se asemeja a la actitud no enjuiciadora de mindfulness). Asimismo, se discute la aportación de mindfulness a la filosofía de la mente : cuestiona la idea de un “yo” sustancial, al evidenciar como el sujeto puede situarse en una posición de observador de sus propios pensamientos y emociones, reconociendo su naturaleza transitoria. Esto entronca con debates sobre el self  y la conciencia en filosofía: la experiencia de mindfulness sugiere que el sentido de yo es más un proceso cambiante que una entidad fija, idea que filósofos contemporáneos como Thomas Metzinger han explorado en términos de un “túnel del yo” creado por el cerebro. Por otro lado, la práctica de estar plenamente presente ha sido asociada con nociones de autenticidad y existencialismo  (por ejemplo, estar “despierto” a la realidad vs. vivir en la inautenticidad de la distracción constante). En el terreno de la ética, la atención plena secular conecta con enfoques de ética de la virtud: cultivar mindfulness puede verse como cultivar una disposición virtuosa de prudencia, templanza y compasión , cualidades que filósofos morales valoran independientemente del marco religioso. En definitiva, el enfoque filosófico nos recuerda que mindfulness no es solo una técnica utilitaria, sino que acarrea preguntas fundamentales: ¿qué significa estar consciente? ¿Podemos realmente liberarnos del sufrimiento solo con autoobservación? ¿Cuál es la relación entre mindfulness y nuestras nociones de identidad, libre albedrío y moralidad? El debate actual oscila entre quienes abogan por integrar más explícitamente los principios filosóficos  (como la comprensión de la interdependencia o la impermanencia) en los programas de mindfulness, y quienes prefieren mantenerlo libre de sistemas de creencias , presentándolo como un entrenamiento mental universal. Tal vez una posición integradora reconozca que, aunque la presentación sea secular, los practicantes pueden beneficiarse de conocer el trasfondo histórico-filosófico del mindfulness. Esto enriquecería su comprensión y podría prevenir malentendidos o reduccionismos. Como señala un experto: “el mindfulness contemporáneo es una amalgama de elementos originada dependientemente de múltiples fuentes” , tanto orientales como occidentales, y es útil tener una mirada amplia para comprenderlo en toda su profundidad. A medida que esta disciplina evoluciona, es probable que veamos una mayor convergencia entre ciencia y filosofía , estudiando la atención plena no solo en términos de resultados empíricos sino también de significado humano y propósito en la vida. Controversias, límites y desafíos actuales A pesar de la enorme popularidad y del abundante respaldo empírico que ha ganado el mindfulness, es esencial abordar con mirada crítica las controversias, limitaciones y desafíos  que enfrenta en la actualidad. Como todo fenómeno ampliamente difundido, mindfulness no está exento de detractores, debates éticos y cuestiones aún no resueltas en la investigación. A continuación, se examinan algunos de los puntos más discutidos: 1. “McMindfulness” y la desnaturalización comercial:  Una de las críticas más visibles proviene de la idea de McMindfulness , término que alude a la comercialización superficial  del mindfulness en economías capitalistas. Autores como Ron Purser (2019) sostienen que en muchos casos el mindfulness ha sido cooptado por lógicas de mercado, presentándose como una cura rápida para el estrés individual que ignora las raíces sociales o estructurales de ese estrés. Por ejemplo, en entornos corporativos se promocionan cursos de mindfulness para empleados agotados, enseñándoles a aceptar su estrés en lugar de cuestionar las cargas laborales excesivas o las prácticas organizacionales poco saludables. Desde esta perspectiva, el mindfulness “corporativo” terminaría sirviendo para adaptar  a los individuos a situaciones insanas en vez de empoderarlos para cambiarlas, actuando casi como un paliativo que reduce la motivación para la transformación social. Asimismo, se critica que la extracción del componente ético en la enseñanza secular de mindfulness abre la puerta a usos problemáticos . Por ejemplo, entrenamientos militares que mejoran la puntería o resistencia de soldados, o programas para directivos que buscan aumentar la productividad sin una reflexión ética, serían muestras de un mindfulness utilizado de modo egoico  o incluso contrario al espíritu compasivo original. Los críticos llaman a “re-eticalizar” el mindfulness, es decir, reintroducir en su enseñanza valores de conciencia social y compasión para evitar que se convierta en una herramienta de auto-optimización al servicio de cualquier fin. En el otro lado, defensores argumentan que la popularización inevitablemente trae versiones diluidas, pero que eso no invalida el potencial positivo: incluso un comienzo superficial puede llevar a personas a una práctica más profunda con el tiempo. En todo caso, la tensión entre fidelidad a la tradición  y adaptación secular  es un tema central en la comunidad mindfulness actual. 2. Calidad de la investigación y exageración de resultados:  En el ámbito científico, si bien hay consenso sobre que “mindfulness funciona”, también hay llamados a la prudencia respecto a cuán bien funciona y para qué . Varios metaanálisis y revisiones  han señalado limitaciones metodológicas en la literatura. Por ejemplo, muchos estudios iniciales carecían de grupos control adecuados (comparando con lista de espera en lugar de con otro tratamiento activo), lo que infló posiblemente las estimaciones de efecto. También se destaca el tamaño de muestra insuficiente  en bastantes ensayos, reduciendo la fiabilidad y generalización de los hallazgos. Otra preocupación es el sesgo de publicación : la espectacular expansión del tema pudo llevar a que estudios que encuentran resultados positivos tengan más probabilidad de publicarse que aquellos con resultados nulos, distorsionando la percepción global. De hecho, algunas revisiones más recientes han matizado conclusiones previas: por ejemplo, una revisión indicó que al compararse con controles activos adecuados, las diferencias entre intervenir con mindfulness y con otras técnicas (relajación, educación) a veces se diluyen. En áreas específicas como el rendimiento deportivo o cognitivo, se señala que la evidencia aún es inconsistente o de validez interna débil , impidiendo afirmaciones contundentes. Adicionalmente, existen dificultades en la medición de mindfulness : típicamente se usan cuestionarios de autoinforme (como el Mindful Attention Awareness Scale, Five Facet Mindfulness Questionnaire, etc.), pero se cuestiona si las personas pueden evaluar con precisión su grado de atención plena, o si estas escalas miden realmente lo mismo que la práctica meditativa busca cultivar. Esto es importante, porque algunos estudios correlacionales se basan en tales escalas para afirmar beneficios de “tener rasgo mindfulness”, cuando tal rasgo podría solaparse con rasgos de personalidad o estilo de afrontamiento ya conocidos. Por fortuna, la comunidad científica está consciente de estos retos y ya se están haciendo esfuerzos para elevar la rigurosidad : más estudios con asignación aleatoria, muestras más grandes, control de expectativas placebo, inclusión de seguimiento a largo plazo  (para ver si los efectos persisten meses/años después), y diseños que comparen mindfulness con terapias estándar para establecer ventajas relativas. También se investigan mecanismos de acción  con mayor precisión, para pasar de “sabemos que ayuda” a “sabemos cómo y por qué ayuda” (por ejemplo, explorando si la mejora en ansiedad se mediatiza por reducción de rumiación, aumento de reactividad parasimpática, etc.). Este desarrollo es necesario para consolidar a mindfulness dentro de la medicina basada en evidencia y definir mejor sus indicaciones óptimas. 3. Riesgos y “lado oscuro” de la meditación:  Aunque mindfulness se considera una práctica segura en general, ha emergido recientemente la necesidad de reconocer y estudiar posibles efectos adversos . Tradicionalmente, en el fervor de divulgar sus beneficios, se pasó por alto que no todas las experiencias con mindfulness son positivas . Sin embargo, reportes clínicos y encuestas empiezan a documentar que una minoría de practicantes pueden atravesar experiencias difíciles durante la meditación: aumento de ansiedad, episodios de pánico, recuerdos traumáticos intrusivos, despersonalización, insomnio, o empeoramiento de síntomas depresivos. Un estudio realizado por investigadores de University College London encontró que aproximadamente un 25% de las personas que meditan regularmente  han experimentado al menos un episodio particularmente desagradable relacionado con la meditación, como intensificación de ansiedad o emociones negativas intensas. Estos efectos suelen asociarse más con prácticas intensivas (por ejemplo, retiros silenciosos de varios días) y en personas con antecedentes de trauma o vulnerabilidad psicológica, pero también pueden ocurrir en contextos normales. En la tradición budista esto se conocía (se hablaba de dukkha nanas  o “etapas difíciles” en el progreso meditativo), pero la literatura científica apenas comienza a describirlo abiertamente para las versiones secularizadas. Como consecuencia, hoy se enfatiza la importancia de una supervisión adecuada : instructores bien entrenados que puedan detectar y manejar reacciones adversas, la selección cuidadosa de participantes en ciertos programas (por ejemplo, alguien con estrés postraumático severo podría necesitar apoyo psicoterapéutico adicional al hacer mindfulness), y la educación a los practicantes de que si bien el malestar inicial puede ser parte del proceso, no deben forzarse más allá de lo recomendable. El movimiento mindfulness está desarrollando protocolos para monitorear eventos adversos  en investigaciones, tal como se hace con fármacos, a fin de tener datos claros sobre incidencia y mitigación de estos riesgos. 4. Dilemas en contextos específicos (educación, salud, religión):  En la educación, hay cierta polémica en comunidades de padres y escuelas sobre si la enseñanza de mindfulness pudiera constituir una forma encubierta de introducir prácticas espirituales o religiosas en contextos laicos. Aunque los programas escolares son completamente seculares, algunos padres con convicciones religiosas (p. ej., cristianos conservadores) han cuestionado su implementación, percibiendo resonancias con el budismo o la “Nueva Era”. Esto ha llevado a la recomendación de presentar siempre el mindfulness en términos científicos y de habilidades de vida , destacando que no implica adherir a creencias ni rituales. En entornos de salud, un desafío es cómo integrar mindfulness en la atención convencional : por ejemplo, algunos médicos tradicionales recelan de prácticas mente-cuerpo; hace falta formación interdisciplinaria para que profesionales sanitarios comprendan su valor y limitaciones. Por otro lado, un desafío práctico es garantizar la calidad de los instructores : la explosión de demanda ha generado ofertas formativas de corta duración que tal vez no preparen suficientemente a los facilitadores, con el riesgo de aplicaciones pobremente guiadas que desacrediten la intervención. Organizaciones como el Mindfulness-Based Professional Training Institute  y similares están elaborando estándares y certificaciones para instructores, a fin de mantener un nivel de competencia adecuado. 5. Futuro e integración con otras disciplinas:  Entre los desafíos actuales también está el evitar el “aislamiento” del mindfulness como panacea. Los expertos sugieren que el camino no es oponer mindfulness a otras aproximaciones, sino integrarlo complementariamente . Por ejemplo, en psicoterapia se investiga la sinergia entre mindfulness y terapia cognitivo-conductual tradicional, mindfulness y terapia farmacológica (¿mejora la adherencia a medicación? ¿potencia efectos antidepresivos?), mindfulness y deporte (cómo combinarlo con ejercicios físicos para optimizar la reducción de estrés). Del lado tecnológico, surge la pregunta de hasta dónde aplicaciones móviles de mindfulness  pueden suplir la instrucción personal. Millones de usuarios emplean apps de meditación; si bien democratizan el acceso, se debate si su efectividad es similar a la de un curso presencial y qué riesgos de descontextualización conllevan (por ejemplo, una app no puede detectar si un usuario está entrando en una crisis de ansiedad). Investigaciones preliminares indican que las apps pueden ayudar a generar hábito en principiantes, pero en general muestran tasas de abandono altas y resultados variables, por lo que siguen siendo complemento más que reemplazo de programas estructurados. En conclusión, el panorama contemporáneo del mindfulness es complejo: junto con su consolidación como herramienta valiosa en muchos campos, existen voces críticas y obstáculos a superar. Reconocer abiertamente estos puntos débiles es señal de madurez en el campo, permitiendo mejoras continuas. El desafío principal es quizás mantener la integridad de la práctica en medio de su masificación : que la esencia transformadora del mindfulness (fomentar mayor conciencia, equilibrio y compasión) no se diluya al convertirlo en un producto más en la sociedad del consumo. Para ello, la comunidad de profesionales e investigadores está llamada a fomentar una cultura de práctica ética, basada en evidencia, con rigor y humildad científica, y con sensibilidad a los contextos culturales donde se aplica. Solo así el mindfulness podrá evitar ser una moda pasajera y afirmarse como un legado valioso, una “conciencia plena” colectiva que nos ayude a navegar los retos humanos con más lucidez y humanidad. Conclusiones El recorrido por las distintas perspectivas –psicológica, neurocientífica, clínica, educativa y filosófica– nos muestra que el mindfulness es un fenómeno multidimensional , cuyo estudio y aplicación abarcan desde los niveles neurales más básicos hasta las consideraciones existenciales más profundas. Como concepto y práctica, mindfulness ha trascendido sus orígenes monásticos en el budismo antiguo para integrarse en la ciencia y la cultura contemporánea, generando un diálogo fértil entre Oriente y Occidente. La psicología  lo entiende como una habilidad cognitivo-emocional entrenable que mejora la atención y la regulación afectiva, y ha validado su impacto positivo en la salud mental. Las neurociencias  han aportado evidencia tangible de que la mente entrenada en atención plena moldea al cerebro, fortaleciendo conexiones y áreas asociadas al control atencional y la ecuanimidad emocional, aunque advierten contra simplificaciones reduccionistas. En el ámbito clínico , mindfulness se ha establecido como una intervención complementaria y a veces central en diversos tratamientos, desde la reducción del estrés hasta la prevención de recaídas depresivas, con resultados alentadores pero no exentos de limitaciones y la necesidad de investigaciones más rigurosas. En la educación , la atención plena promete contribuir a formar estudiantes y docentes más conscientes, resilientes y empáticos, apuntando a una visión de la educación integral que abarca la mente y el carácter, si bien se requiere seguir afinando métodos y evaluando su impacto a largo plazo. Desde la mirada filosófica , mindfulness nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la conciencia y el bienestar genuino, recordándonos que su propósito original trasciende la mera reducción de síntomas: busca una transformación en la forma de relacionarnos con nuestra experiencia, con los demás y con el mundo. A la luz de todas estas perspectivas, podemos afirmar que el mindfulness funciona mejor como un campo interdisciplinar , donde cada enfoque enriquece a los otros. La psicología y la neurociencia proporcionan un entendimiento mecanicista y validación empírica; la filosofía y la herencia budista aportan contexto, significado y anclaje ético; la práctica clínica y educativa permiten verificar su aplicabilidad en la vida real y adaptar la enseñanza a las necesidades humanas concretas. Integrando estas visiones, comprendemos que mindfulness no es simplemente una técnica de moda, sino un concepto complejo que encarna un puente entre ciencia y contemplación , entre la autorrealización individual y la sabiduría perenne sobre la mente. No obstante, también queda claro que el mindfulness no está libre de desafíos. La investigación debe continuar refinando qué intervenciones funcionan para quién y cómo maximizar sus beneficios de manera segura. Los profesionales tienen la responsabilidad de enseñar mindfulness con fidelidad y profundidad, evitando trivializarlo. La sociedad en general ha de acoger la atención plena no solo como herramienta de productividad o alivio rápido, sino como una oportunidad para cultivar mayor presencia y humanidad en medio de vidas aceleradas. En última instancia, el espíritu del mindfulness nos invita a “parar y darnos cuenta”  – parar la inercia y darnos cuenta de la experiencia presente. Aplicado a nivel colectivo, quizá ello signifique detenernos a replantear estilos de vida, prioridades y valores. Si la popularidad del mindfulness logra canalizarse hacia un aumento de la conciencia y la compasión en nuestra cultura, habrá honrado sus múltiples raíces y cumplido su promesa más esencial. Como conclusión, mindfulness se revela no solo como un objeto de estudio académico, sino como un arte de vivir conscientemente  en un mundo que, más que nunca, necesita atención plena a sí mismo.

  • Incapacidad Laboral Temporal (ILT) y salud mental en España

    La incapacidad laboral temporal (ILT) , también llamada incapacidad temporal (IT), es la situación en la que un trabajador se ve imposibilitado para trabajar de forma temporal  debido a una enfermedad o lesión. Legalmente, la Ley General de la Seguridad Social (LGSS)  define la IT como las situaciones de enfermedad común o profesional, o de accidente (laboral o no), que impiden trabajar mientras el empleado recibe asistencia sanitaria, con una duración máxima de 365 días prorrogables por 180 días adicionales si se prevé su curación. En otras palabras, la ILT supone una suspensión temporal del trabajo por motivos de salud , durante la cual el trabajador tiene derecho a una prestación económica que sustituye su salario perdido. Esta prestación es gestionada por la Seguridad Social (a través del Instituto Nacional de la Seguridad Social, INSS, o las mutuas colaboradoras) y cubre tanto contingencias comunes  (enfermedades comunes y accidentes no laborales) como contingencias profesionales  (accidente de trabajo o enfermedad profesional). Por ejemplo, en caso de enfermedad común la prestación equivale al 60% de la base reguladora desde el día 4 al 20 de baja y al 75% desde el día 21 en adelante (en accidentes de trabajo o enfermedades profesionales es el 75% desde el día siguiente al de la baja). La ILT dura hasta que el trabajador recibe el alta médica o agota el plazo máximo , tras lo cual podría evaluarse una incapacidad permanente si persisten secuelas. Recientemente, el marco legal de la ILT se ha ampliado para incluir supuestos especiales, como las bajas por menstruación incapacitante, interrupción del embarazo o las últimas semanas de gestación, reconociendo así nuevas causas de incapacidad temporal vinculadas a la salud de la mujer. En suma, la ILT constituye un mecanismo de protección del trabajador y está regulada por la normativa de Seguridad Social, garantizando su sustento económico mientras está temporalmente inhabilitado para trabajar por razones médicas . Evolución de la incapacidad temporal en los últimos años (2018–2024) En los últimos años, el número de bajas laborales por IT en España ha crecido de forma notable , alcanzando cifras récord en el período reciente. Cada año se tramitan varios millones de procesos de incapacidad temporal; antes de la pandemia de COVID-19 esta cifra rondaba entre 4 y 5 millones anuales. Ya en 2018–2019 se observaba una tendencia al alza  vinculada a la expansión económica (más empleo implica más trabajadores expuestos a bajas). Sin embargo, la irrupción de la pandemia supuso un punto de inflexión : en 2020 se dispararon las bajas debido a las cuarentenas y contagios masivos de COVID-19. Durante los meses más duros de la pandemia, miles de trabajadores debieron ausentarse por infección o por aislamiento preventivo, elevando de forma extraordinaria las estadísticas de ILT. Tras ese pico inicial, en 2021 la incidencia bajó ligeramente  conforme mejoró la situación sanitaria, aunque se mantuvo por encima de niveles prepandemia. El año 2022 marcó de nuevo un máximo histórico  en procesos de IT, impulsado en parte por la ola de Ómicron  a comienzos de ese año. Según datos de la Seguridad Social recopilados por el Observatorio de la mutua Asepeyo, en 2022 se registraron alrededor de 6,88 millones de procesos de incapacidad temporal , un 34,6% más que en 2021. Esta cifra supuso un récord absoluto hasta ese momento, con una media mensual de más de 570.000 bajas activas. Para ponerlo en contexto, la proporción de trabajadores de baja  también ha aumentado: en 2019 aproximadamente el 2,7% de los ocupados estaban de baja en un momento dado, mientras que en 2024 el porcentaje subió al 4,4%. Factores estructurales como el envejecimiento de la población activa  (que aumenta dolencias crónicas), la mejora del mercado laboral  (más afiliados que pueden coger bajas) y posibles cambios sociales  en la concepción del trabajo han contribuido a este incremento. Además, tras la pandemia se observan secuelas en la salud de los trabajadores , con mayor prevalencia de problemas tanto físicos como psicológicos, lo que también eleva el absentismo por enfermedad.   Gráfico 1: Evolución anual del número de procesos de incapacidad temporal en España (2018–2023). Se aprecia un fuerte aumento en 2020 por la pandemia, una leve corrección en 2021 y nuevos máximos en 2022–2023. Observatorio Asepeyo (2023). Informe de resultados: Incapacidad temporal por contingencias comunes. A finales de 2023 y 2024, la tendencia se mantiene en cotas altas. De hecho, el año 2023 volvió a marcar un récord en prevalencia de bajas laborales comunes , con 53,3 procesos de IT por cada 1.000 trabajadores protegidos. Aunque en 2023 ya no hubo confinamientos ni cuarentenas generalizadas, el nivel de bajas se sostuvo elevado por el retorno a la normalidad productiva (más personas trabajando) combinado con el impacto acumulado de la crisis sanitaria en la salud. En 2024 los datos preliminares indican que la incidencia de IT continuó alta, en niveles similares o ligeramente superiores a los del año previo. En resumen, entre 2018 y 2024 España ha visto un aumento sustancial del absentismo por incapacidad temporal , con un punto de inflexión marcado por la pandemia. De un escenario relativamente estable antes de 2020 se pasó a máximos históricos en los años posteriores, lo que ha encendido la alerta sobre los costes socioeconómicos asociados. Autoridades como el Banco de España señalan que el gasto anual en prestaciones por IT en 2024 rondó el 1% del PIB, habiendo crecido alrededor de un 0,3% del PIB desde 2019 (uno de los mayores incrementos de la UE en este periodo). Este fenómeno complejo se debe a múltiples causas : desde las olas de COVID-19 hasta factores demográficos y laborales ya mencionados, sin ignorar aspectos como la sobrecarga de la atención primaria (que puede alargar las bajas) o el aumento de riesgos psicosociales  en el trabajo (estrés, ansiedad), de los cuales hablaremos más adelante. Principales causas de incapacidad temporal y su evolución Al analizar las causas principales de las bajas laborales , se distinguen varias categorías médicas de gran peso en la IT. Tradicionalmente, las enfermedades del aparato musculoesquelético  han sido la primera causa de baja en España – por ejemplo, dolores lumbares, lesiones osteoarticulares, tendinitis y otros trastornos músculo-esqueléticos vinculados muchas veces a trabajos físicos o posturas mantenidas. Este grupo representa aproximadamente un tercio de las incapacidades temporales : en 2022, las dolencias musculoesqueléticas sumaban cerca del 30% de los casos de baja registrados, manteniéndose como el conjunto diagnóstico más frecuente. Le siguen de cerca las enfermedades del aparato respiratorio e infecciosas , que combinadas también rondaron otro tercio de las bajas en 2022. En los años de la pandemia, este grupo (que incluye gripes, otras infecciones respiratorias y por supuesto la COVID-19) cobró aún más protagonismo: solo la COVID llegó a generar cerca del 28–30% de todas las bajas en algunos momentos de 2020–2022. Fuera ya del contexto pandémico, las infecciones respiratorias agudas siguen siendo causa habitual de ausencias de corta duración (catarros, bronquitis, gastroenteritis, etc.), especialmente en los meses invernales. Otra categoría importante son los “síntomas y trastornos mal definidos”  (malestar general, fatiga, cefaleas, etc.), que constituyen una proporción nada despreciable de las bajas cortas. Por ejemplo, en 2022 este grupo de síntomas inespecíficos representó en torno al 13% de los procesos de IT comunes (incluyendo muchos cuadros leves que no encajan en diagnósticos concretos). Por su parte, los traumatismos y lesiones accidentales no laborales  (p. ej. caídas domésticas, lesiones deportivas) suponen alrededor de un 5–10% de las bajas, mientras que otras enfermedades como las digestivas, cardiovasculares o neoplasias tienen individualmente un peso menor en el total de procesos.   Gráfico 2: Distribución porcentual de las bajas por incapacidad temporal por principales causas médicas  (España, 2022, solo contingencias comunes). “Otros” agrupa diversos diagnósticos menos frecuentes (lesiones traumatológicas, patologías digestivas, circulatorias, etc.). Se observa que los trastornos musculoesqueléticos constituyen la mayor proporción de bajas (casi una quinta parte), seguidos de cerca por las enfermedades respiratorias e infecciosas. Las bajas por trastornos mentales ocupan aún un porcentaje menor del total, aunque, como veremos, esta proporción ha ido en aumento en los últimos años. Observatorio Asepeyo (2023). Informe de resultados: Incapacidad temporal por contingencias comunes. En la gráfica anterior se aprecia que en 2022 las patologías musculoesqueléticas  (TME) suponían aproximadamente el 19% de los nuevos procesos de baja común, las enfermedades respiratorias  el 17%, los trastornos infecciosos  el 12%, y los síntomas/malestares inespecíficos  un 13%, quedando otros diagnósticos diversos (digestivos, circulatorios, etc.) en conjunto alrededor de un 33%. Un caso particular son los trastornos mentales y del comportamiento , que en 2022 representaban en torno al 6–11% de las bajas , dependiendo de la fuente y la clasificación. Conviene señalar que en ese año la proporción de bajas por motivos psicológicos se vio “diluida” por el efecto COVID (muchos procesos por contagios), pero aun así las estadísticas oficiales los situaban aproximadamente en un 8% del total de procesos iniciados. En cualquier caso, los problemas musculoesqueléticos  y los problemas de salud mental  destacan no solo por su frecuencia, sino también por su duración: ambas son causas que tienden a generar bajas más prolongadas que el promedio. Las dolencias osteomusculares graves (como hernias discales o lesiones de espalda) a menudo requieren periodos de recuperación largos, y en el caso de las patologías psiquiátricas ocurre algo similar o incluso acentuado, como detallaremos a continuación. El creciente peso de la salud mental en las bajas laborales En los últimos años ha cobrado especial relevancia el aumento de las bajas por trastornos de salud mental  (depresión, ansiedad, trastorno de estrés, burnout , etc.). Aunque partían de valores absolutos menores en comparación con otras causas, las incapacidades temporales atribuidas a problemas mentales han registrado un fuerte crecimiento . Según datos oficiales, España batió en 2023 su récord histórico de bajas relacionadas con trastornos mentales y del comportamiento, con casi 600.000 procesos de IT por motivos de salud mental en 2023 . Esta cifra supone un incremento del 13,6%  respecto al año anterior y más del doble  de las registradas siete u ocho años antes. De hecho, en 2016 se contabilizaban alrededor de 284.000 bajas por trastornos mentales, mientras que en 2023 se superaron las 600.000. La tendencia, por tanto, es marcadamente ascendente.   Gráfico 3: Evolución del número de procesos de IT iniciados por trastornos mentales  (2018–2023). Se observa una subida moderada hasta 2019, un leve descenso en 2020 (en plena pandemia, cuando otras causas dominaron las bajas) y un fuerte crecimiento a partir de 2021. En 2023 se alcanzan alrededor de 600 mil procesos de baja por motivos de salud mental en el año. Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones , a través de datos divulgados por la prensa y entidades especializadas. Este aumento de las bajas psicológicas también se refleja en su peso porcentual dentro del total de incapacidades temporales . Antes de la pandemia, la proporción de bajas por motivos de salud mental era relativamente baja: por ejemplo, en 2019 representaban alrededor del 5,8% de todos los procesos . En cambio, según cifras del Ministerio de Inclusión y Seguridad Social, en 2023 las bajas por trastornos mentales ya supusieron cerca del 8% del total de procesos de IT  iniciados en el año. Dicho de otro modo, aproximadamente 8 de cada 100 bajas laborales fueron ocasionadas por problemas de depresión, ansiedad, estrés u otras condiciones psicológicas en 2023, cuando apenas eran 5–6 de cada 100 antes de 2020. Los sindicatos y expertos señalan, además, que podría haber infradiagnóstico : muchos casos de malestar psíquico pueden encubrirse bajo diagnósticos de otra índole (como fatiga o dolores inespecíficos) por el estigma, o simplemente no llegan a causar baja pese al sufrimiento del trabajador. Aun así, las estadísticas confirman la tendencia al alza . La Confederación de Salud Mental de España destaca que el número de bajas por trastornos mentales ha venido creciendo paralelamente al absentismo general desde el inicio del nuevo ciclo económico post-crisis, y especialmente tras la pandemia. No solo son más frecuentes, sino que las bajas por problemas psicológicos suelen prolongarse más que las demás . En promedio, una incapacidad temporal motivada por trastornos mentales dura más del doble  que una baja común promedio. Por ejemplo, en el año 2023 una baja por trastorno mental tuvo una duración media en torno a 65 días , frente a unos 28 días  de media para el conjunto de otras patologías. Las cifras de las mutuas corroboran esta diferencia: Asepeyo indicó que en 2022 las patologías psiquiátricas fueron las de mayor duración media , con 134 días de baja por caso  (muy por encima de, por ejemplo, las bajas musculoesqueléticas, que promediaban entre 79 y 119 días). Esto se debe a la propia naturaleza de muchos trastornos mentales, que pueden cronificarse o requerir terapias prolongadas, así como a la dificultad de lograr una recuperación total si persisten las condiciones de estrés en el entorno laboral. En consecuencia, aunque las bajas por salud mental aún no sean la causa más numerosa, su impacto en términos de días no trabajados es significativo  (se estima que concentran en torno al 16% de todos los días de baja en España). Las razones detrás de este fenómeno son objeto de análisis. Especialistas en salud laboral señalan factores como el estrés crónico en el trabajo , la falta de equilibrio entre vida profesional y personal, la hiperconexión digital  ( tecnoestrés ), el miedo a la inestabilidad laboral, e incluso las secuelas emocionales de la pandemia, como detonantes del aumento de trastornos mentales entre trabajadores. Los colectivos más afectados por estas bajas psicológicas son, según UGT, las mujeres  y los jóvenes  (de 16 a 35 años), grupos que acumulan un mayor número de procesos de salud mental. Sectores profesionales con alta exigencia emocional o contacto con público –sanidad, educación, servicios sociales, atención al cliente, etc.– también presentan incidencias mayores de bajas por ansiedad o depresión. A pesar de ello, prácticamente ninguna de estas bajas se reconoce como derivada de contingencia profesional  (accidente de trabajo), ya que la legislación laboral española no contempla explícitamente los trastornos mentales de origen laboral como enfermedad profesional en la mayoría de los casos. Esto implica que casi todas se tramitan como enfermedad común, a pesar de que el origen del problema pueda estar en las condiciones de trabajo. En resumen, la ILT por motivos de salud mental  se ha convertido en una preocupación creciente en España. Su proporción se ha incrementado de forma sostenida  en los últimos años (duplicándose aproximadamente desde 2016), lo que evidencia una mayor visibilidad de los problemas psicológicos en el ámbito laboral. Si bien esto puede indicar un aumento real de patologías mentales entre la población trabajadora (agravado por la crisis del COVID-19 y otros estresores), algunos expertos sugieren que también podría reflejar una mayor concienciación y menor estigma : es posible que hoy más personas busquen ayuda profesional y opten por la baja médica ante síntomas de depresión o ansiedad que antes habrían sufrido en silencio. Sea como fuere, las administraciones públicas están tomando nota. El Ministerio de Seguridad Social ha planteado medidas como flexibilizar las reincorporaciones progresivas  tras una baja por trastorno mental, para facilitar el regreso al trabajo sin recaídas. Asimismo, se insiste en la importancia de la prevención de riesgos psicosociales  en las empresas –evaluar cargas de trabajo, clima laboral, acoso, etc.– para atajar el problema en su origen. Organismos internacionales como la OMS y la OIT subrayan que promover entornos de trabajo saludables y apoyar el bienestar mental de los empleados no solo es un imperativo de salud pública, sino que redunda en mayor productividad y cohesión social. La evolución de la ILT en España, por tanto, nos lanza un doble mensaje: proteger la salud física de los trabajadores sigue siendo crucial, pero la salud mental demanda cada vez más atención  en el mundo laboral actual. Fuentes:  Datos oficiales del Instituto Nacional de la Seguridad Social y Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones; Informes del Observatorio de las Mutuas (Asepeyo, FREMAP) sobre absentismo e incapacidad temporal; Instituto Nacional de Estadística (INE); Banco de España (Informe Anual 2024); Confederación SALUD MENTAL España; Medios de comunicación con información verificada (ABC, El Periódico , Newtral , Infobae , etc.).

  • Los nuevos empleos que se crearán con la Inteligencia artificial, según el NYT

    Grok El artículo del New York Times Magazine , titulado “A.I. Might Take Your Job. Here Are 22 New Ones It Could Give You”  (publicado el 17 de junio de 2025), aborda el impacto de la inteligencia artificial en el mercado laboral desde una perspectiva menos alarmista que la habitual. En lugar de centrarse únicamente en los empleos que la IA podría destruir, el texto se propone explorar qué nuevas profesiones podrían surgir como consecuencia directa del auge de esta tecnología. La tesis del artículo es que, aunque muchas ocupaciones tradicionales corren el riesgo de ser automatizadas, al mismo tiempo están emergiendo o podrían emerger decenas de nuevos perfiles profesionales en los que los seres humanos seguirán siendo no solo necesarios, sino insustituibles. La reflexión parte del reconocimiento de que la IA tiene una capacidad impresionante para automatizar tareas cognitivas complejas, desde redactar correos electrónicos hasta generar código o realizar análisis de datos. Sin embargo, los autores sostienen que hay tres ámbitos en los que la presencia humana seguirá siendo clave: la confianza, la integración y el estilo. En el primer ámbito, se enmarcan los trabajos dedicados a validar, auditar y supervisar el comportamiento de los sistemas de inteligencia artificial. En el segundo, se necesitan perfiles capaces de aplicar la IA a problemas concretos, entendiendo tanto el funcionamiento de la tecnología como las necesidades del mundo real. En el tercero, se valoran las cualidades humanas más difíciles de replicar por máquinas, como el gusto, el juicio ético y la sensibilidad estética, especialmente en productos que deben interactuar con personas. Sobre esta base conceptual, el reportaje describe veintidós posibles nuevos roles laborales, algunos de los cuales ya existen de manera incipiente. Por ejemplo, el “entrenador de IA” se encarga de perfeccionar los modelos mediante la curación de datos y la retroalimentación continua, mientras que el “evaluador de resultados” audita que las decisiones de la IA sean justas, verificables y no discriminatorias. También se menciona el trabajo del “director de personalidad de IA”, que diseña el tono, la voz y la actitud con la que los sistemas de inteligencia artificial conversan con los usuarios. Otro rol emergente es el del “optimizador de cumplimiento farmacéutico”, cuya tarea sería asegurarse de que los sistemas de IA empleados en el desarrollo de medicamentos respeten estrictamente las regulaciones y normas éticas. El artículo contextualiza estas propuestas con datos recientes del Foro Económico Mundial y de expertos en política tecnológica. Se recuerda que, según algunas estimaciones, la IA podría eliminar alrededor de 85 millones de empleos, pero crear hasta 163 millones, lo que resultaría en un saldo positivo. No obstante, se advierte que esta proyección es optimista y depende en gran medida de políticas públicas adecuadas y de una transformación profunda de los sistemas educativos. Los nuevos empleos que se avecinan serán, en general, más cualificados, lo que implica una necesidad urgente de reconversión laboral y adquisición de nuevas competencias por parte de la fuerza de trabajo actual. Estos serían los nuevos trabajos: I. Roles centrados en la confianza  (garantizar que la IA sea ética, segura y responsable) Auditor de decisiones de IA (A.I. auditing professional) Evalúa las salidas de los sistemas de IA para verificar su equidad, transparencia y cumplimiento normativo. Especialista en evaluación de IA (A.I. assessment specialist) Desarrolla y aplica criterios para medir la calidad, precisión y confiabilidad de los sistemas de IA. Gestor de cumplimiento algorítmico (Algorithm compliance officer) Supervisa que los algoritmos cumplan con regulaciones éticas, legales y sectoriales. Supervisor de sesgos (Bias buster) Identifica, mitiga y corrige sesgos de datos o de entrenamiento en modelos de IA. Inspector de trazabilidad (Explainability analyst) Se asegura de que las decisiones de los modelos sean interpretables por humanos, especialmente en sectores como sanidad o justicia. II. Roles centrados en la integración  (acoplar la IA a contextos humanos y reales) Integrador de IA (Integration specialist) Profesional que traduce las necesidades de un negocio o institución en soluciones técnicas basadas en IA. Ingeniero de sistemas híbridos humano-máquina (Human-A.I. interaction designer) Diseña entornos donde humanos e inteligencias artificiales colaboran de forma eficaz. Curador de datos (Data curator) Selecciona y organiza datos relevantes, éticos y de calidad para el entrenamiento de modelos. Traductor de lenguaje natural especializado en IA (Prompt engineer) Redacta entradas o instrucciones (prompts) óptimas para obtener respuestas útiles de modelos de lenguaje. Especialista en recuperación del fallo (A.I. red-teamer) Simula fallos o abusos del sistema para evaluar vulnerabilidades, especialmente en ciberseguridad. Arquitecto de decisiones (Decision architect) Diseña sistemas de toma de decisiones donde la IA colabore o complemente a los humanos sin sustituirlos del todo. III. Roles centrados en el estilo y la dirección  (dar forma estética, emocional o ética a la IA) Director de personalidad de IA (A.I. personality designer) Define el “carácter” de los bots conversacionales: su tono, estilo, valores y forma de expresión. Entrenador de IA emocional (Emotion trainer) Ajusta los modelos para reconocer y responder adecuadamente a emociones humanas. Director narrativo de IA (A.I. narrative strategist) Supervisa que los textos generados por IA mantengan coherencia narrativa y estilo adecuados. Diseñador de experiencias inmersivas con IA (Immersive experience designer) Crea entornos narrativos, educativos o de ocio con IA como actor clave (por ejemplo, en videojuegos, VR o terapias). Consultor de ética aplicada a IA (A.I. ethicist) Integra principios filosóficos y jurídicos en el diseño y desarrollo de soluciones con IA. Curador artístico de contenidos generados por IA (Generative content curator) Elige, clasifica y edita imágenes, textos o música creados por IA para su difusión pública o comercial. IV. Otros roles especializados o sectoriales Optimizador de cumplimiento farmacéutico (Drug-compliance optimizer) Asegura que los sistemas de IA en el sector biofarmacéutico cumplan las normas regulatorias. Mediador cultural hombre-máquina (A.I. cultural translator) Adapta las respuestas o contenidos generados por IA a sensibilidades culturales locales. Coach de carrera para transiciones laborales post-IA (Job-transition coach) Ayuda a trabajadores desplazados por la automatización a reconvertirse profesionalmente. Evaluador humano en el bucle (Human-in-the-loop evaluator) Actúa como control humano para revisar decisiones automatizadas en tiempo real. Diseñador de rituales tecnológicos (Tech-ritual designer) Crea experiencias simbólicas que humanicen la relación entre usuarios y tecnología. Estos nuevos empleos son todavía especulativos en parte, pero reflejan una visión más constructiva del futuro laboral. En lugar de ver la IA como una amenaza absoluta, el artículo invita a imaginar cómo puede potenciar nuestras capacidades y generar nuevos espacios para la creatividad, la supervisión ética y la colaboración humano-máquina. Si bien es comprensible el temor ante la disrupción provocada por la inteligencia artificial, también es cierto que la historia de la tecnología muestra una constante: por cada transformación que elimina ciertos empleos, aparecen otros que requieren nuevas habilidades. El reto no es frenar el avance de la IA, sino preparar a las personas para participar activamente en la creación, supervisión y orientación de estas nuevas tecnologías. La revolución que está en marcha no es solo técnica, sino profundamente humana. La clave del futuro laboral, según el reportaje, no será competir con la IA, sino aprender a trabajar con ella, aportando precisamente aquello que las máquinas aún no pueden replicar: juicio ético, sensibilidad, creatividad y sentido de la responsabilidad.

  • La diferencia entre un informe clínico y uno pericial

    Grok En el ámbito de la medicina y la psicología, los informes escritos cumplen una función esencial en la comunicación profesional, en la toma de decisiones diagnósticas y terapéuticas, y en el entorno legal o administrativo. Dos de los documentos más relevantes y a menudo confundidos son el informe clínico y el informe pericial. Aunque ambos pueden ser redactados por profesionales sanitarios y utilizar terminología médica o psicológica, se diferencian de manera fundamental en su propósito, destinatario, estructura y consecuencias jurídicas. Comprender estas diferencias es crucial tanto para los profesionales como para las instituciones que utilizan estos documentos. El informe clínico es un documento cuya finalidad principal es asistir en la atención sanitaria de un paciente. Es redactado por un profesional asistencial, como un médico o psicólogo clínico, con el objetivo de describir el estado de salud del paciente, los procedimientos diagnósticos realizados, los tratamientos aplicados y la evolución observada. Su lenguaje es técnico, pero está orientado hacia la comunicación entre profesionales de la salud que participan en el seguimiento del paciente. El informe clínico puede incluir antecedentes médicos, motivo de consulta, exploración física o mental, diagnóstico, pronóstico y plan terapéutico. Su valor está en su utilidad para la asistencia sanitaria, y su contenido puede formar parte de la historia clínica del paciente, con las obligaciones de confidencialidad y deontología que ello implica. En contraste, el informe pericial tiene una finalidad eminentemente jurídica y no asistencial. Se elabora a petición de una autoridad judicial, de un abogado o de una compañía aseguradora, con el objetivo de ofrecer una opinión técnica sobre hechos que son objeto de un procedimiento legal. El perito, que puede ser un médico forense, un psiquiatra legal, un psicólogo forense u otro profesional con conocimientos especializados, actúa como auxiliar del juez. Su deber principal no es proteger los intereses de una de las partes, ni asistir clínicamente al evaluado, sino proporcionar una valoración objetiva e imparcial basada en sus conocimientos científicos. La persona evaluada no es un “paciente” en el sentido clínico, sino un “evaluado”, y la relación que se establece es de naturaleza pericial, sin fines terapéuticos. Por esta razón, el consentimiento informado en el contexto pericial no implica una aceptación de tratamiento, sino un reconocimiento de los límites de confidencialidad y del objeto del examen. El contenido del informe pericial difiere también del informe clínico en su estructura argumentativa. Aunque puede contener antecedentes clínicos y datos exploratorios, su núcleo reside en la formulación de conclusiones periciales que responden a las preguntas jurídicas planteadas: por ejemplo, si una persona es imputable, si tiene capacidad para obrar, si existe relación causal entre un daño y un acontecimiento, o si se cumplen los requisitos legales para una discapacidad. Estas conclusiones deben estar claramente fundamentadas y expresadas en un lenguaje comprensible para operadores jurídicos no sanitarios, lo que implica una doble traducción: desde lo clínico a lo jurídico y desde lo técnico a lo inteligible. Además, mientras que el informe clínico suele tener un estatus confidencial protegido por el secreto profesional, el informe pericial se presenta en un procedimiento legal, pudiendo ser conocido por todas las partes y ser objeto de contradicción. El profesional que redacta un informe clínico no tiene, en principio, la obligación de comparecer ante un tribunal para defender su contenido, mientras que el perito puede ser citado a declarar en juicio oral y debe estar preparado para responder a preguntas de jueces, fiscales y abogados, incluso bajo juramento. Finalmente, las consecuencias prácticas de ambos documentos son muy distintas. El informe clínico sirve de base para la asistencia médica y puede tener importancia administrativa, por ejemplo, en la tramitación de bajas laborales o tratamientos específicos. El informe pericial, en cambio, puede ser determinante en una resolución judicial, en decisiones sobre la libertad de una persona, en la determinación de una indemnización o en la declaración de incapacidad civil o laboral. En resumen, aunque ambos tipos de informes pueden utilizarse en contextos donde se examina la salud física o mental de una persona, su diferencia fundamental radica en la función que cumplen: el informe clínico orientado al cuidado del paciente y el informe pericial destinado a responder a cuestiones legales desde un enfoque técnico. Esta distinción no solo es conceptual, sino también ética y práctica, y debe ser cuidadosamente respetada por los profesionales que los elaboran y por las instituciones que los solicitan.

  • El informe pericial psiquiátrico como texto argumentativo

    Tomado de Grok ¿Qué es un texto argumentativo? En el vasto universo de los géneros discursivos, el texto argumentativo ocupa un lugar central en la comunicación racional y crítica. Desde los debates políticos hasta los artículos de opinión, pasando por los ensayos académicos y los discursos judiciales, argumentar es una forma esencial de interactuar en sociedad. Pero ¿Qué es un texto argumentativo?, ¿Cómo se construye eficazmente? En este post intentaré responder a estas preguntas, desentrañando tanto la naturaleza del texto argumentativo como las claves prácticas para su elaboración rigurosa y persuasiva. Un texto argumentativo es aquel cuya finalidad principal es defender una tesis o idea mediante argumentos , con el objetivo de convencer o persuadir a un lector o audiencia. A diferencia del texto expositivo, que busca informar, el argumentativo exige una postura activa del autor, quien debe adoptar una posición frente a un tema controvertido o debatible. La argumentación implica necesariamente la existencia de un conflicto potencial: un desacuerdo real o imaginado que justifica la necesidad de ofrecer razones, datos y ejemplos. En este sentido, el texto argumentativo no sólo comunica información, sino que también intenta influir en la opinión, el juicio o el comportamiento  del destinatario. El informe pericial como texto argumentativo En el contexto jurídico y técnico-científico, el informe pericial es un documento que cumple una función esencial: aportar al órgano judicial o a las partes una opinión fundada, experta y razonada sobre cuestiones que requieren conocimientos especializados. Aunque a menudo se percibe como un texto técnico o descriptivo, su verdadera esencia es la de un texto argumentativo. El informe pericial no se limita a enumerar datos, sino que sostiene una tesis—una conclusión pericial—mediante un razonamiento lógico sustentado en la experiencia profesional, la metodología científica y la evidencia empírica. En este ensayo se explora la naturaleza argumentativa del informe pericial, su estructura discursiva, el modo en que se construye su credibilidad, y las implicaciones que ello tiene para su redacción, análisis y valoración en el proceso judicial. Para comprender por qué el informe pericial es un texto argumentativo, es necesario recordar qué caracteriza a este tipo de textos. Todo texto argumentativo tiene como objetivo principal defender una tesis o conclusión frente a un lector potencialmente escéptico o indeciso, ofreciendo razones, pruebas y criterios de validez que la hagan aceptable. Esta estructura dialógica subyacente está también presente en el informe pericial: el perito propone una conclusión experta (por ejemplo, que una persona padece un trastorno que afecta su capacidad de tomar decisiones), y debe justificarla ante un destinatario que no tiene la obligación de aceptar dicha conclusión sin más. El juez, el fiscal, el abogado o incluso otro perito designado por la parte contraria pueden interrogar, cuestionar o rechazar dicha opinión. Así, el informe pericial se inserta en una dinámica dialéctica, en la que la calidad de la argumentación es clave para su eficacia. La tesis del informe pericial suele ser implícita en su estructura formal. En lugar de aparecer como una afirmación subjetiva o voluntarista, emerge al final de un proceso lógico, fundamentado en observaciones técnicas, evaluaciones clínicas o experimentos reproducibles. Por ejemplo, en un informe de valoración de daño psíquico tras un accidente, la conclusión de que existe un trastorno adaptativo con relación causal al evento traumático no es una mera opinión personal, sino el resultado de un razonamiento que parte de la anamnesis, continúa con la observación clínica, se apoya en pruebas psicométricas validadas, y concluye en una inferencia diagnóstica con valor legal. Esta tesis requiere ser defendida con argumentos sólidos, dado que en muchos casos habrá informes periciales contrapuestos o intereses en conflicto. La argumentación del informe pericial se desarrolla en una estructura textual que, aunque varía según la jurisdicción o el campo profesional, suele contener al menos tres grandes momentos: la exposición del encargo y la metodología, la presentación y análisis de los datos relevantes, y la formulación de las conclusiones. Esta estructura responde a una lógica de justificación: primero se delimita el objeto pericial (por ejemplo, determinar la capacidad laboral de un sujeto o su imputabilidad penal), luego se describen los procedimientos utilizados y se analizan los resultados obtenidos, y finalmente se infiere una conclusión fundada en todo lo anterior. Cada paso cumple una función argumentativa: delimitar el objeto y la metodología asegura la pertinencia y la validez del análisis; la presentación ordenada de los datos garantiza la transparencia; la articulación lógica entre premisas y conclusión permite verificar la consistencia del razonamiento. Otro aspecto fundamental en el carácter argumentativo del informe pericial es la necesidad de construir credibilidad. Dado que el informe se inserta en un contexto de controversia judicial, su eficacia depende en parte de su capacidad para ser percibido como riguroso, imparcial y competente. Esta credibilidad no se impone por el solo título del perito, sino que se construye retóricamente en el texto. La referencia a la literatura científica, la explicación clara de los criterios diagnósticos, la identificación de posibles limitaciones de los instrumentos empleados, la evaluación de hipótesis alternativas y la transparencia en la inferencia de las conclusiones son recursos que refuerzan la fuerza argumentativa del informe. Asimismo, la redacción debe cuidar el tono objetivo, evitar juicios de valor innecesarios y distinguir con precisión entre hechos observables, inferencias profesionales y opiniones personales. No debe pasarse por alto que el informe pericial, como texto argumentativo, participa también en una interacción dialógica más amplia que se da en el proceso judicial. Su lectura y valoración por parte del juez o del tribunal no ocurre en un vacío, sino en un escenario donde otras pruebas, alegatos y documentos interactúan. En este marco, el informe puede ser interrogado, completado, contradicho o incluso desestimado. La solidez argumentativa del informe no garantiza su aceptación, pero sí aumenta la probabilidad de que su contenido sea valorado como relevante y confiable. La calidad de su argumentación puede marcar la diferencia entre una pericia decisiva y una que pasa desapercibida o es impugnada con éxito. La formación de los peritos debe, por tanto, incluir no solo el dominio de conocimientos técnicos, sino también una capacitación en lógica argumentativa, redacción clara y ética profesional. Un perito competente no es solo aquel que sabe aplicar tests o interpretar informes médicos, sino también quien sabe construir un razonamiento coherente, relevante y persuasivo, ajustado a los estándares de su disciplina y comprensible para un lector no especializado. La capacidad de anticipar objeciones, de clarificar supuestos, de justificar inferencias y de comunicar con precisión es parte integral de la función pericial. En este sentido, el informe no es solo el vehículo de una conclusión, sino la demostración escrita de una práctica experta que se somete al juicio racional. En conclusión, el informe pericial es, por naturaleza, un texto argumentativo. Su finalidad no es meramente exponer información técnica, sino defender una conclusión experta mediante una argumentación racional, metódica y verificable. La calidad del informe no depende únicamente del conocimiento del perito, sino de su capacidad para construir un discurso convincente, honesto y claro. Entender el carácter argumentativo del informe pericial permite mejorar su redacción, valorar críticamente su contenido y comprender su función decisiva en el proceso judicial. En un sistema jurídico que busca decisiones racionales y justificadas, el informe pericial debe contribuir con argumentos sólidos, no solo con opiniones o intuiciones técnicas. Su fuerza reside en la palabra razonada, y su legitimidad, en el respeto a la verdad, la lógica y la justicia.

  • Repensando las Adicciones Digitales: Una Relectura desde Yuk Hui

    Yuk Hui, tomado de Wikipedia Yuk Hui es un filósofo nacido en Hong Kong en 1982, cuya obra se sitúa en la intersección entre la filosofía de la tecnología, la ontología, la cibernética y el pensamiento intercultural ( ver entrevista ). Su formación es tanto técnica como filosófica: estudió informática e ingeniería antes de doctorarse en filosofía en la Goldsmiths, University of London, bajo la dirección del filósofo francés Bernard Stiegler. Esta combinación de saberes le permite pensar la tecnología desde dentro —comprendiendo sus fundamentos técnicos— al mismo tiempo que la somete a una crítica filosófica rigurosa. El eje central de su pensamiento es el concepto de cosmotécnica , que propone en su obra The Question Concerning Technology in China  (2016). Con este término, Hui quiere mostrar que la tecnología no es un fenómeno universal o neutro, como se ha presentado tradicionalmente en la filosofía occidental moderna, sino que está siempre enraizada en una cosmología: una determinada manera de concebir el mundo, la naturaleza, el tiempo y el lugar del ser humano. Así, cada cultura produce sus propias formas de técnica según sus visiones del cosmos. Esta propuesta desafía frontalmente la idea de que la modernidad occidental representa el único camino técnico posible, y abre la posibilidad de imaginar tecnologías desde marcos simbólicos, éticos y filosóficos diversos. A lo largo de su obra, Hui desarrolla una crítica al universalismo tecnológico y a la racionalidad instrumental dominante, señalando que muchas de las crisis actuales —como la crisis ecológica, la adicción digital o el colapso de la atención— no son simples efectos secundarios, sino consecuencias estructurales de una forma de técnica que ha sido diseñada para la eficiencia, el control y la explotación. Para Hui, la tecnología moderna ha roto su vínculo con el cosmos y con el orden moral, y por ello se ha convertido en un sistema cerrado que amenaza con destruir las condiciones simbólicas y materiales de la vida. Pero su pensamiento no se limita a la crítica. Hui propone una tarea constructiva: recuperar o reinventar formas de técnica que armonicen con los valores y ritmos de cada cultura. En este sentido, aboga por una modernidad múltiple, donde el progreso técnico no implique necesariamente uniformidad, sino pluralidad de caminos. Ejemplos de esto se encuentran en su estudio de la tradición china, donde la técnica tradicional, inspirada por el daoísmo o el confucianismo, no busca dominar la naturaleza sino coexistir con ella. Yuk Hui ha enseñado e investigado en varias universidades de Europa y Asia, y es considerado uno de los filósofos más influyentes en el campo de la tecnología contemporánea. Su obra dialoga con pensadores como Martin Heidegger, Gilbert Simondon, Bernard Stiegler y Bruno Latour, aunque se distingue de ellos por su insistencia en una filosofía genuinamente intercultural. Además de The Question Concerning Technology in China , ha escrito Recursivity and Contingency  (2019) y Art and Cosmotechnics  (2021), donde extiende su reflexión al campo del arte como forma de mediación técnica. Entendiendo las adicciones digitales La adicción a las nuevas tecnologías no puede comprenderse solamente desde enfoques psicologistas o neurobiológicos. A partir del pensamiento de Yuk Hui, este artículo propone una interpretación ontológica y cultural del fenómeno, entendiendo la adicción digital como un síntoma de una ruptura entre técnica y cosmos. La noción de cosmotécnica  permite reimaginar un horizonte tecnológico alternativo, enraizado en cosmologías diversas que restauren el vínculo entre técnica, sentido y mundo. 1. Introducción En las últimas décadas, la proliferación de tecnologías digitales ha generado profundas transformaciones en los modos de vida contemporáneos. La adicción a las pantallas, redes sociales y dispositivos móviles se ha vuelto un fenómeno masivo, especialmente entre los jóvenes. Si bien abundan las explicaciones desde la psicología conductual y la neurociencia, pocas veces se interroga el trasfondo ontológico y filosófico de esta dependencia. Este artículo explora el concepto de cosmotécnica , formulado por Yuk Hui, como una herramienta para repensar la adicción digital no solo como patología individual, sino como el resultado de una forma de técnica que ha perdido su anclaje en el sentido y en las cosmologías culturales. Desde esta perspectiva, se propone que la adicción no es un simple "uso excesivo", sino una consecuencia lógica de una tecnicidad desarraigada, orientada exclusivamente por imperativos económicos y funcionales. 2. La adicción tecnológica como síntoma de una cosmotécnica desequilibrada Yuk Hui argumenta que la técnica no es un mero conjunto de herramientas neutras, sino que está inscrita en una cosmología: toda técnica implica una determinada visión del mundo y del lugar del ser humano en él. En este sentido, no existe la técnica  en abstracto, sino múltiples formas de tecnicidad históricamente situadas, o lo que él denomina cosmotécnicas . La técnica moderna, en particular la digital, está fundada sobre una cosmología cartesiana y mecanicista, que separa al sujeto del objeto, al ser humano de la naturaleza, y convierte al mundo en recurso disponible ( Bestand ), en el sentido que le dio Heidegger (1954). Esta lógica se plasma en tecnologías diseñadas para maximizar el rendimiento, la eficiencia y el control, sin considerar el orden simbólico o ético del mundo que transforman. Desde esta perspectiva, la adicción digital no es una anomalía, sino un efecto funcional del sistema técnico dominante: plataformas diseñadas para capturar atención, explotar vulnerabilidades cognitivas y generar dependencia. La técnica, al quedar despojada de su dimensión moral y cósmica, se convierte en un sistema cerrado que aliena al sujeto, fragmenta su tiempo y destruye su capacidad de atención. 3. El sujeto técnico capturado Siguiendo la línea de Bernard Stiegler, Hui reconoce que la técnica es constitutiva de la subjetividad: el ser humano es un animal técnico , cuya memoria, percepción y deseo están mediados por artefactos técnicos. Sin embargo, en la época del capitalismo digital, estas mediaciones ya no amplifican la agencia, sino que capturan y preprograman la experiencia del usuario. La adicción digital puede entenderse, entonces, como el resultado de una sustracción de la individuación psíquica y colectiva : los sujetos ya no se constituyen en relación libre con su mundo, sino que son moldeados por arquitecturas técnicas pensadas para producir reacciones automáticas. Desde la cosmotécnica, esto equivale a una ruptura ontológica: un ser humano desconectado del cosmos, atrapado en una interfaz sin horizonte simbólico. 4. Hacia una reconfiguración de la técnica: el potencial de otras cosmotécnicas La propuesta de Yuk Hui no se limita a criticar la tecnicidad moderna, sino que busca abrir un horizonte alternativo mediante la pluralización de los imaginarios técnicos. Esto implica recuperar cosmologías no occidentales —como el taoísmo, el pensamiento indígena o las éticas relacionales— para diseñar tecnologías que armonicen con los valores y ritmos propios de cada cultura. Por ejemplo, en la China premoderna, la agricultura y la medicina no se concebían como medios para dominar la naturaleza, sino como formas de alinearse con los ciclos del Dao  y los principios del yin-yang . Una técnica orientada por esta cosmología no buscaría maximizar el uso de tiempo o recursos, sino cultivar el equilibrio, la pausa y la reciprocidad. En este sentido, repensar el diseño digital desde la cosmotécnica no significa un regreso al pasado, sino una apertura hacia una modernidad múltiple , donde la tecnología no destruya los vínculos simbólicos, sino que los renueve. Es posible imaginar plataformas que no estén basadas en la explotación de la atención, sino en el cuidado, el aprendizaje mutuo o la contemplación. 5. Resumen La adicción a las nuevas tecnologías revela una crisis más profunda: la pérdida de sentido de la técnica. Frente a una tecnocultura que reduce el mundo a datos y usuarios a consumidores, Yuk Hui propone rearticular la técnica con el cosmos, es decir, con las visiones del mundo que dan orientación ética, temporal y simbólica a la vida humana. Pensar desde la cosmotécnica no implica rechazar la tecnología, sino reimaginarla como una práctica situada, plural y enraizada en las cosmologías vivas de los pueblos. Solo así se podrá superar la lógica de la captura y construir un futuro tecnológico verdaderamente humano.

  • Colaborando para unas energías limpias

    En el marco de nuestro compromiso con la sostenibilidad y la transición energética, hemos desarrollado el proyecto R412.22, consistente en la instalación de una planta solar fotovoltaica destinada al autoconsumo. Este proyecto supone un paso importante en la reducción de nuestra huella de carbono y en el impulso de un modelo energético más limpio, eficiente y respetuoso con el medio ambiente. La ejecución de esta iniciativa ha sido posible gracias al apoyo del programa de incentivos ligados al autoconsumo y al almacenamiento, con fuentes de energía renovable, incluido en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Este programa forma parte de las medidas impulsadas por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico para fomentar la adopción de energías renovables en el tejido productivo y en la sociedad en general. Este proyecto ha contado con la financiación de la Unión Europea a través de los fondos NextGenerationEU, lo que ha permitido acelerar su implantación y garantizar su viabilidad técnica y económica. Agradecemos el respaldo recibido, que refuerza nuestro compromiso con la innovación, la sostenibilidad y el futuro energético del país.

  • Sentencia del TS: intoxicación plena, eximente completa, agresión a un médico de Urgencias

    DALL-E El Tribunal Supremo acaba de dictar una sentencia importante sobre un caso de agresión con secuelas graves a un médico de Urgencias en un pueblo de Toledo. El TS considera que el agresor presentaba una "intoxicación plena" por alcohol y otras sustancias por lo que le aplica una eximente completa y la consiguiente medida de seguridad con un máximo de 15 años. En el procedimiento estaban personados la Junta de Castilla- La Mancha y el Colegio de Médicos de Toledo. La sentencia es importante ya que cambia la jurisprudencia previa y exige menos carga probatoria para la eximente por enfermedad mental. El aso es especialmente triste para la profesión médica, ya que la víctima es un médico de urgencias de 59 años que acude a la casa del paciente para atenderlo y sufre la agresión. Le quedan secuelas muy graves con deterioro cognitivo severo. La Sentencia núm. 370/2025 del Tribunal Supremo, Sala de lo Penal, de fecha 11 de abril de 2025, resuelve el recurso de casación número 5548/2022. Este recurso de casación fue interpuesto por la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha y el Ilustre Colegio de Médicos de Toledo contra una sentencia de apelación dictada por la Sala de lo Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de Castilla La Mancha. La sentencia del Tribunal Superior de Justicia había desestimado los recursos de apelación de los ahora recurrentes, estimado parcialmente el de la víctima Sr. Higinio y familia, y estimado íntegramente los del Abogado del Estado y el Ministerio Fiscal, revocando en parte una sentencia previa de la Audiencia Provincial de Toledo. Los hechos probados, según la sentencia de la Audiencia Provincial, describen una serie de sucesos violentos ocurridos en la madrugada del 14 de junio de 2018 en Camarena, Toledo. El acusado, identificado como Íñigo, previamente condenado por violencia doméstica y amenazas leves, se encontraba en el domicilio familiar en un estado de extrema agresividad tras consumir alcohol y otras sustancias estupefacientes. Agredió a su padre, Ovidio, con un puñetazo, lo que llevó a su madre, Vicenta, a avisar a los servicios de emergencia 112. Al llegar los servicios médicos, compuestos por el médico Don Higinio y la enfermera Dª Eva María, vistiendo sus uniformes de trabajo, el acusado salió violentamente de la vivienda portando un palo de madera. Sin que Higinio pudiera reaccionar o huir, y sin que el acusado se apercibiera de su condición de médico, le golpeó repetidamente en la cabeza con intención de acabar con su vida. Higinio cayó inconsciente y el acusado continuó golpeándole, diciéndole que "le iba a matar, que no se hiciera el muerto". La enfermera, al ver el ataque, se escondió en el vehículo sanitario. Posteriormente, llegaron agentes de la Guardia Civil. El acusado los increpó, los insultó ("picoletos de mierda"), y salió de la vivienda con un cuchillo de grandes dimensiones. Esgrimió el cuchillo hacia su madre y luego hacia los agentes. No lograron reducirle y durante la persecución, clavó el cuchillo en el vehículo sanitario del SESCAM y en el vehículo oficial de la Guardia Civil. Persiguió a una agente, quien tuvo que disparar al aire para detenerle. El acusado soltó el cuchillo, se rió y amenazó con ir a por una "fusca" (arma de fuego) que tenía en la vivienda. Lograron acorralarle y, al intentar reducirle, golpeó a los agentes. Finalmente, fue engrilletado e introducido en el vehículo oficial, donde continuó dando patadas y causando daños. Debido a su estado de extrema agresividad y excitación, tuvo que ser sacado del vehículo, reducido por nuevos efectivos y trasladado en una UVI móvil Psiquiátrica al hospital. Recibió múltiples dosis de sedantes y tranquilizantes para controlarle, pero siguió presentando agitación incluso al día siguiente. El acusado estaba diagnosticado de politoxicomanía (cocaína, cannabis y alcohol) y trastorno de la personalidad límite o de control de los impulsos. En el momento de los hechos, se encontraba en un estado de intoxicación plena por el consumo de distintas sustancias que le provocaban una afectación severa de sus facultades intelectivas y volitivas . Las consecuencias para Don Higinio fueron muy graves. Sufrió un traumatismo craneoencefálico y maxilofacial severo, con hematomas, hemorragias, edema cerebral y fracturas. Requirió múltiples intervenciones quirúrgicas, tratamientos y una larga estancia en una clínica de neurorehabilitación. Su curación precisó quinientos setenta y seis días , con perjuicios graves y muy graves. Como secuelas, presenta trastornos cognitivos y daño neuropsicológico moderado (síndrome frontal, trastorno orgánico de la personalidad), secuelas motoras y sensitivas, incluyendo parálisis del nervio cubital izquierdo, así como secuelas por perjuicio estético de grado medio (múltiples cicatrices). Estas lesiones le han supuesto una pérdida de autonomía  para actividades esenciales, necesidad de ayuda constante de terceras personas o sus hijos, y la pérdida de toda posibilidad de realizar actividad laboral o profesional . En el momento de los hechos era médico de Atención Primaria con 59 años. El Instituto Nacional de la Seguridad Social le reconoció incapacidad permanente en grado de gran invalidez  y la Consejería de Bienestar Social un grado de discapacidad del 77% , con necesidad de concurso de tercera persona. El padre del acusado, Ovidio, sufrió lesiones oculares y fractura orbitaria que requirieron cirugía y tuvieron un tiempo de curación de ciento veintiséis días, con secuelas valoradas en dos puntos. La agente de la Guardia Civil nº NUM003 sufrió lesiones leves. El vehículo oficial de la Guardia Civil y el vehículo del SESCAM sufrieron daños. En primera instancia, la Audiencia Provincial de Toledo absolvió a Íñigo por la concurrencia de la eximente de responsabilidad criminal de intoxicación plena  del artículo 20.2 del Código Penal. Le impuso una medida de seguridad de internamiento en centro de deshabituación por un tiempo máximo de quince años . Le condenó a indemnizar a Don Higinio en 800.000 euros por lesiones, secuelas y perjuicios, a la agente NUM003 en 150 euros, y a la mercantil ARVAL BNP PARIBAS BROUP (propietaria del vehículo del SESCAM) en 212 euros. El Tribunal Superior de Justicia de Castilla La Mancha, en apelación, desestimó los recursos del Colegio de Médicos y la Junta de Comunidades, estimó parcialmente el de la víctima y totalmente los de la Abogacía del Estado y Ministerio Fiscal. Revocó parcialmente la sentencia de la Audiencia para condenar a Íñigo a indemnizar a D. Higinio (inicialmente identificado erróneamente como Jose Pablo, luego corregido) en 950.000 euros  y a la Dirección General de la Guardia Civil en 651,34 euros por los daños al vehículo oficial, confirmando el resto de pronunciamientos. Los recurrentes en casación (Colegio Oficial de Médicos y Junta de Comunidades) plantearon principalmente dos cuestiones ante el Tribunal Supremo: La no apreciación del delito de atentado  (arts. 550 y 551 CP) respecto a la agresión al médico. La indebida aplicación de la eximente completa de intoxicación plena  del artículo 20.2 CP, defendiendo la aplicación de una eximente incompleta. Respecto a la primera cuestión (atentado contra el médico), el Tribunal Supremo desestima el motivo . Señala que, a efectos prácticos, la discusión es especulativa, ya que la Audiencia apreció una eximente completa. La razón fundamental para la desestimación es que el hecho probado establece de forma inequívoca que el acusado agredió a Don Higinio sin apercibirse de su condición de médico . El Tribunal Supremo explica que solo comete atentado quien es consciente de la condición de funcionario de la persona agredida. Dado que el hecho probado, inmodificable en casación contra reo, afirma la inadvertencia de esta condición, no es posible condenar por este delito. El Tribunal no considera arbitraria o ilógica la conclusión de la Audiencia y el TSJ, que se basó en el estado de afectación severa del acusado por las sustancias, la extrema rapidez de los hechos y los testimonios que indicaban que no se percató de la identificación del médico o su uniforme. Respecto a la segunda cuestión (aplicación de la eximente completa), ambos recurrentes argumentaron que la descripción del hecho probado utilizaba el adjetivo "severa" para referirse a la afectación de las facultades del acusado, lo que, a su juicio, contradecía "intoxicación plena" e impedía apreciar la eximente completa. El Tribunal Supremo, moviéndose en el ámbito del artículo 849.1 LECrim (infracción de ley, que exige respetar los hechos probados), desestima también este motivo . El Tribunal reconoce que la combinación de "intoxicación plena" y "afectación severa" en la misma frase podría parecer imprecisa. Sin embargo, explica que el hecho probado puede completarse con los datos factuales de los fundamentos de derecho favorables al reo. Al revisar la motivación de la Audiencia, se aclara que las médicos forenses explicaron en el juicio oral que utilizaron el término "severa" o "muy severa" en un sentido médico, indicando que no se puede afirmar médicamente una abolición total (100%) de las capacidades, pero que la afectación sí era severa, compatible con la "intoxicación plena" en el sentido legal que anula las facultades . La evidencia médica (dosis masivas de sedación, estado de agitación extrema no explicable por causas orgánicas o psiquiátricas habituales) apoyaba la conclusión de que el estado del acusado era de intoxicación grave, muy severa, que le impedía discernir o actuar libremente. Además, el Tribunal Supremo aprovecha para sepultar definitivamente la doctrina previa que exigía que las eximentes o atenuantes estuvieran tan probadas como el hecho mismo . Afirma que en materia de eximentes rige el principio in dubio pro reo , que es una derivación de la garantía constitucional de la presunción de inocencia. Por tanto, si existe duda razonable sobre si la imputabilidad es plena o semiplena, esa duda debe resolverse a favor de la exención de responsabilidad. Concluye que la descripción de los hechos probados, complementada por la explicación pericial, no permite excluir la eximente completa sin añadir nuevas valoraciones probatorias. El fallo del Tribunal Supremo es, por tanto, la desestimación de los recursos de casación  interpuestos por la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha y el Ilustre Colegio de Médicos de Toledo, con imposición de costas a los recurrentes. La sentencia incluye un Voto Particular  formulado por los Magistrados D. Andrés Martínez Arrieta y D. Vicente Magro Servet. Aunque están de acuerdo con la mayoría en la desestimación del motivo relativo al delito de atentado contra el médico, discrepan en la forma en que se abordó la aplicación de la eximente. Consideran que la sentencia del Tribunal Superior de Justicia no dio una respuesta adecuada a la pretensión de los recurrentes de revisar la aplicación de la eximente. Critican que el TSJ se centrara en la imposibilidad de revisar la valoración de la prueba contra una sentencia absolutoria, argumentando que la sentencia de instancia, si bien absuelve de responsabilidad criminal, impone una medida de seguridad (internamiento) que constituye una consecuencia aflictiva (privación de libertad) derivada de un actuar delictivo declarado, aunque inculpable . Por ello, entienden que el TSJ sí debió comprobar la correcta subsunción de los hechos probados (intoxicación plena con afectación severa) en la eximente del artículo 20.2 CP y analizar si hubo error en la valoración de la prueba al llegar a esa conclusión. La falta de respuesta explícita a la contradicción entre "intoxicación plena" y "afectación severa" y al análisis de la prueba sobre este punto por parte del TSJ debió haber llevado a la anulación de la sentencia de apelación para que se dictara una nueva resolución.

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